miércoles, 9 de marzo de 2011

Ellos no son rencorosos, pero nosotros les enseñamos

Puedo decir que me encuentro bien de ánimo, aunque hay momentos en los que tengo mis bajones.
En esos momentos no estoy nada orgullosa de mi comportamiento, y acabo actuando como tantas veces le reprocho a otros que lo hagan.

Es habitual que Rodrigo y su padre se peleen. Tienen un carácter tan parecido que chocan muy a menudo.
Esta semana sin ir más lejos se han vuelto a pelear, y se enfadaron mucho los dos. Así que la cosa terminó con que yo me fui a dormir con Rodrigo mientras mi marido se quedaba con Gonzalo. Mientras hablábamos antes de que se durmiera me dice "si guta papá ama mir" (o lo que es lo mismo: me gusta que papá venga a la cama conmigo a dormir). Así que se quedó tan tranquilo cuando yo me levanté y se quedó su padre con él.
Entonces me dí cuenta de lo poco, o mejor dicho, nada, rencorosos que son los niños. Mientras mi marido seguía enfadado con él, el niño ya ni se acordaba de lo que había pasado, sólo quería tener a su padre al lado antes de dormirse.
Esto fue lo que me hizo acordarme de algo que leí en el libro Bésame mucho, de Carlos González.
En la segunda parte del libro habla de que nuestros hijos son buenas personas, desinteresados, generosos, ecuánimes, valientes..., y que saben perdonar.

Su hijo sabe perdonar.
Emilia y su hijo Óscar, de seis años, han tenido una fuerte diferencia de opiniones. Para no perdernos con los detalles, digamos tan sólo que Emilia era partidaria de que Óscar se duchase, mientras que este último se sentía muy limpio. Ha habido gritos, llantos, insultos y amenazas. Un testigo imparcial reconocería que la mayor parte de los llantos han venido de una de las partes del conflicto, y la mayor parte de los insultos y de las amenazas, de la otra.
De eso hace una hora. ¿Cuál de estas personas cree usted que está ahora contenta y feliz, y continúa con sus ocupaciones como si nada hubiera ocurrido, mostrándose incluso inusualmente alegre y zalamera; y cuál, por el contrario, es más probable que esté todavía enfadada, haciendo reproches, rezongando? "Mira, mamá, mira qué hago." "No, mamá no ríe." "¿Iremos al zoo el domingo?" "A ver, ¿tú crees que te lo mereces? ¿Te parece que te has portado bien?"
Arturo, el padre, vuelve ahora del trabajo. ¿Cuál de las siguientes frases le parece que oirá?:
a) "Mamá se ha puesto tremenda esta tarde, no sabes la escenita que me ha hecho. Tienes que decirle algo."
b) "Este niño ha estado toda la tarde muy impertinente, no me hace ni caso. Tienes que decirle algo."
Nuestros hijos nos perdonan, cada día, docenas de veces. Perdonan sin doblez, sin reservas, sin reproches, hasta olvidar completamente el agravio. Se les pasa el enfado mucho antes que a nosotros.


A mí me cuesta mucho que se me pasen los enfados. Hay momentos en los que considero necesario enfadarse con Rodrigo; está en un punto en el que no es suficiente explicarle, las veces que haga falta, que lo que hace no está bien. Y enfadándonos es la única manera que hemos encontrado de que vea que a veces nos disgusta su actitud, que sus acciones tienen consecuencias.
Y a veces me encuentro con que me esfuerzo en que me dure el enfado, en que él se de cuenta de cómo me afecta su comportamiento, de que me gustaría que no hiciera ciertas cosas, de que me gustaría que a veces actuara de otra forma. Y no es justo...
No es justo porque a él los enfados no le duran ni un minuto.
No es justo porque él ni siquira recuerda el motivo del enfado.
No es justo porque él quiere estar contigo y comerte a besos aunque tú, como lección, le hayas quitado el juguete con el que golpeó la mesa.
No es justo, y además es una tontería y una pérdida de tiempo enfadarse de esta manera con un niño.
¿Qué le estoy enseñando con mi actitud? Pues a ser rencoroso, a que no olvide, a que no tenga en cuenta que todos cometemos errores y que nos merecemos la oportunidad de intentar arreglarlos pidiendo perdón...
No veo mal enfadarme; yo también tengo derecho a dar rienda suelta a mis sentimientos, a poder expresar cuando algo me enfada o me disgusta, y quiero que él también aprenda a hacerlo. Que pueda reconocer sus sentimientos y emociones para poder expresarse, pero sin ser esclavo de sus reacciones.

Así que si quiero que él aprenda, yo tengo que enseñarle, predicar con el ejemplo.

4 comentarios:

  1. Mi hijo de dos años y medio está en plena época de rabietas, llora de forma increíble sin saber porqué y me desespero mucho. Cuando repite el número (hay días muy duros) me desborda y me siento sobrepasada. Igual que tú, no me parece mal mostrarle mi enfado pues debe saber que hay cosas que no son de mi agrado y si llega a enfadarme esto tiene sus consecuencias como por ejemplo que no esté mimosa con él. Pero también me surgen dudas porque me conmueve cuando me mira con ojitos dulces implorando perdón sin palabras, esperando que su mundo siga siendo un lugar feliz donde su madre le quiere y le sonríe... Ejemplo, sin duda, el que le damos y del que aprende. Difícil saber en qué momento emplear la naturalidad de los sentimientos y cuándo pedir que se controle (cuando ni siquiera nosotros somos capaces de ello). Un saludo!!

    ResponderEliminar
  2. ojalá los adultos fuésemos como los niños en muchas ocasiones.

    seguro q seríamos más felices y estaríamos más tranquilos en la vida.

    ellos sin duda son más inocentes y nobles de corazón.


    saludos


    alma

    ResponderEliminar
  3. Hola Sonia.
    Conozco la mirada de la que hablas, de hecho tengo pendiente hablar algún día de ella.

    Supongo que cuando nos miran con esos ojos suplicantes es porque ya hemos conseguido que vean nuestro enfado, y a ellos sólo les queda intentar conseguir que todo sea como antes, que "su mundo siga siendo un lugar feliz donde su madre le quiere y le sonríe... ".
    Suerte que ellos saben perdonar, y que nos siguen queriendo sin reservas.

    Yo he aprendido, pidiéndole a Rodrigo que se controle, cuánto no me controlo yo.

    Besos.

    ResponderEliminar
  4. Alma, no hay duda de que si fuéramos como los niños seríamos más felices.
    Doy gracias por tener dos en mi vida, por poder compartir su felicidad, por formar parte de ella.
    Besos.

    ResponderEliminar

Me interesa lo que piensas.