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martes, 1 de octubre de 2013

Pedir perdón no es suficiente


Antes de tener hijos no concebía la posibilidad de pedirles perdón.
Un día descubrí que se puede pedir perdón a los hijos. No solo que se puede, sino que se debe. Que como con cualquier persona hay que disculparse cuando se les ofende, se les falta al respeto o se les agrede física o verbalmente.
Yo no recuerdo que mis padres me hayan pedido perdón alguna vez, ni de niña ni de adulta.
Pero pedir perdón no es la solución, aunque me tranquiliza, me reconforta y estoy segura de que hago bien, lo que quisiera es conseguir dejar de hacer lo que hago, que es lo que me lleva a tener que pedirles perdón.
Quisiera tener la paciencia suficiente para no hacer algo de lo que después me pueda arrepentir, por que está muy bien saber pedir perdón, pero mejor estaría no necesitar pedirlo.

Ayer me porté muy mal con mi chico el pequeño. Ya por la tarde, a la hora de volver a casa después de haber comido en casa de mis padres, el camino fue estresante. Por el mayor no hay problema porque aunque iba con la bicicleta no cruza las calles sin mirar y se para cuando se lo digo. Pero el pequeño es otro cantar: además de que parece que vuela con la moto no se para cuando se lo pido y nunca sabes si va a cruzar la calle o no. Así que la vuelta fue una carrera constante (por mi parte), cargada de bolsas y gritando su nombre a casi cada esquina. Al final, como ya le había avisado, le quité la moto y lo dejé andando un rato por no pararse cuando yo lo llamaba. La reacción era de esperar: llantos y gritos pidiendo la moto.
En esos momentos mi nivel de tolerancia estaba bajo cero y lo único que quería hacer era llegar a casa, aunque sabía, y no me equivoqué, que eso no quería decir que la situación se arreglara. Nada más entrar al portal se puso a gritar, costumbre muy desagradable que tiene y que no hay manera que deje. Le pedí varias veces y de buenas maneras que no lo hiciera, que era muy molesto, que no se grita, patatín y patatán. Pero decidió hacerlo una vez más, y más fuerte, y ahí yo perdí los nervios.
Me arrepiento de mi reacción, de lo que hice, y la culpa fue sólo mía. Primero porque ni recordé ni tuve en cuenta en ningún momento que el niño ese día no había dormido la siesta, y ya sabemos los que pasa cuando los niños tienen sueño. Y segundo por todo lo demás: porque es un niño, porque yo había pasado casi dos horas sentada en el sillón del dentista mientras me reconstruían una muela y no me sentía bien, porque para él todo es juego, porque es pequeño y no tiene conciencia del peligro que supone cruzar una calle sin mirar, porque la sensación de libertad que da correr calle a bajo con una moto teniendo dos años y medio no da para pensar en nada más.
Le pedí perdón ¿pero de qué sirve?
Tengo claro que crecerá, que todo será más fácil, que "hará más caso", que entenderá mejor las cosas. Lo tengo claro porque tengo la prueba, porque tengo otro hijo mayor con el que también pasé momentos que creí no mejorarían y el tiempo me ha hecho ver que todo pasa, que crecen.


En mi contra a veces pienso que mi chico el pequeño me puede, que hace cosas que el mayor no hizo, que protesta más, que "hace menos caso", que me desafía. En mi favor pienso que estoy más cansada, que tengo que repartir mi atención entre los dos niños, que llevo muchas más cosas sobre mi espalda.
No es cuestión de buscar excusas, ni cosas a favor o en contra. No quiero tener que pedirles perdón porque no actúo bien. No quiero que me tengan miedo, que teman mis reacciones porque no puedo controlar la situación. No quiero sentirme así y no quiero que ellos se sientan mal por mi culpa.
Quiero poder pararme a pensar, tomarme el tiempo suficiente, el que ellos necesiten, y que la situación se solucione sin gritos, lloros, nervios, sentimientos de culpabilidad y, como siempre, pidiendo perdón.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Liberación y pena

