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lunes, 11 de agosto de 2014

Cuestión de actitud

Del libro ¡Yo pienso, yo soy!, de Louise L. Hay.

Queridos padres y profesores:
Me llamo Louise L. Hay, y he dedicado gran parte de mi vida a enseñar a las personas que sus pensamientos pueden cambiar sus vidas. He escrito muchos libros que han ayudado a la gente a descubrir su propia valía; es más, siempre he creído que si los niños pudieran aprender a una edad temprana al potencial que tienen sus pensamientos, su viaje a través de la vida sería más feliz y gratificante.
Este libro, que he escrito junto con mi amiga Kristina Tracy, puede ayudaros a enseñar a vuestros hijos el poder de las afirmaciones. Llamamos "afirmaciones" a los pensamientos y las palabras que utilizamos a diario. Las palabras de preocupación, enfado y miedo son afirmaciones negativas, mientras que las palabras optimistas de esperanza, felicidad y amor son afirmaciones positivas.
Dentro de ¡Yo pienso, yo soy! leeremos ejemplos de niños que han transformado pensamientos negativos en acciones y palabras positivas. Podéis practicar esto en casa con vuestros hijos; a mí me gusta que aprendan mirándose al espejo mientras dicen sus afirmaciones positivas. El espejo es una herramienta muy poderosa que te conecta con las palabras que estás diciendo. Una gran afirmación para comenzar sería "me quiero a mí mismo". Repite esta o cualquier otra información positiva, una y otra vez, y notarás la diferencia.

Afirmación: palabras que piensas o dices y  que crees que son verdad.

¿Sabías que las cosas que piensas y dices tienen el poder de cambiar tu vida? Cuando repites algo una y otra vez empiezas a pensar que lo que estás diciendo es verdad; y lo que tú crees afecta a lo que haces y lo que te sucede.
Esta clase de pensamientos y palabras se llama afirmación. Aprender a cambiar tus pensamientos tristes (negativos) en afirmaciones puede resultar divertido.

TRUCOS PARA HACER AFIRMACIONES
Tú puedes inventar tus propias afirmaciones para cualquier situación que desees cambiar en tu vida, por ejemplo...
1. Empieza siempre tus afirmaciones con palabras positivas: Yo puedo, yo soy, yo deseo, yo tengo...
2. Repite tus afirmaciones cada vez que te acuerdes.
3.Di una afirmación cuando tengas pensamientos tristes o negativos.
4. Mírate al espejo y di tus afirmaciones positivas en voz alta.
5. Escribe tus afirmaciones en una libreta o diario.
6. Haz carteles con tus pensamientos positivos y cuélgalos donde puedas verlos cada día (en tu espejo, en la nevera o en un corcho en tu habitación).
7. Cierra los ojos e imagina lo que deseas: es lo mismo que una afirmación.

Me parece muy interesante, y muy útil, lo que se explica en este libro.
Con los años, y después de observar a la gente negativa que tengo a mi alrededor, tengo claro y he decidido que lo mejor es tener una actitud positiva hacia la vida.
No discuto que a veces la vida es una mierda, y que da igual lo que hagas que parece que nunca vas ha salir de ese pozo en el que has caído y al que no le ves el fondo, pero chica, para bien o para mal lo malo viene sin que lo busquemos (hay quien no, hay quien parece que se empeña en darse de narices con los problemas, que parece que necesite vivir lamentándose por lo mal que le va la vida, sin hacer nada por cambiarlo. Pero bueno, es su elección.) ¿por qué no utilizar nuestra energía, nuestros pensamientos y nuestro tiempo aquí en intentar que las cosas cambien, en fijar la vista y los sentidos en lo bueno que tenemos en nuestra vida?

El libro me lo dejó una amiga, y lo traje a casa pensando en mi hijo mayor. Tiene 6 años y a veces tiende a ser más negativo de lo que a mí me gustaría, aunque también está claro que es pequeño para darse cuenta de la diferencia que puede suponer en al vida el cómo te tomes las cosas. El caso es que una noche leímos el cuento y no le hizo demasiada gracia. Yo pensé que al estar dirigido a niños podría hacerle entender mejor lo que yo he intentado explicarle en muchas ocasiones. Durante unos días, he insistiendo un poquito, conseguí que cada noche pensara en algo positivo que le hubiera pasado durante el día, y cada mañana visualizábamos algo positivo que hacer o conseguir.
No funcionó.
Aunque el libro es para niños, yo creo que no hay nada como que lo vean, que puedan vivir con alguien que tenga esa actitud. De nada valdría leer el libro e intentar hacer lo que dice si los adultos que tiene a su alrededor lo ven todo negro.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Totalmente de acuerdo, pero...


