martes, 10 de abril de 2018

No puedo dormir

- No puedo dormir.
- ¿Quieres que me vaya a tu cama?
- Sí.

A veces mi hijo pequeño viene a mi habitación por la noche porque se ha despertado y ya no se puede dormir.
No supone ningún problema y la solución es fácil: me voy con él a su cama. Nos acurrucamos y nos dormimos juntos.

Sea por lo que sea por lo que se despierta, él está tranquilo porque sabe que la solución y el remedio lo tiene dos habitaciones más allá. Y me gusta que no conozca la sensación de miedo en medio de la noche, de resignación porque nadie acudirá si lo llamas. Me alivia saber que en cuanto abre los ojos por la noche y sabe que no va a poder conciliar el sueño lo único que tiene que hacer es venir a mi cama y despertarme, que sepa de antemano cual será mi respuesta.
No quiero que conozca la sensación de abandono y desamparo que provoca no poder acudir a quien se supone que está para protegerte.
Cuando me echo con él en su cama me deja un huequito pequeño porque lo que quiere es estar en contacto conmigo. Tampoco me puede dejar mucho más espacio porque la cama es pequeña, cosa que nos gusta porque así podemos estar más pegados todavía. 

De todas formas, cada vez me llama menos en medio de la noche. Bien porque se hace mayor y se despierta menos, o porque ya le ocupo mucho espacio en su cama. De lo que no tengo duda es de que tiene la tranquilidad y seguridad de que si me necesita, iré.

jueves, 5 de abril de 2018

Madrugar como terapia

La terapia no es madrugar en sí, sino lo que hago cuando madrugo, antes de que se levante el resto, antes de tener que estar disponible para los demás.
Además, siempre se me ha dado mejor madrugar que trasnochar.
Tengo amigas las cuales su terapia es lo que hacen por la noche, cuando los niños están en la cama. 
Cada una tenemos que buscar lo que mejor nos venga, lo que más se adapte a cada una.

Siempre he necesitado mi tiempo y mi espacio, pero desde que tengo hijos además de necesitarlo ha llegado a ser necesario. Y el momento que mejor me viene, el que más me apetece y en el que más productiva soy, es el de a primera hora del día.
Antes me levantaba a las 6 de la mañana y hacía cosas en el ordenador, ejercicio en casa o me iba a andar. Desde hace año y medio voy a la piscina municipal, donde además de nadar también puedo hacer ejercicio en una sala de máquinas. Y me gusta.
Me gusta ver gente diferente a la de mi día a día. Personas con las que ya no coincido en ningún otro sitio. Personas que están en alguna otra actividad de mi rutina y a las que nunca había "visto". Me gusta el grupo de amigas que he hecho allí, y el grupo de Whatssap que tenían y en el que me preguntaron si quería estar. 
Pero sobre todo me gusta la sensación de cuidado y bienestar que me dedico a mí misma. A parte de lo beneficioso que sea el ejercicio físico, lo importante que es despejar la mente.
Noto la diferencia los días que voy a la piscina y los que no. Cuando voy llego a casa ya con las pilas puestas, levanto a los niños y todo es a ritmo ligero, con ganas y energía. Los días que no voy igual madrugo y hago mis cosas en casa, pero todo parece que va a un ritmo más lento. Que las cosas me cuestan un poquito más.


lunes, 26 de marzo de 2018

El tema prometía

No me he terminado el último libro que tenía que leer para el Club de Lectura porque aunque el tema me parecía interesante, la forma de tratarlo no ha conseguido engancharme, de hecho su lectura se me hace aburrida.
El libro es Los enamoramientos, de Javier Marías. Y no estoy diciendo que sea malo, ni mucho menos. Y puede que si intentara leer un poco más incluso cambiara de opinión, pero hace tiempo que he dejado de forzarme a leer algo no me engancha desde el principio.