Mi chico pequeño ya tiene dos años y sigue tomando teta. Por eso desde que nació siempre hemos dormido juntos y hasta hace poquito no nos habíamos separado durante mucho tiempo. De todas formas, hasta ahora, aunque no estuviéramos juntos siempre estábamos cerca, por lo que si me necesitaba no tardaría más de 10 minutos en estar con él.
La situación ahora es esta: si estoy yo, me prefiere a mí y a la teta antes que a todo lo demás. Si no estoy, se  divierte con quién esté, come de lo que le den y no pregunta por mí (ni por la teta). Pero claro, nunca habíamos estado separados todo el día, desde las ocho de la mañana hasta las nueve de la noche, ni tan lejos el uno del otro, ya que estábamos a dos horas de distancia...
Y he de decir que hemos superado la prueba, y he de confesar que he sentido liberación y pena ¿a partes iguales?
Ha sido tranquilizador descubrir que puedo ausentarme durante un tiempo relativamente largo sin sentir el nerviosismo y la preocupación de si llegaré a tiempo para darle el pecho o de si estará bien porque me necesite o no. Seguramente podría haber probado antes a separarnos tanto tiempo, pero ni ha sido necesario ni he querido.
Y siento pena y lástima porque esto es una señal más de que mi chico pequeño está creciendo...
Y como la sensación es agridulce, intentaré disfrutar de las dos cosas: aprovecharé esta libertad con la que me he encontrado, y seguiré disfrutando de nuestros momentos de teta.

lunes, 30 de julio de 2012

Lo que me había perdido

Rodrigo se destetó antes de los ocho meses. Gonzalo a cumplido año y medio y seguimos con la lactancia materna.
Una de las espinas clavadas que me quedaron cuando Rodrigo se destetó era no haber vivido situaciones "de niño grande que toma teta". Situaciones graciosas, simpáticas y llenas de complicidad.
Con Gonzalo estoy disfrutando mucho de la lactancia, y siempre me aparece un puntito de tristeza cuando pienso en lo bonito que hubiera sido llegar hasta aquí con Rodrigo.
Pero bueno, guardo muy buenos recuerdos de esos casi ocho meses con Rodrigo, y valoro mucho cada día que pasa y Gonzalo sigue tomando teta.

Con Gonzalo comparto momentos y me encuentro en situaciones que nunca hubiera pensado relacionadas con la lactancia: a veces me agobio un poco, otras me enfado, pero la mayoría las disfruto y las vivo con alegría y ternura.
A veces me agobio cuando tiene uno de esos días en los que no me deja ni ir al baño y en cuanto me pierde de vista empieza a llorar diciendo "tetaaaaa, mamaaaaa". O tengo las manos ocupadas con el cesto de la ropa y no veo ni dónde piso, y de pronto me hace un placaje agarrándome las dos rodillas y gritanto "teeeetaaaa". Últimamente, como quiere estar en todo, me pide teta, me siento para darle, y cuando me saco la teta se baja para hacer otra cosas. Entonces le dijo si quiere o la guardo, no me contesta, y en cuanto me tapo y me levanto viene a pedirme otra vez.
Otras veces me enfado porque me hace daño. Para según que posturas necesitaría que mis tetas fueran de goma y su cuello girara 360º. Entonces se mueve y se estira tanto que me da más de un tirón.
Pero sobre todo lo disfruto y me encantan los momentos que compartimos y las risas que me echo con él. Ya es él el que decide de qué teta quiere tomar, o cuando cambiar de una a otra. Me dice "ota" para cambiar de teta, pero hasta que no me tapo la primera no toma de la segunda. Y después dice "má", y vuelve a la primera. Todo esto entre risas y aplausos, y levanta los dedos índice para decir que tengo "do" tetas. Conmigo no se duerme sin la teta, pero si yo no estoy no tiene problemas para dormirse.
Algunas noches, cuando se incorpora, le enseño la teta antes de que diga nada, se coge y se vuelve a dormir. Otras, cuando yo no me he dado cuenta de que se ha despertado o está Rodrigo entre él y yo, viene a buscarme mientras dice dormido "teta, teta".
Hay muchos momentos tiernos, en los que está muy tranquilo mientras mama y me acaricia el otro pecho, la cara, el brazo, la barriga... o se duerme apoyado en mi hombro, o totalmente tumbado sobre mí, cuando estamos en la cama.
Además, estar mamando no le impide estar al loro de todo lo que pasa a su alrededor, y mira de reojo cualquier cosa que se mueva.
Y sobre todo, me encanta cuando llego a casa y me recibe con los brazos abiertos, una sonrisa de oreja a oreja y gritando "teeeeeeetaaaaaaaaaa".