Estoy totalmente de acuerdo con esta reflexión, pero a veces es frustrante ver que nuestros esfuerzos no tienen frutos. Pero no es cierto, se por experiencia propia que todo esfuerzo tiene su recompensa, mi hijo mayor es la prueba y me lo demuestra todos los días, y aún así no puedo evitar sentirme triste y desilusionada.
Hay días en los que la paciencia y la comprensión brillan por su ausencia, en los que no consigo ponerme en su lugar y entender por qué actúa así. Hay que aceptarlos como son, no intentar cambiarlos, pulirles, en todo caso. Y no deja de ser un niño de casi 6 años, impulsivo, que actúa como siente y no se para a pensar antes.
Yo soy la que me tengo que parar a pensar y reconocer que en el fondo se parece a mí. No hace tanto que yo dejé las malas formas, de hecho todavía las utilizo, y siempre me arrepiento. A mi edad, mi modo de actuar lo veo como una forma de protegerme de las desilusiones, del daño que te pueda hacer la gente, pero a la suya...
No puedo pensar que a él le va a pasar lo mismo, somos parecidos, pero no iguales. No puedo dejar que mis miedos le marquen el camino, le coarten y le digan cómo no actuar. En cambio, dejaré que mi juicio le guíe y le muestre las consecuencias de sus actos, cómo repercuten en los demás y cómo eso puede influir en sus relaciones con el resto de la gente.

martes, 1 de octubre de 2013

Pedir perdón no es suficiente


Antes de tener hijos no concebía la posibilidad de pedirles perdón.
Un día descubrí que se puede pedir perdón a los hijos. No solo que se puede, sino que se debe. Que como con cualquier persona hay que disculparse cuando se les ofende, se les falta al respeto o se les agrede física o verbalmente.
Yo no recuerdo que mis padres me hayan pedido perdón alguna vez, ni de niña ni de adulta.
Pero pedir perdón no es la solución, aunque me tranquiliza, me reconforta y estoy segura de que hago bien, lo que quisiera es conseguir dejar de hacer lo que hago, que es lo que me lleva a tener que pedirles perdón.
Quisiera tener la paciencia suficiente para no hacer algo de lo que después me pueda arrepentir, por que está muy bien saber pedir perdón, pero mejor estaría no necesitar pedirlo.

Ayer me porté muy mal con mi chico el pequeño. Ya por la tarde, a la hora de volver a casa después de haber comido en casa de mis padres, el camino fue estresante. Por el mayor no hay problema porque aunque iba con la bicicleta no cruza las calles sin mirar y se para cuando se lo digo. Pero el pequeño es otro cantar: además de que parece que vuela con la moto no se para cuando se lo pido y nunca sabes si va a cruzar la calle o no. Así que la vuelta fue una carrera constante (por mi parte), cargada de bolsas y gritando su nombre a casi cada esquina. Al final, como ya le había avisado, le quité la moto y lo dejé andando un rato por no pararse cuando yo lo llamaba. La reacción era de esperar: llantos y gritos pidiendo la moto.
En esos momentos mi nivel de tolerancia estaba bajo cero y lo único que quería hacer era llegar a casa, aunque sabía, y no me equivoqué, que eso no quería decir que la situación se arreglara. Nada más entrar al portal se puso a gritar, costumbre muy desagradable que tiene y que no hay manera que deje. Le pedí varias veces y de buenas maneras que no lo hiciera, que era muy molesto, que no se grita, patatín y patatán. Pero decidió hacerlo una vez más, y más fuerte, y ahí yo perdí los nervios.
Me arrepiento de mi reacción, de lo que hice, y la culpa fue sólo mía. Primero porque ni recordé ni tuve en cuenta en ningún momento que el niño ese día no había dormido la siesta, y ya sabemos los que pasa cuando los niños tienen sueño. Y segundo por todo lo demás: porque es un niño, porque yo había pasado casi dos horas sentada en el sillón del dentista mientras me reconstruían una muela y no me sentía bien, porque para él todo es juego, porque es pequeño y no tiene conciencia del peligro que supone cruzar una calle sin mirar, porque la sensación de libertad que da correr calle a bajo con una moto teniendo dos años y medio no da para pensar en nada más.
Le pedí perdón ¿pero de qué sirve?
Tengo claro que crecerá, que todo será más fácil, que "hará más caso", que entenderá mejor las cosas. Lo tengo claro porque tengo la prueba, porque tengo otro hijo mayor con el que también pasé momentos que creí no mejorarían y el tiempo me ha hecho ver que todo pasa, que crecen.


