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domingo, 10 de agosto de 2014

Si sirviera de algo

Si pudiera huir, huiría.
Si supiera que sirve de algo, lo haría.
Si tuviera la certeza de que cuando volviera todo se hubiera arreglado, lo haría. Porque volvería, eso lo tengo claro.
¿Por qué quiero huir y no tomarme un descanso? Porque huir es no hacer nada, correr sin mirar atrás y dejarlo todo como está, no hacerse responsable de nada y dejar que los demás lo arreglen. Tomarse un descanso es coger fuerzas para seguir adelante, no olvidar nada y volver dispuesto a enfrentarse a los problemas.
Necesito tiempo, soledad, alejarme, pero con la seguridad de que me esperarán. No me planteo la posibilidad de que mi petición sea egoísta, me ha costado demasiado reconocer que lo necesito y que no puedo con todo. Aún así, prefiero no pedir ayuda, porque si lo hago tengo que dar explicaciones.
Quiero dejar constancia de algo, y es que no quiero huir de mis problemas, sino de los de los demás.
Entiendo que todos tenemos problemas, y me hago responsable de mis acciones, e intento ser consecuente con mis actos, pero creo, estoy segura, de que no tengo la obligación de cargar con el peso de los demás.

jueves, 13 de marzo de 2014

Mi cuerpo no es mío

Hoy, ahora mismo, tengo uno de esos momentos en los que siento que mi cuerpo no es mío.
Hoy no estoy bien. He dormido mal y aunque no recuerdo lo que he soñado, sé que han sido malos sueños. Hace días que ando inquieta, que siento que me falta o he perdido algo. Siento que tengo un asunto pendiente, aunque no se cual. Y hoy, hoy es uno de esos días en los que no puedo con todo lo que me piden.
No me gusta sentirme así, no poder con todo, no me gusta tener que pedirle a los niños una tregua porque no lo entienden, y me eso me hace sentir peor todavía. 
Todo a la vez no se puede hacer, lo se, pero hoy da igual. Me llama uno, estoy con el otro, ninguno sabe esperar, los dos lo quieren todo al instante y yo... yo hoy no puedo.

No me acuerdo de mí, de lo mío, de mi cuerpo, de mis cosas, de mis ratos, de mis momentos; es lo habitual. Normalmente no recuerdo esto, pero hoy sí. Hoy vuelvo a tener presente que me falta mi espacio, mi tiempo, mis cosas, mi silencio, que  me falto yo...
Siempre no es así, pero hoy no tengo un buen día.

miércoles, 3 de julio de 2013

Muchas cosas... demasiadas quizás

Son muchas cosas, todas pequeñas quiero pensar, pero no por su tamaño insignificantes, al contrario... Porque quizás si fueran más grandes intentaría solucionarlas antes, no dejaría que se acumularan hasta este punto.  
Estoy en un punto en el que no puedo hablar las cosas, solo echarlas en cara, no puedo pedir ayuda, sólo enfadarme porque no saben interpretar mis señales de socorro.
¿De quién es la culpa? ¿Alguien la tiene?
Nadie me ha dicho que no tenga que pedir ayuda, pero nadie me ha enseñado a pedirla...
Estos días estoy aprendiendo de mi hijo mayor mucho más de lo que yo le he enseñado.
Estos días mi hijo pequeño está llevando mi paciencia hasta límites insospechados, de hecho, creo que ya no me queda ni una pizca, y que todo lo que creí haber aprendido con el primero no me está sirviendo de nada con el segundo.
Todo lo que me pasa por la cabeza son incoherencias y contradicciones.
La razón más poderosa por la que no quiero hablar: se que todo pasará, que esto es un momento puntual en el que han coincidido muchas cosas, y que no me ha cogido en mi mejor momento.
¿Y cómo en momentos como este de agobio, agotamiento y fastidio sigo con la estúpida esperanza de tener alguna vez otro hijo...? 

jueves, 6 de septiembre de 2012

Cuatro años después del destete

Anoche Rodrigo me pidió teta.

Como todas las noches, nos fuimos a la cama su hermano, él y yo, los tres juntos.
Unas noches leemos un cuento, otras apagamos la luz y contamos una historia y otras noches es demasiado tarde para el cuento y la historia, pero aún así, tardamos bastante en dormirnos porque jugamos, nos abrazamos, intentamos que el pequeño no nos pise mientras baja de la cama y vuelve a subir...

Cuando Rodrigo se destetó, estuve tanto tiempo intentando que volviera a cogerse al pecho, que creo que lo único que conseguí fue agobiarle, ya que cada vez que lo cogía para intentar darle teta me apartaba con los brazos estirados. Ha sido después de mucho tiempo, y muy poco a poco, que ha vuelto a sentir interés por mis pechos, a tocármelos o jugar con ellos. Y también ha sido a raíz de nacer Gonzalo, de verme darle pecho y verme las tetas todo el día a todas horas, que ha vuelto a tener "una relación normal" con esa parte de mi cuerpo.