Así que estoy encantada, disfrutando de la lactancia, de mi chico pequeño y del grande, que a veces se acurruca como puede en mi regazo mientras su hermano toma teta.

sábado, 28 de julio de 2012

Parece que ya están preparados

Los hijos crecen, poco a poco maduran y están más preparados para separarse de nosotras pero... ¿que pasa con las madres?
Estos días me estoy dando cuenta de que los necesito incluso más de lo que creía. De que estoy tan acostumbrada a ellos, a hacer lo que puedo con el tiempo y el espacio que me dejan, que estas mañanas en las que llego a estar hasta más de cinco horas yo sola, no sé que hacer ni cómo aprovechar el tiempo.
Esta semana en la que ya he perdido la cuenta (y la noción del tiempo) de los días que Rodrigo duerme en casa de los yayos, mi suegra a venido por la mañana  a llevarse también a Gonzalo a la playa. Se lo lleva antes de las doce y no lo veo hasta las cinco o las seis.
Es la primera vez que estamos tanto tiempo separados, que no está conmigo a la hora de comer.
Gonzalo ya tiene año y medio, y aunque sigue tomando mucha teta, come de todo sin problemas, pero hasta ahora nunca habíamos estado separados a la hora de la comida porque no había hecho falta. Y no es que estos días haya hecho falta, pero se ha presentado la ocasión y no ha habido ningún problema.
Ha tomado teta antes de irse, ha estado estupendamente en la playa, al medio día ha comido de lo que le han dado, ha dormido la siesta cómo y cuando ha querido, y no ha preguntado por mamá ni por la teta ni un momento.
Por lo menos, cuando me ve llegar, corre hacia mí y me dice "tetaaaaaa".

jueves, 19 de julio de 2012

Un sueño que se repite

Abandoné los estudios en BUP, después de haber repetido varias veces.
Muchos me dijeron que no lo hiciera, que me arrepentiría. Y aunque en aquellos momentos yo no pensaba que podía estar equivocada en algo de lo que estaba tan segura, me equivoqué, ellos tenían razón.
De vez en cuando tengo sueños relacionados con ese arrepentimiento. Sueño que vuelvo a matricularme, que estoy con gente nueva o de entonces, que hay exámen y no he estudiado, que no entrego un trabajo  a tiempo, que llego tarde...
Y siempre me despierto de esos sueños angustiada. Cierto es que en la misma mañana se me pasa la angustia, pero ya me paso el día pensando en que tendría que haberme esforzado más, haber aguantado unos años más, que tendría que haber terminado los estudios. Pero bueno, eran otros tiempos y yo pensaba en otras cosas y, por supuesto, no sabía todo lo que se ahora.
No es que tener estudios te arregle la vida necesariamente, pero es algo que siempre tendrás ahí, que es tuyo y puede servirte para hacer lo que te gusta.
Esta noche he vuelto a soñar con el tema, aunque esta vez quién llegaba tarde¡era Gonzalo! Tenía que irse de excursión con la clase y a mí no me daba tiempo de prepararle la mochila porque no encontraba nada de lo que necesitaba. Y mientras corría de aquí para allá pensaba en buscar el número de teléfono del colegio para decirles que le esperaran, que llegaría tarde pero llegaría.
¿Tendrá algo que ver que me acosté pensando en que esta mañana tenía que prepararle la mochila porque iba a venir su abuela a llevárselo a la playa? ¿Y por qué lo he mezclado con el sueño de los estudios?