En mi contra a veces pienso que mi chico el pequeño me puede, que hace cosas que el mayor no hizo, que protesta más, que "hace menos caso", que me desafía. En mi favor pienso que estoy más cansada, que tengo que repartir mi atención entre los dos niños, que llevo muchas más cosas sobre mi espalda.
No es cuestión de buscar excusas, ni cosas a favor o en contra. No quiero tener que pedirles perdón porque no actúo bien. No quiero que me tengan miedo, que teman mis reacciones porque no puedo controlar la situación. No quiero sentirme así y no quiero que ellos se sientan mal por mi culpa.
Quiero poder pararme a pensar, tomarme el tiempo suficiente, el que ellos necesiten, y que la situación se solucione sin gritos, lloros, nervios, sentimientos de culpabilidad y, como siempre, pidiendo perdón.

lunes, 24 de septiembre de 2012

No le gusta. Y punto

Este año Rodrigo ha empezado el curso sin llorar (tercero de infantil), contento y "emocionado por ver a sus compañeros", según sus palabras. Pero hoy, después de dos semanas, ha entrado llorando al cole porque dice que no le gusta pintar...
Ya el miércoles pasado me llamaron del colegio para que fuera a buscarlo porque el niño decía que le dolía la garganta. Cuando llego al centro me comenta la profesora que al niño se la habían ido todos los males en cuanto se terminó el tiempo de pintar la ficha y pasaron a otra actividad, que había almorzado bien y que en esos momentos estaba tan contento jugando en el patio. Y que además había tenido la cara (sinceridad infantil) de reconocerle que no era cierto que le doliera nada, pero que había vuelto a intentar engañarla otra vez en cuanto volvieron con la ficha de pintar.
No me gustó esto, me preocupó y me sigue preocupando por varios motivos. Se que está experimentando, probando la manera de no hacer cosas que no le gustan, pero no me gusta nada que utilice la mentira, aunque estoy segura de que todavía no entiende lo grave que puede ser mentir.
Tampoco me gusta que algo como pintar (o cualquier cosa) suponga para él una actividad tan dura como para llorar.
Tampoco me gusta la sensación que me queda de que tendría que hacer algo, aunque no sé el qué.
Cuando recogí al niño del cole le pregunté como todos los día qué tal le había ido, y porqué tenía mala cara. Él, como siempre sin  muchas explicaciones, me dijo que habían tenido examen de pintar, y que no le gustaba. Yo le dije que lo hiciera lo mejor que pudiera y ya está, y que a veces tenemos que hacer cosas que no nos gustan demasiado. Él me dijo que el examen no le preocupaba, pero no le gustaba pintar y punto.
No le comenté nada de que había ido al colegio porque la profesora me había dicho que le dolía la garganta, preferí hablarlo primero con su padre, además de que si quieres que te escuche y esté receptivo tienes que elegir muy bien el momento en el que hablarle.

Después de hablarlo, su padre y yo convinimos en explicarle que no está bien mentir para no hacer algo, y que no hay que fingir estar enfermo. Así que mientras nos preparábamos para irnos a dormir le comentamos que su profesora nos había llamado y lo que nos había contado, y que si era cierto que había mentido para no hacer la ficha. Y nos reconoció, como hizo con la profesora, que no estaba malo, pero que no quería hacer la ficha...
Y en ese momento aproveché para contarle el cuento del niño aquel que se aburría mientras cuidaba el rebaño y gritaba diciendo que venía el lobo, cuando en realidad era mentira... Y después le expliqué lo que ya le he dicho tantas veces: que en ocasiones tenemos que hacer cosas que no nos gustan tanto como otras, pero que intente hacerlo más llevadero pensando que eso será un momentito, y que después vendrá algo que le gusta más.
Cuando ya parecía que habíamos sorteado el problema, tanto que incluso se rió muy a gusto con el cuento y me aseguró que había entendido que no estaba bien mentir porque sino el día que dijera la verdad no le creería, en el momento de estar con las luces apagadas y abrazados, empieza a llorar y a decirme que al día siguiente no quería ir al cole porque no le gusta pintar, que había examen y tenían que pintar un tren muy grande, con muchas cosas.
Nos levantamos y fuimos a buscar algún libro de los muchos que tiene para pintar, cogimos colores y casualmente encontramos un tren. Le dije que mirara el dibujo y pensara cuántas partes le parecía que tenía (tres: máquina, vagón y ruedas), que en vez de ver el tren entero, con todas las cosas, pensara por partes, y las fuera pintando una por una. Entre los dos fuimos pintando,cada uno eligiendo la parte que quería pintar, y parece que algo le alivió, ya que cuando llevábamos medio tren dijo que ya estaba bien, que nos íbamos a dormir. A la mañana siguiente lo fuimos comentando de camino al cole y parecía que, al menos de momento, había encontrado la manera de no agobiarse.
Pero eso era la semana pasada, hoy ha sido cuando ha entrado llorando porque no quería pintar...