Muchas veces, mientras Gonzalo mama, se acerca a nosotros y se acurruca sobre mí apoyando su cara en el pecho que está libre, mientras acaricia la cara de su hermano y me dice que le gusta estar conmigo. Algunas veces le digo si quiere teta y me dice que no, que ya es grande y que sólo toman teta los bebés.
Pero anoche no tuve que ofrecérsela, fue él quién me dijo que quería teta. Se metió el pezón en la boca, intentó succionar y se enfadó porque dijo que no salía nada. Intenté explicarle cómo hacer para sacar la leche y dijo que no, que lo hacía como yo decía pero que no salía nada. Decir que el enfado le duró muy poquito. Pronto volvió a abrazarse a mí.
Fue un momento muy tierno, mágico y a la vez curioso. Tenía casi ocho meses cuando se destetó y en diciembre ya cumple los cinco años.
Lo que busca en mí no es leche, lo tengo claro. Quiere calor, cariño, mimos, mamá... y eso lo ha tenido, lo tiene y lo tendrá siempre.

martes, 7 de agosto de 2012

Calor

Lo que menos me gusta del verano es el calor: prefiero el invierno, el frío. Llevo mejor lo de ponerme cuatro mangas para abrigarme, que estar sudando todo el día, lleve la poca ropa que lleve. También hay que decir que en la zona en la que vivo los inviernos no son nada duros, ni demasiado fríos, así que quién sabe cómo llevaría lo de vivir en un lugar en el que se pasan el invierno bajo cero y no pueden salir de casa.

Todo en la vida tiene sus pros y sus contras, y el verano no es diferente. Lo que pasa es que algunos de esos pros y contras han cambiado desde que tengo hijos.
Los contras (para mí) que no han cambiado son que como tienes las ventanas abiertas, se escucha todo lo de la calle como si lo tuvieras metido en casa, incluida esa moto que lleva el motor de un reactor en el momento más interesante de la película. O ir a comprar al supermercado de siempre y encontrártelo lleno de gente que está de vacaciones, que compran en grupo de no menos de cuatro, sin prisa, parándose en medio de los pasillos, y tomándose media hora para decidir si compran peras o manzanas...
Y algo que no me molestaba y que ahora puede ponerme muy nerviosa, son los niños que vienen a jugar al balón en mi calle, que es peatonal, a la hora que el pequeño duerme la siesta. Y ya se que el verano es para jugar en la calle, y que los niños son niños, pero no puedo evitar acordarme de sus padres cuando me despiertan al niño. ¡Y pensar que quizás el día de mañana será otra la que se acuerde de mí cuando sean los míos los que jueguen al balón!

Pero bueno, el verano también tiene muchos pros, muchos alicientes que hacen que sea la mejor época para otras muchas cosas, y de estas las que más me gustan son las que he descubierto, o las que me gustan, desde que tengo hijos.
Este es el segundo verano desde que Rodrigo empezó el colegio y disfruto mucho de tenerlo en casa y estar todo el día con él.
Esto me recuerda que el año anterior hubo mucha gente que me recomendó, incluso advirtió, de que como no apuntara a Rodrigo a alguna escuela de verano me volvería loca con los dos, que las vacaciones se me harían eternas. También me dijeron que al niño le hacía falta, que necesitaba seguir con la rutina de madrugar y de estar con más niños. Y no fue así. De hecho este verano se me está pasando rapidísimo, y valoro estos meses mucho más desde que Rodrigo va al colegio, porque está conmigo en casa. Y no, ni le hace falta madrugar ni estar con un montón de niños más que no conoce, ya tiene bastante con sus compañeros de clase durante el curso (dicho por él mismo).
Durante el día duerme la siesta si quiere, y por la noche nos vamos a la cama cuando tenemos sueño. Por la mañana, a no ser que tengamos que ir a algún sitio, se levanta cuando se despierta, y siempre de buen humor, ya que ha dormido lo que le hace falta.
Soy consciente de que podemos permitirnos estos horarios porque yo no trabajo, por eso lo disfruto mucho más. La única rutina es la que nosotros nos marcamos, e intentamos no tener muchos compromisos ni obligaciones, para poder hacer en cada momento lo que nos apetece. Además, siempre he pensado que el verano es para no madrugar, para ver dibujos, para jugar, divertirse, para descansar de todo lo que tenemos que hacer el resto del año, para estar de vacaciones...

jueves, 7 de junio de 2012

¡Me lo pasaré bien!