miércoles, 18 de julio de 2012

Lo aprenden todo, hasta lo que no les enseñas

Hace meses que con Gonzalo hemos vuelto a "actividades" que ya teníamos olvidadas porque Rodrigo ya es mayor para según que cosas. Y sino fuera porque tengo la experiencia del mayor, no me creería que sirve de algo repetir las cosas 1000 veces.
Y lo que sirve, además de repetir, es dejar pasar el tiempo, porque poco a poco les van interesando otras cosas, y dejan de subirse a la mesa pequeña cada vez que tienen oportunidad para encender y apagar todas las luces de la casa, y después tocar todo lo que hay en las estanterías a las que antes no llegaban.
Es cierto que no hace falta pegar para que aprendan, que con repetir las cosas (las veces que haga falta) al final aprenden lo que se puede hacer y lo que no.

Queremos enseñar a nuestros hijos muchas cosas, todas buenas y de provecho. Sobre todo cosas que creemos le van a facilitar la vida y la convivencia con los demás. Podemos llegarnos a preocupar porque por más veces que les decimos que se pongan la mano en la boca cuando tosen, no lo hacen. Porque les hemos repetido mil veces que no griten, se metan el dedo en la nariz o porque no están quietos como clavos en la silla mientras comen.
Muchas veces, esas cosas que insistimos tanto en que aprendan, no son tan importantes, y al final acabarán aprendiéndolas igualmente. Y si les dejáramos el tiempo y el espacio que necesitan, nosotras no nos preocuparíamos tanto y ellos no se sentirían tan presionados.

El tener otra vez un bebé en casa me ha servido para ver al mayor desde otro punto de vista. Y el tener la experiencia de un hijo mayor me ha servido para tomarme las cosas con más calma con el pequeño.
Con Gonzalo tengo la seguridad de que todo lo que haga  y diga servirá de algo, porque eso me ha pasado con Rodrigo.
Con Rodrigo quiero disfrutar de lo que le enseño, de lo que aprende, y con lo que me sorprende cada día. Quiero dejar de preocuparme por detalles que con el tiempo se limarán poco a poco, para sorprenderme por esas cosas nuestras que están pasando a ser suyas.
Quiero tenerle en cuenta muchos detalles que son de agradecer, detalles que salen de él, como que hable en voz baja (todo un esfuerzo para él) si su hermano duerme, y no tirar de la cadena cuando hace pis para no despertarlo.
También hay cosillas que copia de nosotros y que nunca le hemos dicho que haga, como recoger el cinturón de seguridad del coche cuando se lo quita o, cuando me ayuda a barrer, quitar las pelusas del cepillo de la escoba con la mano.

Pero no todo lo que aprenden, aunque tú no se lo enseñes, es bueno. Durante esta semana, ante un momento de frustración, la reacción de Rodrigo me ha sorprendido mucho y, sobre todo, no me esperaba las palabras que ha utilizado. En dos ocasiones ha intentado hacer algo que no le ha salido a la primera, y en una de esas ocasiones dijo que era tonto, y en otra que era un inútil.
No es una actitud propia de nuestra casa, aunque sí de algunos adultos de nuestro círculo más cercano; pero   tengo claro que aunque aprenda cosas de ese tipo fuera, lo que cuenta es lo que vive día a día en su casa. Aunque reconozco que me ha sorprendido, y preocupado, que lo haya utilizado para referirse a él mismo.
Es normal que experimente, que utilice palabras y expresiones que aprende, pero claro, cuando es algo que no te gusta o crees que no es bueno para él, te llama más la atención.

De todas formas la sensación que me queda es de tranquilidad, de ánimo y de avance. Y sobre todo de alegría.

viernes, 25 de marzo de 2011

Sin chupete y con un cuento

Anoche fue la cuarta que Rodrigo se durmió sin chupete, y lo hizo mientras le leía un cuento.