viernes, 7 de septiembre de 2012

Contar hasta diez

No siempre tengo la paciencia y la lucidez necesaria para aplicarlo, pero he comprobado que si desde que le pido a Rodrigo que haga algo, hasta que él lo hace, le diera de tiempo lo que a mí me cuesta contar hasta diez (o quince, o veinte a veces), evitaríamos muchos nervios, enfados y conflictos innecesarios.
Y es que no entiendo cómo espero que haga lo que le digo antes de YA, cómo espero de él una capacidad de reacción que no tiene ni mi propio marido.
Y la mayoría de las veces, cuando hablamos entre nosotras y decimos de nuestros hijos que si "tiene el día torcido", que si "se ha levantado con el pie izquierdo", que si "está raro", creo que no son ellos, que somos nosotras las que no gestionamos bien ciertos momentos y nos faltan recursos para salir airosas de ciertas situaciones.
Poco a poco consigo tener presente este truco (el de contar hasta diez), pero aún así hay días en los que él me gana y con lo de contar no hay suficiente. Hay días en los que  no me tendría que haber levantado de la cama, en los que todo me sabe mal y cualquier reacción de los niños que contraríe lo que yo quiero me la tomo como un desafío por su parte.
Porque, ¿y esas veces en las que le dices al niño que deje de pegar golpes en la pared y él te mira, da un golpe más, y después te dice "vale"?
Porque a veces no somos un niño y un adulto, a veces somos dos niños peleando por tener la última palabra...

lunes, 30 de julio de 2012

Lo que me había perdido

Rodrigo se destetó antes de los ocho meses. Gonzalo a cumplido año y medio y seguimos con la lactancia materna.
Una de las espinas clavadas que me quedaron cuando Rodrigo se destetó era no haber vivido situaciones "de niño grande que toma teta". Situaciones graciosas, simpáticas y llenas de complicidad.
Con Gonzalo estoy disfrutando mucho de la lactancia, y siempre me aparece un puntito de tristeza cuando pienso en lo bonito que hubiera sido llegar hasta aquí con Rodrigo.
Pero bueno, guardo muy buenos recuerdos de esos casi ocho meses con Rodrigo, y valoro mucho cada día que pasa y Gonzalo sigue tomando teta.

Con Gonzalo comparto momentos y me encuentro en situaciones que nunca hubiera pensado relacionadas con la lactancia: a veces me agobio un poco, otras me enfado, pero la mayoría las disfruto y las vivo con alegría y ternura.
A veces me agobio cuando tiene uno de esos días en los que no me deja ni ir al baño y en cuanto me pierde de vista empieza a llorar diciendo "tetaaaaa, mamaaaaa". O tengo las manos ocupadas con el cesto de la ropa y no veo ni dónde piso, y de pronto me hace un placaje agarrándome las dos rodillas y gritanto "teeeetaaaa". Últimamente, como quiere estar en todo, me pide teta, me siento para darle, y cuando me saco la teta se baja para hacer otra cosas. Entonces le dijo si quiere o la guardo, no me contesta, y en cuanto me tapo y me levanto viene a pedirme otra vez.
Otras veces me enfado porque me hace daño. Para según que posturas necesitaría que mis tetas fueran de goma y su cuello girara 360º. Entonces se mueve y se estira tanto que me da más de un tirón.
Pero sobre todo lo disfruto y me encantan los momentos que compartimos y las risas que me echo con él. Ya es él el que decide de qué teta quiere tomar, o cuando cambiar de una a otra. Me dice "ota" para cambiar de teta, pero hasta que no me tapo la primera no toma de la segunda. Y después dice "má", y vuelve a la primera. Todo esto entre risas y aplausos, y levanta los dedos índice para decir que tengo "do" tetas. Conmigo no se duerme sin la teta, pero si yo no estoy no tiene problemas para dormirse.
Algunas noches, cuando se incorpora, le enseño la teta antes de que diga nada, se coge y se vuelve a dormir. Otras, cuando yo no me he dado cuenta de que se ha despertado o está Rodrigo entre él y yo, viene a buscarme mientras dice dormido "teta, teta".
Hay muchos momentos tiernos, en los que está muy tranquilo mientras mama y me acaricia el otro pecho, la cara, el brazo, la barriga... o se duerme apoyado en mi hombro, o totalmente tumbado sobre mí, cuando estamos en la cama.
Además, estar mamando no le impide estar al loro de todo lo que pasa a su alrededor, y mira de reojo cualquier cosa que se mueva.
Y sobre todo, me encanta cuando llego a casa y me recibe con los brazos abiertos, una sonrisa de oreja a oreja y gritando "teeeeeeetaaaaaaaaaa".