Hoy Rodrigo iba muy contento al cole.
Es jueves, tiene gimnasia (asignatura que al final de mi vida escolar pasó a ser educación física y a la que ahora la llaman psicomotricidad) y ese es un aliciente importante para él. Le encanta el ejercicio físico, moverse y todo lo que tenga que ver con utilizar el cuerpo de manera activa, muy activa.
Todas las mañanas, cuando me despido de él en la puerta del colegio, le digo que se divierta o que se lo pase bien. Hoy le he dicho "¡Hasta luego!" y antes de completar la frase me ha respondido con un "¡Me lo pasaré bien!"
Pues eso espero, que entre normas, fichas, hora del patio, almuerzo, hacer fila para entrar a clase y demás, también se lo pase bien.
Bueno, y también espero que aprenda, no vayáis a pensar. Pero lo primero es lo primero, que niño sólo se es una vez y se recuerda toda la vida.

domingo, 6 de mayo de 2012

Diez minutos más

Nunca me ha costado levantarme de la cama cuando suena el despertador. A mí eso de ponerlo para que vuelva a sonar más tarde y dormir unos minutillos más no me aprovecha nada; empiezo a dar vueltas en la cama y lo único que consigo es ponerme nerviosa.
Pero desde que tengo hijos, desde que duermo con ellos, todo es diferente. Ahora si que me aprovechan esos diez minutos más, pero no durmiendo.
Todas las mañanas, antes de levantarme, dedico unos instantes a mirarlos, a contemplarlos. Les tapo si están destapados, les beso la carita y acaricio sus manos. Me gusta ser consciente del gran regalo que tengo a mi lado mientras escucho sus respiraciones acompasadas. Meto mi nariz en su cuello para sentir ese olor a carne tierna tan característico de los niños pequeños.
Y me levanto contenta y feliz porque sé que esa misma noche volveré a dormir con ellos, y que a la mañana siguiente disfrutaré otra vez de esos diez minutos más.

jueves, 12 de abril de 2012

Un millón de primeras veces





Este fin de semana pasado, gracias a tres entradas que nos regalaron para la película "El Lorax. En busca de la trúfula perdida", llevamos a Rodrigo al cine por primera vez.
Era algo que teníamos pendiente y que no nos decidíamos a hacer porque, aunque estábamos dispuestos a no terminar de ver la película, no nos decidíamos por ninguna. Ninguna nos parecía que pudiera interesar lo suficiente al niño.
En esta ocasión no teníamos nada que perder, ni siquiera que elegir, ya estaba todo hecho. Así que el domingo por la tarde fuimos al cine sin saber cómo iba a resultar la experiencia. ¡Y fue estupenda! El niño estaba impresionado por el tamaño de la pantalla, y nosotros emocionados porque era la primera vez que íbamos al cine con él.
Además, la película y el "cacahuete peludo" (como llama él al Lorax) captaron su atención desde la primera escena. No paró de reír y de dar botes en el asiento, y bailó y cantó todas las escenas con música.
¡Así que repetiremos la experiencia!


Cuando tienes hijos todo se convierte en sus primeras veces: la primera vez que te mira, que sonríe, que le sale un diente, que gatea, que anda, que te llama mamá...
Y las primeras veces con ellos: la primera vez que vais con ellos de vacaciones, que vais al cine, al parque de atracciones...
Y así nos queda por delante una vida llena de primeras veces.

domingo, 8 de mayo de 2011

Amor das, amor recibes

Me encanta besar y abrazar a mis hijos. No necesito ningún motivo para hacerlo y cualquier excusa es buena para achucharlos y hacerles mimos.
Rodrigo está acostumbrado desde siempre, y Gonzalo responde con sonrisas y gorjeos a las fiestas y cariños que le hacemos.
Yo soy de la opinión que si un niño recibe cariño, es eso lo que da. Si para él es habitual recibir besos, abrazos y caricias en su casa y su entorno, eso será lo que él ofrezca a los demás también.
¿Hay niños que aunque reciban todo eso no son cariñosos? ¿Se nace cariñoso o te hacen cariñoso? Pues no lo se.

Cuando Rodrigo se despierta y lo saco de la habitación, lo cojo en brazos y él me rodea el cuerpo con sus piernas y el cuello con sus brazos. Mientras, yo le acaricio la espalda y le doy besos en el cuello y en la cara. Y desde hace tiempo él me responde con lo mismo: me acaricia la espalda con sus manitas y me llena la cara y el cuello de besos cuando lo saco de la habitación.