No recuerdo en que momento le dimos el chupete, pero creo que el motivo fue que se chupaba el dedo. Entonces empezaron los consejos bienintencionados sobre lo perjudicial de chuparse el dedo, que mejor un chupete que se lo podría quitar cuando quisiera, que les relaja mucho..., y cosas por el estilo. Así que le pusimos chupete.
Y en algún momento que tampoco recuerdo, el niño se encariñó con un conejito de peluche, por lo que hasta ahora ha estado durmiendo con el "chupe y nino".
La semana pasada, no se como, surgió la conversación y quedamos que a partir de este Lunes ya no utilizaría chupete para dormir. Podría dormir con el conejito pero no con el chupete.
Hay que decir que hace bastante tiempo que el chupete lo cogía exclusivamente para dormir, y como ahora madruga y no duerme siesta, no llegaba a cinco minutos el tiempo que lo usaba, porque en cuanto se lo ponía caía rendido. También han sido más las ocasiones en las que a la hora de la siesta (las pocas veces que la ha dormido desde que va al cole) se ha dormido sin él, porque solo se lo dábamos por la noche.
El caso es que llegó el Lunes y volvió a pedir el chupete como todas las noches. Le dijimos que no, que ya habíamos quedado en que no lo volvería a usar, que se había ido pero que el conejito se había quedado con él para hacerle compañía.
LLoros y más lloros, sofoco, yo ofreciéndole el conejito, besos, abrazos, leerle un cuento, pero nada. Poco a poco se fue calmando, aceptó el peluche, que lo abrazara y lo besara, que lo acunara y le acariciara, y al final se durmió.
El Martes lo volvió a pedir, le recordamos lo que habíamos hablado y no insistió, aunque le costó un poco conciliar el sueño. El Miércoles ni lo pidió, y se durmió mientras su padre le leía un cuento en el sofá. Y ayer tampoco lo nombró, me pidió el conejito, nos fuimos a la cama y se durmió durante la segunda lectura del cuento.

Recordando ahora el Lunes veo que no lloró tanto, y que él sabía que se iba a cumplir lo hablado y no había marcha atrás.
Ha sido fácil, mucho más de lo que me esperaba, pero aún así a Gonzalo no quiero darle chupete. ¿Que se chupa el dedo como hizo Rodrigo? Pues ya veré lo que hago entonces.
De momento las abuelas ya me han preguntado unas cuantas veces cuando pienso darle el chupete a Gonzalo, sobre todo estos días que parece que se ha encontrado el puño y se lo chupa como si fuera a sacar de ahí algo.
Y yo recuerdo lo que comentó una vez Merche, la matrona que había en el taller de lactancia cuando empecé a ir con Rodrigo. Que se chupan el dedo porque es lo que "les llega", son tan pequeñitos y están tan acurrucaditos que la mano les pasa por delante de la boca y se encuentran el puño, lleno de dedos. Y la succión les calma.
Con Rodrigo, cuando se chupaba el dedo y yo creía que no podía ser hambre, pues le daba el chupete. Con Gonzalo, si veo que se chupa el dedo, no voy a pararme a pensar si es hambre o no lo que tiene, le ofreceré el pecho y entonces veremos lo que pasa.
O al menos es la intención que tengo, porque nunca se sabe lo que puede pasar, y no soy de las que dice "de este agua no beberé".

Esta semana ha sido importante tanto para Rodrigo como para mí.
Para él por el avance que supone haber dejado el chupete. Y para mí porque, como gran lectora que soy, siempre he querido leerle un libro a mi hijo antes de dormir.
Esto último podéis pensar que es fácil, o común entre los niños, pero a Rodrigo los libros le interesan los justo, a no ser que traten sobre coches, maquinaria o medios de transporte. Y no hace tanto y tanto que aguanta el tiempo suficiente como para que le leamos un cuento y aún encima se duerma durante la lectura.

