martes, 7 de febrero de 2017

¿Y si no sirve de nada?

¿Y si no sirven de nada todos los libros que me he comprado, todos los libros que he leído? ¿Y si no sirven de nada todas las charlas a las que he ido, todos los artículos que he buscado y estudiado? ¿Y si no sirve de nada haberme rodeado de cierta gente y haber hecho ciertas cosas? ¿Y si... ?
Me lo estoy planteando muy seriamente con mi hijo pequeño.

Como madre me preocupa lo que hagan mis hijos, las decisiones que tomen en el futuro. Y las de ahora, claro, pero como el futuro sólo puedo imaginármelo, y a veces tiendo a ser alarmista, me da miedo lo que imagino.
Dicen que lo importante es la base. O puede ser que con una mala base tienes casi el 100 por 100 de posibilidades de que tus decisiones no sean las adecuadas. Pero ¿alguien me puede asegurar que con una buena base las decisiones sean las correctas? O mejor aún ¿qué se considera una buena base?

Estos días, mi pequeño, es un pequeño gran demonio. Intento ponerme en su lugar, pensar en lo de "quiéreme cuando menos lo merezca que será cuando más lo necesite", que si se portan mal es que necesitan más atención, que si pegan hay que decir "no se pega", y sobre todo no pegar como él. Intento pensar en todo lo que he leído, en lo que he oído y me ha parecido tan lógico y acertado en el momento de escucharlo, intento hacer memoria por si me olvido algo, algún detalle, el que sea, pero no lo consigo. Estos días son de tensión y enfados constantes, de hacer cosas que no me gustan, que no he tenido que hacer con el mayor. Cosas que pienso que no tendría que hacer, que no están bien, y a las que acudo como último recurso.
Hay un límite. Puedo intentar entenderlo, ponerme en su lugar, pero en algún momento él se tiene que encontrar con las consecuencias de sus actos. Y él es el que hace que esas consecuensias sean cada vez más duras, menos comprensivas.
¿Por qué, si en casa ni se le pega, desprecia, grita o trata mal él lo hace con nosotros? Hace un tiempo hubiera pensado que necesita más amor (si fuera posible darle más del que le damos), pero hoy me siento tan desgastada que lo que pienso es que necesita mano dura.

viernes, 3 de febrero de 2017

Si tiene que pasar, pasará

Y sí, está muy bien eso de disfrutar el momento, de no aferrarse a nada, de que quien se ha ido es porque no se tenía que quedar... pero la práctica no es tan fácil. Como en todo.
Cuando te acostumbras a alguien, a su presencia, a compartir tiempo, cuando convives, es difícil, cuando termina la relación, pensar que era lo que tenía que pasar. Y aceptarlo.

He tenido grandes decepciones con personas que consideraba amigas, hasta que conociéndonos mejor hemos descubierto que no somos tan afines como creíamos. Y aunque lo que queda es la decepción y la sensación de tiempo perdido, no las echo de menos. A quien echo de menos es a las personas de las que me ha separado el tiempo, la distancia, el cambio de vida de cada parte.
Cuando algo termina mal, tenía que terminar. Y punto.

Me pregunto

Me pregunto por quien sufren las personas que no tienen hijos, cuales son sus preocupaciones y si ellos se preguntan los mismo sobre los que sí que los tenemos ... aunque en nuestro caso la respuesta es obvia: sufrimos y nos preocupamos por nuestros hijos, y pensamos prácticamente a todas horas en ellos.
Y me lo pregunto con sincera curiosidad, no en plan "que vida tan vacía deben de tener" o "esos sí que deben de disponer de dinero y libertad para ellos solos, que envidia".
Y sí, yo debería de saber en qué piensan porque también he tenido una vida antes que esta, una vida en la que tener en cuenta sólo a mi pareja, en la que disponer de tiempo y dinero para mí sola, una vida sin hijos.
Lo que recuerdo de aquella etapa de mi vida es el silencio y la libertad, sobre todo. ¿Por qué me preocupaba yo esos días? Pues supongo que por algo, pero la verdad es que no lo recuerdo.
Antes de tener pareja, antes de querer a alguien, antes de querer compartir todo con él, imaginaba que mi vida sería tranquila, que viviría sola en una casa pequeña llena de silencio y libros.