Una noche en la que él había cenado primero se tumbó en el sofá a ver la película de dibujos de los payasos de la tele, que cantan la canción de "Susanita" o "Don Pepito y Don José". Yo intentaba terminar de cenar en la cocina mientras él insistía en que me tumbara con él a verla, y como yo le decía que quería cenar va y me dice: "Yo eque ve pipa ico bazaooooo, mama" (Yo quiero ver la película del circo abrazado, mamá)
Ahhhhhh... pues mis quilos de baba y yo, madre enamorada, vamos al sofá a abrazarnos y acurrucarnos con mi chico. Y mientras le tengo abrazado se gira para mirarme y decirme: "A mi si guta mama chucha mi" (A mí si me gusta que mamá me achuche).
Y bueno..., creo que las palabras sobran, que cualquier madre se puede imaginar lo que sentí.
Momentos como ese te dan la razón, te demuestran que el amor y el cariño, las caricias y las palabras dulces son una semilla que da sus frutos. Unos frutos tiernos, cálidos y dulces que nos alegran el día más negro y nos curan todas las penas.
Por momentos como ese en concreto, y por muchos más, merecen la pena las horas de sueño, las rabietas, los enfados, las prisas y el desorden, esquivar jueguetes tirados por el suelo, la falta de tiempo para una misma y todo eso y más que es la vida de cualquier mujer que sea madre.

viernes, 25 de marzo de 2011

Sin chupete y con un cuento

Anoche fue la cuarta que Rodrigo se durmió sin chupete, y lo hizo mientras le leía un cuento.

No recuerdo en que momento le dimos el chupete, pero creo que el motivo fue que se chupaba el dedo. Entonces empezaron los consejos bienintencionados sobre lo perjudicial de chuparse el dedo, que mejor un chupete que se lo podría quitar cuando quisiera, que les relaja mucho..., y cosas por el estilo. Así que le pusimos chupete.
Y en algún momento que tampoco recuerdo, el niño se encariñó con un conejito de peluche, por lo que hasta ahora ha estado durmiendo con el "chupe y nino".
La semana pasada, no se como, surgió la conversación y quedamos que a partir de este Lunes ya no utilizaría chupete para dormir. Podría dormir con el conejito pero no con el chupete.
Hay que decir que hace bastante tiempo que el chupete lo cogía exclusivamente para dormir, y como ahora madruga y no duerme siesta, no llegaba a cinco minutos el tiempo que lo usaba, porque en cuanto se lo ponía caía rendido. También han sido más las ocasiones en las que a la hora de la siesta (las pocas veces que la ha dormido desde que va al cole) se ha dormido sin él, porque solo se lo dábamos por la noche.
El caso es que llegó el Lunes y volvió a pedir el chupete como todas las noches. Le dijimos que no, que ya habíamos quedado en que no lo volvería a usar, que se había ido pero que el conejito se había quedado con él para hacerle compañía.
LLoros y más lloros, sofoco, yo ofreciéndole el conejito, besos, abrazos, leerle un cuento, pero nada. Poco a poco se fue calmando, aceptó el peluche, que lo abrazara y lo besara, que lo acunara y le acariciara, y al final se durmió.
El Martes lo volvió a pedir, le recordamos lo que habíamos hablado y no insistió, aunque le costó un poco conciliar el sueño. El Miércoles ni lo pidió, y se durmió mientras su padre le leía un cuento en el sofá. Y ayer tampoco lo nombró, me pidió el conejito, nos fuimos a la cama y se durmió durante la segunda lectura del cuento.

Recordando ahora el Lunes veo que no lloró tanto, y que él sabía que se iba a cumplir lo hablado y no había marcha atrás.
Ha sido fácil, mucho más de lo que me esperaba, pero aún así a Gonzalo no quiero darle chupete. ¿Que se chupa el dedo como hizo Rodrigo? Pues ya veré lo que hago entonces.
De momento las abuelas ya me han preguntado unas cuantas veces cuando pienso darle el chupete a Gonzalo, sobre todo estos días que parece que se ha encontrado el puño y se lo chupa como si fuera a sacar de ahí algo.
Y yo recuerdo lo que comentó una vez Merche, la matrona que había en el taller de lactancia cuando empecé a ir con Rodrigo. Que se chupan el dedo porque es lo que "les llega", son tan pequeñitos y están tan acurrucaditos que la mano les pasa por delante de la boca y se encuentran el puño, lleno de dedos. Y la succión les calma.
Con Rodrigo, cuando se chupaba el dedo y yo creía que no podía ser hambre, pues le daba el chupete. Con Gonzalo, si veo que se chupa el dedo, no voy a pararme a pensar si es hambre o no lo que tiene, le ofreceré el pecho y entonces veremos lo que pasa.
O al menos es la intención que tengo, porque nunca se sabe lo que puede pasar, y no soy de las que dice "de este agua no beberé".

Esta semana ha sido importante tanto para Rodrigo como para mí.
Para él por el avance que supone haber dejado el chupete. Y para mí porque, como gran lectora que soy, siempre he querido leerle un libro a mi hijo antes de dormir.
Esto último podéis pensar que es fácil, o común entre los niños, pero a Rodrigo los libros le interesan los justo, a no ser que traten sobre coches, maquinaria o medios de transporte. Y no hace tanto y tanto que aguanta el tiempo suficiente como para que le leamos un cuento y aún encima se duerma durante la lectura.

domingo, 20 de febrero de 2011

Culpable

Así es como me siento por no poder dedicarle más tiempo a Rodrigo.
No es que me demande mucho más que antes, ni que pida hacer conmigo cosas que antes no pedía. Pero claro, un recién nacido alimentado con lactancia materna necesita tiempo, un tiempo que antes era todo para Rodrigo.
Por las mañanas me prefiere a mí en vez de a su padre, así que hasta ahora he conseguido organizarme para llevarlo yo al colegio.