Copio algo que sí me ha gustado:
"No, no preveo que me pase nada, nada inminente ni tan siquiera próximo, nada concreto, estoy bien de salud y todo eso. Es sólo que quienes pensamos en la muerte, y nos paramos a observar el efecto que produce en los vivos, no podemos evitar preguntarnos de vez en cuando qué ocurriría tras la nuestra, en qué situación se quedarían las personas para las que significamos mucho, hasta dónde las afectaría".
La muerte. Cada vez pienso más en ella. Cada día está más cerca. Y me intriga en general cómo sigue la vida de los que se quedan. Qué será lo último en lo que piensan los que se van.

Yo también suelo "montarme mis historias". Me gusta imaginar la vida de los demás. Además, si alguna vez he tenido la ocasión de conocer en persona a alguien con quien he fantaseado, siempre suelo equivocarme, y no tienen nada que ver con lo que yo había imaginado.







domingo, 25 de marzo de 2018

No hay nada como querer

Primero elegimos las zapatillas del pequeño, y en lo que nos costó elegir las zapatillas del mayor, ya había aprendido a atarse los cordones.
Me gusta eso de él, y quiero hacerme un favor y reconocer que en eso se parece a mí. Intenta las cosas, quiere hacerlas por sí mismo, y lo intenta hasta que lo consigue, o hasta que no puede más, si es algo que se le resiste.

Sé que no hay que comparar, y no es mi intención hacerlo, pero guardé algo que nos ayudó a enseñar al mayor pensando que lo necesitaría con el pequeño.


No podía imaginar que sería él quien me dijera: "Enséñame a atarme los cordones", y que no dejara de intentarlo hasta que lo consiguió.

Con el mayor fue diferente.
En mi intención por "prepararlo", y como al crecer tan rápido pronto tendría que dejar de utilizar zapatillas con velcro, me pareció divertida la idea de la foto para enseñarle a atarse los cordones.
La primera vez fue un desastre, además de su tendencia a negarse a todo lo que sea aprender, no estaba preparado, simplemente. Así que lo dejamos correr.
La segunda vez fue la definitiva: ya estaba preparado, y resignado ante la idea de que tenía que aprender a atarse los cordones. Y no le costó mucho, la verdad. Más le costó dejar de quejarse por el engorro que le suponía todos los días ese trabajo extra.
Así que guardé para el segundo lo que en su día me fue de utilidad con el primero. Pero no me ha hecho falta.



martes, 6 de febrero de 2018

Tus huesos

Es de mala educación, lo sé, pero no puedo evitarlo.
¿Cómo no mirarte? ¿Cómo dejar de preguntarme qué es lo que ha hecho que estés así?
Y ¿cómo estás? Pues en los huesos. 
Tendrías que parecer ligera como una pluma, ágil como una gimnasta, y sin embargo parece que tu esqueleto no puede con lo que cubre tus huesos, con esa fina capa de piel, que casi podría recordar a la seda a punto de resbalar y dejar al descubierto lo que hay debajo: tus huesos.
Si te miro, puedo imaginarme cómo soy yo debajo de toda esta carne que me cubre. Los huesos de los pómulos, los de las muñecas, los de las manos, las rodillas marcándose bajo esos pantalones que por muy pequeños que sean, te quedan enormes.

Las historias tristes también terminan bien

No tengo la costumbre de releer libros. Alguna vez lo he hecho por "culpa" del Club de Lectura, siempre me he dicho que debería hacerlo más a menudo, y al final no lo hago.
Y me ha vuelto a pasar. El libro del mes de febrero es "La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey", que ya había leído hace años, y me ha encantado, el libro y volver a leerlo.

Quiero copiar algunos fragmentos:
"Esto es lo que me encanta de la lectura; en un libro encuentras un detalle diminuto que te interesa, y este detalle diminuto te lleva a otro libro, y algo en ese te lleva a un tercer libro. Es matemáticamente progresivo; sin final a la vista, y sin ninguna otra razón que no sea por puro placer".
Tal cual. Me ha pasado, y me sigue pasando, muchas veces. En ocasiones son tantos los libros que surgen del primero que al final olvido cual era con el que empezó todo.