Los amigos o conocidos que tengo alrededor y no tienen hijos porque no quieren, porque no pueden o por cualquier otra razón que yo no conozco, tienen mascota. Hasta cierto punto no entiendo la dedicación que le dan a las mascotas, no son hijos, pero por otra parte lo veo normal, porque los quieren como si lo fueran. Supongo que necesitamos tener a alguien a quien querer, a quien cuidar, por quien preocuparnos.


Y me pregunto, siempre me pregunto...

martes, 3 de enero de 2017

Me sobra la gente

Me sobra la gente. Es lo que más claro siento últimamente.
Aunque teniendo en cuenta la fama de borde que he tenido siempre, tampoco debería de ser una novedad.
¿Qué fue primero? ¿Mi bordería o que me dijeran que lo soy y así llegar a serlo?
Da igual. De siempre recuerdo haber preferido estar sola que mal acompañada. Estar sola que acompañada. Pues va a resultar que es cierto que soy borde...

Durante un tiempo me he maravillado y sorprendido de tener tantos "amigos" en una red social. Muchos, más de los que nunca hubiera imaginado, amigos de verdad, incluso sin conocerlos en persona. Pero muchos más, el resto, llegaron de rebote, ni recuerdo cómo.
Cada cierto tiempo alguien hace limpieza de contactos, y nunca pensé que yo lo haría porque esa gente, la virtual, nunca me ha molestado. La leo cuando quiero, y si no quiero no la leo. No ocupan sitio ni lugar, pero si los necesito ahí los tengo. Hasta ayer...
Probé a eliminar a uno, dos, tres... y así hasta casi 300. ¿Qué pasó? Pues que me sentí bien, más ligera y con más ganas todavía de eliminar a más.
Y mira, son cosas que pasan y que llegan cuando menos te lo esperas. Un día te das cuenta de que tienes en tu vida a gente sin la que crees que no puedes vivir y otro día necesitas borrar a toda esa gente para poder seguir viviendo. Un poco exagerado esto último: lo sé.

martes, 13 de diciembre de 2016

Envidia

No me siento orgullosa de algunas cosas que hago, de algunas cosas que siento, y esta es una de ellas: la envidia.
Y tengo que decirlo, aunque sea por escrito, y aunque piense que lo que tendría que hacer es decírtelo, en persona, pero me avergüenza.
No quiero que pienses que soy como alguna otra de la que hemos hablado, de las que quiere a sus amigas para ella y para nadie más, que pone mala cara y reprocha que sus amigas tengan amigas, que prefieran a otras antes que a ella.
Y mi problema creo que es ese, la dependencia. Por eso no me gusta intimar, necesitar, porque después me pasan estas cosas.
Y es que siento un punto de envidia cuando te escucho hablar de ella, de alguien a quien acabas de conocer y te gusta tanto, porque a ella la tienes cerca y nosotras tengo la sensación de que cada vez estamos más lejos.
Y nos veo desde fuera cuando tú me hablas de cómo y cuánto te gusta su forma de ser y actuar, de cuánto te ha sorprendido que tal persona sea de tal manera. Y se te ve tan contenta, tan feliz, tan ilusionada. Y entonces intento imaginar mi cara (¿se me notará la envidia, el miedo?), intentando no mostrar lo que estoy pensando en ese momento, preguntándome por qué no te digo lo que está pasando por mi mente.

Me gustaría poder decírtelo sin condicionarte, pero conociéndote, no creo que sea posible. Te sentirías mal porque yo me siento mal y te creerías la culpable. Pero la única culpable soy yo, por cómo me tomo las cosas. Y no quisiera que al explicarte cómo me siento dejaras de contarme cosas por miedo a que me sintiera igual, eso no. 
Pero ¿qué hago?
Para mí, contártelo sería una gran prueba de confianza, sería como estar desnuda, reconocer debilidades y miserias.
Tengo miedo de dejar de tener un lugar importante en tu vida.
Cuantas más letras menos angustia y agobio siento, más claro lo veo, menos grave.
¿Y por qué no contártelo? Por no hacerte sentir mal. Pero tú siempre me has dicho que si me pasa cualquier cosa contigo prefieres que te lo cuente. Y mi intención al contártelo no es retenerte, es reconocerte que te quiero y te aprecio tanto que hay veces que tengo miedo a perderte.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Detalles