Cuando no he podido atenderle como él quería porque le estaba dando el pecho a Gonzalo; cuando ha accedido (unas veces de mejor y otras de peor manera) a esperar o a que le atienda su padre; cuando no ha entendido que si el bebé llora hay que darle de comer, que no se puede esperar.
Todas esas veces yo intento hacerle comprender de la mejor forma posible la situación, pero hay momentos en los que me puede el sueño, el cansancio y el dolor y mi reacción no es la que yo quiero, no es la que él se merece. Entonces él termina enfadado o llorando, y yo enfadada conmigo misma y sintiéndome culpable por haberlo tratado así.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

¿Sabemos lo que queremos?

A veces estoy convencida de que no. Si pasa esto quisiéramos lo otro, y cuando pasa nos gustaría que fuera en otro momento; la cuestión es quejarse.
Afortunadamente no pienso siempre así, pero hay momentos en los que no puedo evitar ser una quejica descontenta, aunque se me pase pronto.

Hasta hace bien poquito Rodrigo ha sido bastante despegado. Tanto que nunca ha tenido problemas en quedarse con mis padres o mis suegros, a veces incluso era él quien pedía quedarse; así yo podía ir a la peluquería, hacer recados, o incluso salir alguna noche a cenar con mi marido. Porque esa era otra, si íbamos a cenar a casa de los abuelos muchas veces quería quedarse a dormir con ellos.
Yo me preocupaba y pensaba "¿será que mi hijo no me quiere?". Pero bueno, si estaba conmigo estaba bien, y si estaba con los abuelos también, así que desde bien pequeño tuve que asumir que mi hijo era "independiente y despegado", tanto que incluso se destetó el sólo a los ocho meses.

Todo esto ha cambiado desde que estoy embarazada, y es que su apego hacia mí crece a la vez que mi tripa. Ahora se ha vuelto a despegar un poquito, pero desde este verano más o menos que no quiere quedarse a dormir con los abuelos, ni durante el día tampoco. Si alguna vez lo he tenido que dejar con ellos porque tenía algo que hacer a lo que no me lo podía llevar había que explicarle porqué se quedaba con ellos y que ha dormir estaría conmigo. Y aunque hace poco se quedó otra vez a dormir en casa de mis padres porque él quiso, ya no es lo mismo que antes.
En casa hay días que puede resultar agotador (sobre todo cuando está cansado o tiene sueño), porque puede pasarse un buen rato diciendo "mama, mama, mama, mama, maaaamaaaa,...) y así sin parar, y da igual que yo le responda, le pregunte que quiere, que le pasa o lo coja en brazos, no sale de ahí.
Y claro, acostumbrada al Rodrigo de antes ahora hay ocasiones en las que me siento un poco agobiada, pero en el fondo me gusta que me prefiera a mí.
Así que ya ves, primero me preocupa que se quede bien con los demás, y ahora me agobia que no me quiera perder de vista.

Estos últimos días está volviendo a cambiar su comportamiento, no sé si por cansancio, porque se está poniendo enfermo o porque por mi tripa ya no puedo hacer todo lo que hacía antes de igual manera. El caso es que cuando está conmigo está muy pegado y mimoso, pero cuando está mi madre siempre quiere irse a casa de la yaya, y después del cole me dice que no quiere venir a casa con la mama.
Supongo que será otra etapa, y estoy segura de que hay un motivo, sino varios, para su comportamiento.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Compartir