viernes, 18 de febrero de 2011

Y llegó Gonzalo

El Jueves 27 de Enero, dos días antes de la fecha prevista, nació Gonzalo.
Fui a monitores, y cuando vieron que tenía las aguas sucias, me dijeron que me quedaba: me provocaban el parto. Todo fue bien, rápido, y en dos días estábamos en casa.
Ahora somos cuatro. Y aunque ya hace unas semanas que estamos en casa, todavía es el descontrol el rey de algunas situaciones.
Y he comprobado que cuantas más cosas tienes que hacer, más fácil es que el mundo se ponga de acuerdo en llamarte al móvil, al fijo, que llegue el cartero con un paquete, que la vecina suba a conocer al bebé.... Pero bueno, yo estoy contenta y feliz con mis dos chicos, con Rodrigo, con Gonzalo.

domingo, 23 de enero de 2011

Esperando a Gonzalo. Pensando en Rodrigo.

Tengo muchas ganas de ver a Gonzalo, tenerlo entre mis brazos, darle el pecho y repetir todo lo que añoro de cuando Rodrigo nació.
Cuando intento imaginar cómo será todo en este segundo parto, segundo puerperio, segunda maternidad, no puedo evitar pensar en Rodrigo, en cómo ha sido todo con él.
Y casi cada pensamiento que empiezo con Gonzalo, lo termino con Rodrigo.
Cuando pienso en qué momento me pondré de parto, pienso en si sería mejor en fin de semana, para que Rodrigo pueda venir al hospital en cualquier momento, o entre semana, para que él vaya al colegio y note lo menos posible mi ausencia.
Cuando me imagino a Gonzalo dentro del cuco, moviéndolo de aquí para allá en casa, pienso en si Rodrigo no lo utilizará de coche y nos lo encontraremos haciendo carreras.
Cuando pienso en las veces que tendré que levantarme por la noche para darle el pecho, me preocupa que Rodrigo se pueda despertar y pase sueño.
Y así en casi cualquier cosa; pero supongo que es normal. Porque aunque por una parte estoy más tranquila porque cuento con la experiencia de un primer hijo, y dudas que tenía antes ya no las tengo, ahora me enfrento a la inexperiencia de ocuparme de dos niños, de no dejar de atender al mayor mientras me ocupo del pequeño.
Una amiga que tiene tres hijos (de 7, 4 y casi 3 años) me dijo que se arrepentía de “haber hecho mayor” al primero cuando llegó el segundo. Y esa debe de ser una de las cosas que se hacen sin darse cuenta, a las que te ayuda la gente con los comentarios típicos (¿todavía llevas chupete? Pues si tú eres el mayor; no llores, sólo lloran los bebés, tú ya eres grande; ¿aún no te vistes solo? Con lo grande que eres..., y como estos muchos mas) y que tú misma refuerzas cuando el mayor vuelve a reclamarte como cuando era bebé y tienes miedo de satisfacerlo por si haces mal, por si lo estás consintiendo.
Que lo hayamos convertido en el hermano mayor no quiere decir que como persona esté preparado para serlo. Que ahora tengamos en casa un bebé que necesite de cuidados y atenciones constantes no quiere decir que él deje de necesitarnos, o que tenga que aprender a lavarse los dientes y a vestirse solo de golpe, simplemente porque haya llegado el otro, por ejemplo.
Para mí Rodrigo todavía es pequeño, sólo tiene 3 años, hasta hace bien poco era un bebé. No me imagino privándole de atenciones y cariños por su edad, por su tamaño. Y ni me lo imagino, ni quiero hacerlo, así seguiré achuchándolo, besándolo y abrazándolo como he hecho desde que nació hasta ahora.

lunes, 17 de enero de 2011

Gonzalo

Nos ha costado pero ya nos hemos decidido; el hermanito de Rodrigo se llamará Gonzalo.
Me gusta, me encanta el nombre, y me pasa como con Rodrigo, que cuanto más lo pronuncio mejor me suena.
Y como Rodrigo no sabe decir Gonzalo le llama "Lalo", así que tendremos en casa un "Yiyo" y un "Lalo".