Me enfada, y me molesta, que mi chico mayor no comparta casi nunca con su hermano pequeño. Siempre es el pequeño el que piensa en el mayor, el que cuando vamos a algún sitio no se olvida de su hermano para comprarle algo, el que le guarda chucherías de las bolsas de cumpleaños que le dan en el cole...
Hasta que el mayor hace algo que me recuerda lo tierno que es, los detalles que puede tener, y que me hacen olvidar esas cosillas que no me gustan...
El sábado se vino conmigo a comprar, y de la primera tienda cogió un bombón que había en una bandeja para los clientes. A la segunda tienda ya no quiso entrar y me esperó en la puerta. Cuando salgo me cuenta que no se había comido el bombón, que se lo había dado al señor que había en la puerta pidiendo limosna.
Aún con lo que he comentado al principio, no me sorprendió que hiciera eso, es propio de él.
Ya hace tiempo, un día que me acompañaba a hacer recados, me pedía dinero para dárselo a todo aquel que veía pidiendo limosna. Le expliqué que nosotros ayudábamos a gente necesitada de otras formas, y que aunque lo sentía mucho por los que veía en la calle pidiendo, no me gustaba darle dinero a gente que no sabía si se lo gastaría en comida, bebida, o tenía que dárselo a un tercero porque fuera parte de una organización o algo así. Lo entendió, y lo único que me pidió fue que intentáramos no pasar por delante de la gente que estaba pidiendo, que le daban lástima.
En esos momentos es cuando me doy cuenta de que en ese cuerpo tan grande para su edad, en esos modales tan bruscos y excesivos a veces, en esa fuerza que se tiene cuando no tienes más preocupaciones que la de hacer y decir lo que sientes en cada momento, sigue estando el niño de los ojos nobles.




viernes, 25 de noviembre de 2016

Hay cosas que no se hacen

Hay cosas que no se hacen, nunca, y menos si eres madre, y menos a tus hijos.

Desde que tengo conciencia que te veo hacer lo mismo, pero he tardado mucho en reconocerlo, en ponerle nombre, en enfadarme por ello. Y desde que tengo conciencia que lucho contra ello, que lo aborrezco, que no lo quiero, y que trabajo cada día para que no sea una de las cosas que herede.
Porque estás intentando dejármelo como legado, te esfuerzas en que los hilos que nos unen me aten fuerte y no me dejen ir, pero me resisto.
Agradezco que me vengan a la memoria recuerdos, situaciones, imágenes que me confirman cada día que no está mal lo que pienso, lo que está mal es lo que tú haces.
No quiero, nunca en la vida, manipular a mis hijos. Hacerles sentir que no me puedo valer por mí misma, que tienen que dedicar su vida a cuidarme, cuando lo que tengo que hacer es demostrarles que se pueden apoyar en mí. Quiero que se sientan capaces, por lo menos de intentarlo. Que puedan alejarse y volver si lo desean. Que no tengan sobre la conciencia la culpa. Que no tengan sobre la espalda el peso de mis ¿carencias?
Estoy enfadada. Me siento ofendida. Incluso sorprendida de que hagas lo que haces. No concibo ciertas cosas. Me cuesta creer que el verme feliz no lo veas como una victoria, incluso un logro tuyo. Prefieres retenerme, hundirme contigo.
Hay cosas que hace la gente y que no logro entender, pero menos si las haces tú. Menos si me las haces tú, precisamente tú.
No sé qué me reprocharán mis hijos, aunque estoy segura de que me reprocharán algo (ya lo hacen), pero no quiero que me reprochen lo mismo que yo te puedo reprochar a ti.
No cambiarás, no sé si porque no puedes o porque no quieres. No me importa. Tampoco voy a intentar cambiarte, no voy a malgastar fuerzas en que dejes de hacer algo con lo que parece que disfrutas, por increíble que me parezca. Mis fuerzas y mis energías están destinadas a ser feliz, a disfrutar, a vivir, a tener una familia sana.

Para mí es duro reconocer que la persona que me ha dado la vida no me deja avanzar, o por lo menos lo intenta. Que en vez de seguridad me entrega miedos. 
Y podría seguir soportándolo, asumir que es tu forma de vivir. No entenderlo, pero convivir con ello sin que me afecte. Años de trabajo me ha costado...
Pero has traspasado la línea, has llegado al punto de no retorno. Has hecho lo peor que podías hacer: utilizar a mis hijos para hacerme sentir culpable.
Y estoy más enfadada de lo que había estado nunca, pero también más tranquila. Acabas de darme el empujón necesario para ser capaz de reconocer algo que de momento sólo me atrevo a pensar...

En estos momentos me siento la peor hija del mundo por pensar lo que pienso. Por eso voy a hacer todo lo posible para no hacerle lo mismo a mis hijos.