Desde hace unos días que Rodrigo no comparte. Supongo que es una etapa, que todavía tiene que aprender, pero el caso es que últimamente comparte sus cosas menos que nunca.
Lo llevo y lo recojo del colegio con su triciclo, y cuando salimos a las cinco, una amiga con su hijo, Rodrigo y yo, llevamos a otra niña con su madre.
Cuando Rodrigo se baja del triciclo y alguno de los otros dos aprovecha para subirse se enfada y se pone a llorar, y a veces intenta bajar al otro niño a la fuerza. Antes me ponía más de la parte del otro que de la de mi hijo, y le decía a Rodrigo que tiene que compartir, que un ratito él, un ratito el otro... y así.
Ahora pienso que lo que estaba haciendo no era enseñarle a compartir, sino obligarle, porque en cuanto se bajaba y se subía otro yo le decía que sino quería que se lo quitaran que no se bajara.
Conforme pasan los días he ido viendo la situación de otra manera, y poniéndome más en el lugar de Rodrigo.
El triciclo es de él, con lo que lo llevo y lo traigo del colegio. Si me pongo en su lugar, quizás a mí tampoco me apeteciera dejarlo porque vengan otros niños conmigo, "que se traigan el suyo" podría llegar a pensar. Y ¿por qué no puedo bajarme y subirme cuando quiera si es mío? ¿Acaso yo dejo mi coche a todo el mundo o me bajo con miedo por si alguna de mis amigas se sube a él y se lo lleva?
Sigo afinando mi opinión respecto al tema de compartir. Por que si lo que quiero es que aprenda, creo que no está mal que no se suban al triciclo si él no quiere, aunque no lo utilice en ese momento, es suyo y tienen que respetar su decisión. Como él tendrá que respetar a los demás cuando traigan algo y no se lo quieran dejar. Le costará una rabieta y unos lloros, seguro, pero aprenderá a base de experimentar cómo te sientes cuando no te dejan algo, y no porque yo le diga que si él no deja nada, tampoco le dejarán a él.
Porque, claro, ¿qué piensa el niño que se sube al triciclo en cuanto Rodrigo se baja aún sabiendo que no quiere dejarlo, y después todavía se molesta cuando le hacen bajar?
Sólo ellos saben lo que sienten cuando les quitan algo que es suyo, o cuando no pueden conseguir algo que desean. Aunque quizás no es tan diferente de lo que sentiríamos nosotros en su misma situación.
Hay otras maneras de enseñar a compartir, pero esta es la que he elegido yo en esta situación, ¿me estaré equivocando?

Más momentos

Esta madrugada Rodrigo se ha dado la vuelta dormido, se ha puesta cara a mí, y a la vez que ponía su mano sobre mi cara me ha dado un beso; todo esto dormido.
Estos momentos, estas muestras de cariño, no tienen precio. Son la recompensa a todos los esfuerzos, la cura de todos los males, el agradecimiento a mi dedicación, una declaración de amor...

martes, 16 de noviembre de 2010

Hoy

Hoy quisiera ser depredadora, fiera hambrienta, cruel y sin entrañas que se alimenta de sus iguales y de las crias de éstas.
Hoy quisiera ser salvaje, mamímero sin civilizar al que tienen miedo por sus reacciones desproporcionadas.
Hoy quisiera ser mal educada, persona vulgar con la que no se puede mantener una conversación porque no entra en razones y solo utiliza gritos y palabrotas para expresarse.

No quiero ser otra persona, pero hoy quisiera ser diferente a como soy.

Hoy soy una madre herida y dolida porque no la han atacado a ella directamente, y sin embargo han despreciado lo que más valor tiene para ella.
Hoy soy una madre arrepentida de no tener mal genio, por no perder los nervios delante de mi hijo agrediendo a otro adulto.
Hoy he llorado porque he hecho llorar a mi hijo intentando hacerle entender que los adultos a veces somos crueles con seres indefensos, pensando que lo que hacemos es defender a los nuestros.
Hoy me decepciona ver como los adultos condenamos a los niños con nuestras acciones, cómo les ofrecemos errores y malos comportamientos de los que aprender y ningún dialogo o razón para pensar. Como nos defendemos mordiendo sin pararnos a pensar si hemos pisado nosotros primero.
Hoy estoy enfadada conmigo misma por no saber sacar fuerzas de flaqueza para rugir y sin embargo me debilito ante la maldad humana.
Hoy cambiaría lágrimas por gritos, nervios por rabia, angustia por ceguera.
Hoy vuelvo a desconfiar de la gente, a mirar de reojo a mi alrededor, a sentir que me observan y me juzgan.
Hoy, y siempre, prefiero sufrir yo a que sufra él.

sábado, 13 de noviembre de 2010

El llanto de un bebé

Esta semana una de mis vecinas a dado a luz una niña, y aunque todavía no la he oído llorar, reconozco que tengo ganas. Y no por el placer de oírla llorar y punto, sino porque me recuerda a cuando Rodrigo era bebé.
Recuerdo hace año y medio, cuando la vecina de abajo tuvo un niño, que me dormía oyéndolo llorar y se me dibujaba una sonrisa en los labios.
Me venían a la memoria esas días en los que llegamos a casa del hospital, siendo padres recientes, y nos daba miedo que el bebé llorara. Miedo por no saber lo que le pasaba, por no saber consolarle, por si molestaba a los vecinos, jajaja. Ahora me río.
Casi tres años después lo veo todo diferente, tengo ganas de volver a encontrame en esa situación, creo que la disfrutaré más, seré más consciente.
Y soy consciente de que eso lo digo ahora que no estoy recién parida, que no tengo sueño acumulado, y que sólo tengo que ocuparme de un niño de casi tres años. Pero bueno, ahora se lo que me espera, aunque después sea diferente a como fué con Rodrigo.
No recuerdo durante cuanto tiempo tuvo Rodigo ese llanto de bebé, porque además no ha sido demasiado llorón, pero no puedo evitar recordar esos primeros meses cada vez que oigo ese llanto pontente y a la vez indefenso, intenso y angustioso en ocasiones.
El llanto de un bebé consigue que mi instinto maternal tiemble, que mis brazos añoren mecer a esas criaturas pequeñas e indefensas que poco piden pero todo necesitan.

viernes, 12 de noviembre de 2010

¿Cómo son?