Así que estoy encantada, disfrutando de la lactancia, de mi chico pequeño y del grande, que a veces se acurruca como puede en mi regazo mientras su hermano toma teta.

miércoles, 18 de julio de 2012

Lo aprenden todo, hasta lo que no les enseñas

Hace meses que con Gonzalo hemos vuelto a "actividades" que ya teníamos olvidadas porque Rodrigo ya es mayor para según que cosas. Y sino fuera porque tengo la experiencia del mayor, no me creería que sirve de algo repetir las cosas 1000 veces.
Y lo que sirve, además de repetir, es dejar pasar el tiempo, porque poco a poco les van interesando otras cosas, y dejan de subirse a la mesa pequeña cada vez que tienen oportunidad para encender y apagar todas las luces de la casa, y después tocar todo lo que hay en las estanterías a las que antes no llegaban.
Es cierto que no hace falta pegar para que aprendan, que con repetir las cosas (las veces que haga falta) al final aprenden lo que se puede hacer y lo que no.

Queremos enseñar a nuestros hijos muchas cosas, todas buenas y de provecho. Sobre todo cosas que creemos le van a facilitar la vida y la convivencia con los demás. Podemos llegarnos a preocupar porque por más veces que les decimos que se pongan la mano en la boca cuando tosen, no lo hacen. Porque les hemos repetido mil veces que no griten, se metan el dedo en la nariz o porque no están quietos como clavos en la silla mientras comen.
Muchas veces, esas cosas que insistimos tanto en que aprendan, no son tan importantes, y al final acabarán aprendiéndolas igualmente. Y si les dejáramos el tiempo y el espacio que necesitan, nosotras no nos preocuparíamos tanto y ellos no se sentirían tan presionados.

El tener otra vez un bebé en casa me ha servido para ver al mayor desde otro punto de vista. Y el tener la experiencia de un hijo mayor me ha servido para tomarme las cosas con más calma con el pequeño.
Con Gonzalo tengo la seguridad de que todo lo que haga  y diga servirá de algo, porque eso me ha pasado con Rodrigo.
Con Rodrigo quiero disfrutar de lo que le enseño, de lo que aprende, y con lo que me sorprende cada día. Quiero dejar de preocuparme por detalles que con el tiempo se limarán poco a poco, para sorprenderme por esas cosas nuestras que están pasando a ser suyas.
Quiero tenerle en cuenta muchos detalles que son de agradecer, detalles que salen de él, como que hable en voz baja (todo un esfuerzo para él) si su hermano duerme, y no tirar de la cadena cuando hace pis para no despertarlo.
También hay cosillas que copia de nosotros y que nunca le hemos dicho que haga, como recoger el cinturón de seguridad del coche cuando se lo quita o, cuando me ayuda a barrer, quitar las pelusas del cepillo de la escoba con la mano.

Pero no todo lo que aprenden, aunque tú no se lo enseñes, es bueno. Durante esta semana, ante un momento de frustración, la reacción de Rodrigo me ha sorprendido mucho y, sobre todo, no me esperaba las palabras que ha utilizado. En dos ocasiones ha intentado hacer algo que no le ha salido a la primera, y en una de esas ocasiones dijo que era tonto, y en otra que era un inútil.
No es una actitud propia de nuestra casa, aunque sí de algunos adultos de nuestro círculo más cercano; pero   tengo claro que aunque aprenda cosas de ese tipo fuera, lo que cuenta es lo que vive día a día en su casa. Aunque reconozco que me ha sorprendido, y preocupado, que lo haya utilizado para referirse a él mismo.
Es normal que experimente, que utilice palabras y expresiones que aprende, pero claro, cuando es algo que no te gusta o crees que no es bueno para él, te llama más la atención.

De todas formas la sensación que me queda es de tranquilidad, de ánimo y de avance. Y sobre todo de alegría.

martes, 24 de abril de 2012

Todo llega

Hay una mamá a la que me gusta mucho leer por la visión tan positiva y optimista que tiene de las cosas.
Hace unos días comentaba que su hija, al ser nacida en noviembre, todos los cursos los comienza un poco "justilla". Pero que al final consigue ponerse a la altura del resto de la clase.
Me alegra (y alivia) leer esto porque Rodrigo es de finales de diciembre y también va más justo que algunos de sus compañeros. Y es que se lleva casi un año completo con algunos de los niños de su clase.
Varias personas me han comentado que, en el caso de algunos niños, este "retraso" se nota durante todo infantil y a veces parte de primaria. Incluso han habido casos en los que les han recomendado repetir curso para ir a la par de sus compañeros.
Y me pregunto: en vez de matricular a los niños el año que cumplen tres años ¿no podrían hacerlo el curso en el que cumplen los tres años?