"No me considero una mirona auténtica (los de verdad buscan los dormitorios), pero las familias en las salas de estar o en las cocinas... eso me emociona. Me imagino sus vidas con sólo echar un vistazo a su estanterías, a los escritorios, a las velas encendidas o a los cojines brillantes de los sofás".
A mí también me gusta mirar, y no me considero una mirona (prefiero pensar que soy observadora).
Me da sensación de calidez y recogimiento ver las luces de las casas. Imaginar qué habitación estoy mirando sino se puede adivinar desde la calle, lo que hacen... y verme yo en mi casa.

"Realmente los libreros son una raza especial. Nadie en su sano juicio aceptaría trabajar de dependiente en una librería por el suelo, y ningún propietario en sus cabales quería ser dueño de una, porque el margen de ganancias es demasiado bajo. Así que tiene que ser un amor a la lectura lo que les empuja a hacerlo, junto con ser los primeros en hojear las novedades".
Pues sí, pienso que el que tiene una librería es porque ama la lectura (o porque la ha heredado), y no porque sea un negocio en el que se gane demasiado.

"Leer buenos libros te impide disfrutar de los malos".
Cuántas veces he terminado un libro que me ha gustado mucho y todo lo que ha venido detrás me ha parecido malo, aburrido, sin sentido.

"¿No es significativo que conozcas tu alma por lo que dicen los demás en lugar de por ti mismo?".
A veces podemos saber cómo somos por cómo nos ven los demás.


Para mí esta novela es una historia triste que no deja mal sabor de boca, que incluso tiene un final feliz.
Estaba convencida de que la protagonista de la novela era Juliet, hasta que a mitad del libro más o menos, me doy cuenta de que el nombre de uno de los personajes aparece en las historias de todos los demás, pero ese personaje no nos cuenta nada, en ningún momento. Sin embargo podemos hacernos una idea clara de cómo era y cómo vivió por lo que sus amigos cuentan de ella: Elizabeth Mckenna. Y aunque su final es triste, y muchos momentos de su vida también, hace tanto bien a los que están a su alrededor que consigue que eso quede por encima.
Es imposible no encariñarse con los personajes, con sus vidas y el lugar en el que viven. Te dan ganas de irte a vivir a una isla, tener un huerto, criar animales, hacer pociones y escribir un libro.
Pero no todo es bonito, ni mucho menos, también se narran momentos muy duros que no hay que olvidar, que demuestran las maldades que somos capaces de hacer, y a las que personas extraordinarias consiguen sobrevivir.
Remy, por ejemplo, sobrevivió en cuerpo, aunque quizás no en alma. Pero Elizabeth seguramente vivirá durante mucho más tiempo, en la memoria y en el corazón de todos a los que ayudó. Ella no sobrevivió en cuerpo, pero sí en alma.


lunes, 5 de febrero de 2018

Soy dos

Soy dos, o más.
Por un lado soy siempre la misma, a la que puedes predecir, la que conoces y de la que puedes decir cómo es.
Pero también soy otra: esa que tiene pensamientos que no comparte con nadie, esa que hace cosas que no aprueba en público, esa otra cara, la de otro color, que no necesariamente tiene que ser la oscura.
Creo, estoy convencida, de que todos somos dos, como mínimo. Por muy abierta que sea una persona, por mucho que parezca que lo cuenta todo y no tiene secretos, seguro que hay cosas que no dice, que no comparte. Lo entiendo y lo respeto, de hecho, creo que es necesario.

Yo, y mi otra yo, estamos en constante cambio. Nos complementamos, nos equilibramos, y a veces nos molestamos la una a la otra. Hemos crecido mucho y cada vez nos gustamos más. Además, me he dado cuenta de que últimamente nos damos paso, nos buscamos, ya empezamos a conocernos lo suficiente como para saber en qué momento estará más cómoda una, u otra.
Cada vez mimo más y me cuesta menos darle el reconocimiento que se merece, a mi otra yo.
A veces me pregunto cual de las dos está más reprimida, porque lo que tengo claro es que las dos lo están. 
El caso es que la quiero, y que yo también me quiero, cada vez más.