Pues no sé como enfocarlo, ni siquiera como titularlo.
No es que esperara que Rodrigo fuera igual que yo, de hecho, hay cosas que no me gustan de mí que preferiría que él no heredara. Y tiene otras que yo no tengo y que estoy encantada de verlas en él: es sociable y cariñoso como yo no soy.
Pero ¿puedo yo ser objetiva con mi hijo?
Observo a otras madres, a sus hijos, y me gusta pensar que los quieren tanto como yo al mío. Pero no basta con querer a tu hijo, también hay que respetar cómo es y cómo no es. Y supongo que todas sabemos como son nuestros hijos, algunas no lo respetan del todo, y muchas no reconocen lo que no les gusta.
¿Y acaso nos gusta como somos nosotras mismas? ¿O queremos que ellos sean lo que nosotras no somos, lo que quisiéramos ser?
Yo misma me sorprendo cuando Rodrigo hace algo que yo no haría. Y me cuesta pararme a pensar que él todavía no sabe, que tiene que tropezar, caer y levantarse. Que seguramente su forma de afrontar las cosas sea diferente a la mía. Que aunque yo huya de las multitudes, los problemas y los enfrentamientos, a él le puede gustar tener gente alrededor, no importarle meterse en líos y ser valiente y enfrentarse a lo que no le gusta.
Que si yo sufro cuando un niño le rechaza o le pega puede que lo que el siente en esa situación no sea lo mismo, o que no le afecte tanto como a mí, o quizás lo pase incluso peor que yo, que para eso es el que lo sufre. Pero la vida es larga, y va a tener que sufrir y sentir muchas cosas, tanto malas como buenas.

Ahora que los niños entran sin llorar a clase las madres (también hay padres, claro) estamos más tranquilas, más simpáticas diría yo, y hablamos más entre nosotras.
En los dos meses escasos que llevamos de colegio se van formando grupos entre los niños, y creo que su equivalente entre las madres; no sé si me explico.
Pero claro, las razones por las que un niño se hace amigo de otro pueden ser bastante diferentes a las de los adultos, o quizás no tanto. El caso es que sino pasa nada grave, yo creo que no habría que intervenir demasiado en los asuntos de los niños. Y mucho menos ser las madres las que juzgan a otro niño que no es "tan amigo de su hijo".
Yo sé como es Rodrigo, y sé como actúa en su casa, con su familia y su entorno más cercano, pero también veo que crece, aprende y cambia.
Desde que va al colegio ha aprendido a decir malo, tonto, pegar, escupir y dar alguna que otra patada, entre otras cosas buenas y útiles, por supuesto. Y no es que antes fuera un santo, pero estas son algunas de las cosas que sólo hace desde que va al colegio. Mi hijo es fuerte, muy fuerte y grande para su edad; y a veces eso es una desventaja, si puede llamarse así.
Supongo que para las madres de algunos compañeros de Rodrigo lo que mi hijo será es bruto, pero bueno, yo me guardo mi opinión sobre sus hijos.
Y me pregunto, ¿puede afectarles a los niños, puede afectar a la relación entre ellos lo que cada madre piense de cada compañero de su hijo? Está claro que si la madre le va diciendo al hijo que Fulanito es malo, Menganito un pegón, Perico tonto y Antón un llorón, es lo que ellos van a pensar de los compañeros. Pero si no dicen/hacen nada explícito, ¿son los niños capaces de ver las miradas de sus madres hacia sus compañeros, hacia las madres de esos compañeros?
Seguramente me estoy liando, pero necesitaba decirlo, escribirlo. Supongo que cuando ordene lo que pienso y analice lo que veo podré explicarme mejor.

Me gustaría, pero no lo cambio.

Hay cosas que no puedo hacer con Rodrigo, o mejor dicho, que no puedo hacer como yo quisiera, o como estaba acostumbrada a hacerlo.
Ahora ya no voy a un restaurante y disfruto tranquilamente y sin levantarme de la mesa más que para ir al baño; ahora me como el plato frío o se lo come él si hace falta.
Cuando voy a comprar con él tengo presente la posibilidad de hacerlo entre carreras por los pasillos del supermercado, dejándome lo menos importante o llevándome algo que no está en la lista de la compra.
Si vamos al parque lo hago mentalizada de que cuando yo diga "nos vamos" hay un 99% de posibilidades de que no lo hagamos a la primera, ni a la segunda,...
Ahora los paseos, los recados, el camino hacia el colegio y cualquier salida de casa son a su ritmo.
Si me encuentro por la calle a alguien y me entretengo hablando la conversación dura el tiempo que Rodrigo encuentre otra cosa más interesante que hacer.
Hace tiempo que no veo películas, no me queda tiempo ni ganas.
Ya no tengo la casa todo lo limpia y ordenada que quisiera.