Creo que todavía es pronto para prever el futuro escolar de Rodrigo. De momento progresa adecuadamente, está dentro de lo normal. De hecho, las observaciones que nos hace la profesora en las evaluaciones tienen que ver más con el comportamiento (le cuesta esperar su turno a la hora de hablar, no suele sentarse bien...) que con la adquisición de conocimientos.

En lo que sí he notado más esa diferencia de edad entre mi chico y sus compañeros es en el comportamiento, en la comprensión y en la forma de actuar. Cuando son tan pequeños, esos meses de más o de menos pueden situarlos en etapas diferentes y a veces poco compatibles.
A mi chico se le unen varias desventajas: le está costando más que a la mayoría hablar bien y es más grande y fuerte que muchos de los niños de su edad. Estas dos "características" nos han hecho vivir situaciones un poco... incómodas; notas como la gente se queda extrañada ante reacciones de un niño que por aspecto físico esperas que hable mejor y tenga más edad.
De todas formas he aprendido que todo es cuestión de tiempo, que no puedes hacerles madurar más rápido para que estén al nivel del resto. De hecho, ahora me río de cosas que antes me preocupaban muchísimo y que no sabía si algún día llegarían.
Pero al final, todo llega.


domingo, 8 de mayo de 2011

Amor das, amor recibes

Me encanta besar y abrazar a mis hijos. No necesito ningún motivo para hacerlo y cualquier excusa es buena para achucharlos y hacerles mimos.
Rodrigo está acostumbrado desde siempre, y Gonzalo responde con sonrisas y gorjeos a las fiestas y cariños que le hacemos.
Yo soy de la opinión que si un niño recibe cariño, es eso lo que da. Si para él es habitual recibir besos, abrazos y caricias en su casa y su entorno, eso será lo que él ofrezca a los demás también.
¿Hay niños que aunque reciban todo eso no son cariñosos? ¿Se nace cariñoso o te hacen cariñoso? Pues no lo se.

Cuando Rodrigo se despierta y lo saco de la habitación, lo cojo en brazos y él me rodea el cuerpo con sus piernas y el cuello con sus brazos. Mientras, yo le acaricio la espalda y le doy besos en el cuello y en la cara. Y desde hace tiempo él me responde con lo mismo: me acaricia la espalda con sus manitas y me llena la cara y el cuello de besos cuando lo saco de la habitación.

Una noche en la que él había cenado primero se tumbó en el sofá a ver la película de dibujos de los payasos de la tele, que cantan la canción de "Susanita" o "Don Pepito y Don José". Yo intentaba terminar de cenar en la cocina mientras él insistía en que me tumbara con él a verla, y como yo le decía que quería cenar va y me dice: "Yo eque ve pipa ico bazaooooo, mama" (Yo quiero ver la película del circo abrazado, mamá)
Ahhhhhh... pues mis quilos de baba y yo, madre enamorada, vamos al sofá a abrazarnos y acurrucarnos con mi chico. Y mientras le tengo abrazado se gira para mirarme y decirme: "A mi si guta mama chucha mi" (A mí si me gusta que mamá me achuche).
Y bueno..., creo que las palabras sobran, que cualquier madre se puede imaginar lo que sentí.
Momentos como ese te dan la razón, te demuestran que el amor y el cariño, las caricias y las palabras dulces son una semilla que da sus frutos. Unos frutos tiernos, cálidos y dulces que nos alegran el día más negro y nos curan todas las penas.
Por momentos como ese en concreto, y por muchos más, merecen la pena las horas de sueño, las rabietas, los enfados, las prisas y el desorden, esquivar jueguetes tirados por el suelo, la falta de tiempo para una misma y todo eso y más que es la vida de cualquier mujer que sea madre.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Ellos no son rencorosos, pero nosotros les enseñamos

Puedo decir que me encuentro bien de ánimo, aunque hay momentos en los que tengo mis bajones.
En esos momentos no estoy nada orgullosa de mi comportamiento, y acabo actuando como tantas veces le reprocho a otros que lo hagan.

Es habitual que Rodrigo y su padre se peleen. Tienen un carácter tan parecido que chocan muy a menudo.
Esta semana sin ir más lejos se han vuelto a pelear, y se enfadaron mucho los dos. Así que la cosa terminó con que yo me fui a dormir con Rodrigo mientras mi marido se quedaba con Gonzalo. Mientras hablábamos antes de que se durmiera me dice "si guta papá ama mir" (o lo que es lo mismo: me gusta que papá venga a la cama conmigo a dormir). Así que se quedó tan tranquilo cuando yo me levanté y se quedó su padre con él.
Entonces me dí cuenta de lo poco, o mejor dicho, nada, rencorosos que son los niños. Mientras mi marido seguía enfadado con él, el niño ya ni se acordaba de lo que había pasado, sólo quería tener a su padre al lado antes de dormirse.
Esto fue lo que me hizo acordarme de algo que leí en el libro Bésame mucho, de Carlos González.
En la segunda parte del libro habla de que nuestros hijos son buenas personas, desinteresados, generosos, ecuánimes, valientes..., y que saben perdonar.

