La peluquería a la que voy desde hace más de 10 años cierra. No es el fin del mundo, ni mucho menos, ni tampoco una desgracia. De hecho, ya firmaría para que todas las desgracias fueran de este nivel. Pero para mí es una putada.
Soy muy normal, discreta y poco arriesgada en lo que a cortes de pelo se refiere, así que cuando encuentro una peluquera que no corta más de lo que le dices y no intenta convencerte de que te hagas esto y aquello soy fiel hasta el final.
Mis hijos, en cambio, parece que no tienen ningún tipo de problema en experimentar con su pelo. Se lo quieren dejar largo, y acostumbrados como están a llevarlo muy muy corto, están descubriendo lo que es tener que dedicar tiempo a peinarse. Pero debe de ser que creen que lo que no se arregla con un peine puede arreglarse con unas tijeras.
Primero fue el mayor, que un día, después de un rato largo en el baño sale diciendo:
-«He tenido que tomar medidas drásticas».
-«¡¿No te habrás cortado el pelo?!», le pregunto mientras le miro la cabeza intentando encontrar el trasquilón. Y el trasquilón estaba, pero por suerte no se le nota.
Y unos días después fue el pequeño. Ver el mechón de pelo en el fondo del inodoro y saber quien había sido fue todo a la vez. Aun así pregunté, por si acaso. Y sí, fue el pequeño, me lo dijo su flequillo recto antes que su respuesta. ¿Que si se nota? Por su puesto, pero resulta que al muy granuja le queda bien y todo.