Su hijo sabe perdonar.
Emilia y su hijo Óscar, de seis años, han tenido una fuerte diferencia de opiniones. Para no perdernos con los detalles, digamos tan sólo que Emilia era partidaria de que Óscar se duchase, mientras que este último se sentía muy limpio. Ha habido gritos, llantos, insultos y amenazas. Un testigo imparcial reconocería que la mayor parte de los llantos han venido de una de las partes del conflicto, y la mayor parte de los insultos y de las amenazas, de la otra.
De eso hace una hora. ¿Cuál de estas personas cree usted que está ahora contenta y feliz, y continúa con sus ocupaciones como si nada hubiera ocurrido, mostrándose incluso inusualmente alegre y zalamera; y cuál, por el contrario, es más probable que esté todavía enfadada, haciendo reproches, rezongando? "Mira, mamá, mira qué hago." "No, mamá no ríe." "¿Iremos al zoo el domingo?" "A ver, ¿tú crees que te lo mereces? ¿Te parece que te has portado bien?"
Arturo, el padre, vuelve ahora del trabajo. ¿Cuál de las siguientes frases le parece que oirá?:
a) "Mamá se ha puesto tremenda esta tarde, no sabes la escenita que me ha hecho. Tienes que decirle algo."
b) "Este niño ha estado toda la tarde muy impertinente, no me hace ni caso. Tienes que decirle algo."
Nuestros hijos nos perdonan, cada día, docenas de veces. Perdonan sin doblez, sin reservas, sin reproches, hasta olvidar completamente el agravio. Se les pasa el enfado mucho antes que a nosotros.


A mí me cuesta mucho que se me pasen los enfados. Hay momentos en los que considero necesario enfadarse con Rodrigo; está en un punto en el que no es suficiente explicarle, las veces que haga falta, que lo que hace no está bien. Y enfadándonos es la única manera que hemos encontrado de que vea que a veces nos disgusta su actitud, que sus acciones tienen consecuencias.
Y a veces me encuentro con que me esfuerzo en que me dure el enfado, en que él se de cuenta de cómo me afecta su comportamiento, de que me gustaría que no hiciera ciertas cosas, de que me gustaría que a veces actuara de otra forma. Y no es justo...
No es justo porque a él los enfados no le duran ni un minuto.
No es justo porque él ni siquira recuerda el motivo del enfado.
No es justo porque él quiere estar contigo y comerte a besos aunque tú, como lección, le hayas quitado el juguete con el que golpeó la mesa.
No es justo, y además es una tontería y una pérdida de tiempo enfadarse de esta manera con un niño.
¿Qué le estoy enseñando con mi actitud? Pues a ser rencoroso, a que no olvide, a que no tenga en cuenta que todos cometemos errores y que nos merecemos la oportunidad de intentar arreglarlos pidiendo perdón...
No veo mal enfadarme; yo también tengo derecho a dar rienda suelta a mis sentimientos, a poder expresar cuando algo me enfada o me disgusta, y quiero que él también aprenda a hacerlo. Que pueda reconocer sus sentimientos y emociones para poder expresarse, pero sin ser esclavo de sus reacciones.

Así que si quiero que él aprenda, yo tengo que enseñarle, predicar con el ejemplo.

jueves, 20 de enero de 2011

¿Por qué siempre el peor de los casos?

Supongo que cuando alguien te da un consejo (lo pidas o no) lo hace con la mejor de las intenciones. O cuando te avisan, te advierten de lo que te va a pasar, según en la situación que te encuentres. Pero curiosamente la mayoría de todos esos consejos, advertencias, avisos,... son para prepararte para lo peor, para el peor de los casos. Todo tiene su parte positiva y negativa, y como lo malo llega aunque no lo llames, ¿por qué no ver lo bueno de las cosas?, ¿o no verlo todo tan malo?

Durante todo el embarazo hemos hablado del bebé a Rodrigo; le he ido explicando cosas nuevas a medida que me crecía la tripa y la situación iba cambiando. Leemos cuentos sobre el tema que le gustan mucho. Ha visto, me ha ayudado y ha jugado con el carrito, el cuco y demás cosas que hemos ido sacando de cuando él era bebé para tenerlas preparadas para su hermano... En mi opinión ha llevado estupendamente mi embarazo; nos trata a la barriga, al bebé y a mí con mucho cariño y cuidado. Habla a su hermanito, le dice "hola" y le explica las cosas de papá y mamá que no podrá coger para que no se rompan,... Es más cariñoso si cabe y no pierde la oportunidad de darme besos en la tripa, acariciármela y decirme que pronto tendremos al bebé en casa mientras sonríe y se frota las manos con gesto impaciente.
También le hablo de como nos cambiará la vida cuando Gonzalo esté en casa: que como no sabrá hablar llorará para todo, que mamá le dará leche de la teta, que lo cogeremos cuando llore para saber que le pasa, y le daremos besos y cariñitos. Pero tampoco quiero insistir mucho en este aspecto porque de momento es él quién está aquí, no he de quitarle antes de tiempo el protagonismo que después tendrá que compartir. ¿Cuántas veces nos hemos preparado para una situación que nos angustiaba, nos hemos mentalizado de lo que nos esperaba, y aún así en el momento no hemos podido dominar nuestros sentimientos? Pues eso creo que le puede pasar también a él, que por mucho que le explique, no he de extrañarme si después su reacción no es totalmente de mi agrado.


Durante el embarazo no han faltado comentarios bienintencionados que me advertían de que por muy bien que se comporte ahora, por pocos celos que demuestre, todo eso cambiará en cuanto de a luz. Sé que puede cambiar su comportamiento, mostrar celos, estar más agresivo y demandante, más llorón, y muchas otras cosas que en un principio pueden parecer negativas. Pero son al fin y al cabo reacciones normales ante la nueva situación. Pocos te animan sobre la nueva situación, o te dicen que aunque tengas el doble de trabajo todo es cuestión de organizarse, o simplemente que es el doble de todo, también de lo bueno, no sólo de lo malo. Parece que se sienten en la obligación de prepararte para lo que se te viene encima, como si quisieran abrirte los ojos por si no sabes donde te has metido. Y no es cuestión de mentir, simplemente de no ver sólo lo malo. O igual es que yo soy demasiado optimista. Pero bueno, en todo caso no me quedé embarazada sin querer, nos lo pensamos y lo hablamos antes, no es que me vaya a encontrar con algo que no esperara.
Verlo todo negro, o gris oscuro, es una actitud ante la vida, y yo hace tiempo que opté por disfrutar del resto de colores.

lunes, 3 de enero de 2011

¡A los tres años cambian!

Tengo una amiga, que su hijo tiene ocho meses más que Rodrigo, que ya me avisó de que cuando cumplen tres años los niños cambian, se hacen más movidos.
Yo pensé dos cosas. Primero, que comparado con Rodrigo su hijo (para mí) es muyyy tranquilo, y claro, con que se hubiera "espabilado" un poco a ella le podía parecer que se había convertido en un niño movido. Y segundo, ¿podía ser más movido todavía Rodrigo?
Pues no sé si es porque ha cumplido tres años, y si la palabra es movido, pero en estos días hemos notado un claro cambio en su comportamiento. Aunque yo soy más partidaria de pensar que han sido un cúmulo de circunstancias las que han propiciado este cambio y no una fecha en concreto.
Se le han juntado las actividades propias de estas fechas en el colegio, estar en casa enfermo con anginas, la celebración de su cumpleaños en casa y en el colegio, las vacaciones, pasar unos días en Zaragoza con visita a urgencias incluida, y volver a casa para seguir de vacaciones y en un ambiente totalmente festivo. Son motivos más que suficientes para estar algo alterado ¿no? Y eso sin contar con que me queda menos de un mes para dar a luz y mi barriga, más que evidente, me impide cogerlo todo lo que quisiera y jugar a ciertas cosas.
¿Le justifico, le defiendo? Pues sí; aunque a veces me pregunto si no estoy perdiendo la perspectiva, si con tanto ponerme en su lugar lo único que hago es pasarme al bando de las madres que piensan que su hijo no hace nada mal.
No, ahora en serio. ¿Tantos cambios en tan poco tiempo no son motivos suficientes para estar... llamadlo como queráis?
El problema no lo tienen los niños, lo tenemos los padres que somos los que no sabemos como reaccionar ante sus demandas, como entender lo que nos piden, lo que necesitan. Les pedimos que ..., ¡bueno, que estoy diciendo! ¡No les pedimos nada! Nos los llevamos de aquí para allá, los incluimos en celebraciones de las que no saben nada, vamos arriba y abajo visitando a familiares y amigos que ellos apenas conocen, les cambiamos los horarios y la rutina... ¿Y qué esperamos entonces?
Aquí, los pobrecitos, los mátires, no somos los padres, sino los niños, que no tienen sufiente con subirse al tren de los adultos que aún encima tienen que ponernos las cosas fáciles.