¿Y porqué siempre vemos lo que no tenemos o no podemos hacer? Hay un momento para cada cosa; aceptemos y disfrutemos de lo que tenemos ahora, es nuestra recompensa. Lo que tenga que llegar, ya llegará.

Si me apetece salir a un restaurante y comer tranquila lo hago cuando Rodrigo se queda con mis padres o mis suegros. Y sino surge la oportunidad, pues no pasa nada, ya surgirá.
Si voy a comprar con él ya se lo que hay, así que no me enfado con el niño porque no me deja concentrarme en la lista de la compra.
Lo mismo cuando vamos al parque. Si me pongo en su situación hay que reconocer que toca mucho las narices tener que irte de un sitio en el que te lo estás pasando estupendamente cuando alguien te lo diga, y no cuando a tí te apetezca. Por eso lo hacemos poco a poco y con tiempo. Unos minutos antes de la hora que me quiero ir se lo voy avisando y le voy explicando lo que vamos a hacer; y aunque, como es normal, el siempre quiere quedarse más, con el tiempo voy comprobando que el método funciona, y que cada vez cuesta menos iniciar el camino de vuelta.
Es increíble la de cosas que se pueden mirar, tocar, saltar, pisar, rodear, subir y bajar en el tayecto que hay de casa a cualquier lugar. Sino fuera por Rodrigo, no me hubiera dado cuenta.
Más de una vez he ido de paseo con alguien que se ha encontrado a otro alguien y se han parado a hablar. Alguna vez no me ha interesado la conversación, o simplemente no me apetecía pararme, pero por eso que llamamos educación he esperado con mala gana e impacientemente que terminaran de hablar para poder seguir disfrutando del paseo y la compañía de mi acompañante. Y lo que realmente me hubiera gustado decir es "ya hablarás en otro momento, ahora estás conmigo" (suena a egoismo y mala educación ¿no?)
Si alguna vez intento ver una película mientras el duerme, la dejo a medias y sin problemas cuando me llama porque se ha despertado. Muchas veces me quedo dormida con él, sin acordarme siquiera de que lo que estaba viendo.
Desde que ni me obsesiona, ni me quita el sueño (antes me lo quitaba, os lo aseguro) la limpieza de la casa, soy más feliz, disfruto más de las visitas y de los niños que vienen a casa. Quiero aclarar que limpio, y aunque sea muestra de poca modestia, tengo una casa limpia y ordenada que ya quisieran algunas. Pero antes no conseguía concentrarme en disfrutar porque centraba toda mi atención en todo lo que se podía manchar, y he descubierto que cuanto menos te obsesionas, menos se mancha. Ahora tengo marcas de dedos por todos lo muebles de la casa, también de algún golpe con los juguetes, manchas de esas que sólo los que tienen hijos saben cómo es posible que hayan llegado hasta ahí, y juguetes en cada rincón de la casa.
Vamos, que tengo un niño de casi tres años, y eso se hace notar.
No cambio nada de lo que tengo o no tengo en estos momentos, esta es mi vida y así soy feliz.

martes, 2 de noviembre de 2010

¿Por si se acostumbran?

"Por si se acostumbran, para que no nos toreen, para que sepan quien manda, ..."
Pues no sé cuál es el motivo de que nos cueste tanto hacer lo que un niño quiere sin tener miedo a estar dominados por sus deseos para el resto de nuestras vidas.

Cada día me doy cuenta de la cantidad de peticiones que no le satisfacemos a un niño porque ..., pues no sé, porque son peticiones tan absurdas que lo más fácil sería complacerlas sin más, porque nos lo piden y punto.
Y es que si te paras a pensar somos más complacientes con cualquier adulto, desconocido incluso, que con un niño que nos pide algo.
Hay miles de ejemplos, tontos y diarios, y aunque todo no sea tan exagerado a como lo explico ahora mismo, sí que es bastante absurdo.
Un adulto te puede vacilar y gastarte una broma haciendo siete veces que te va a dar algo y retirarlo cuando estás a punto de cogerlo, si un niño te lo hace dos veces seguidas piensas que te toma por el pito del sereno.
Te agacharás las veces que sean necesarias (o no, pero se lo dirás de buenas maneras) a recoger lo que se le cae a un adulto, totalmente capaz de agacharse él, pero la etapa en la que los niños experimentan con tirar las cosas y verlas caer está llena de reproches tipo "si lo vuelves a tirar ya no te lo doy", "¿qué te has pensado, que estoy aquí para recoger lo que tú tires?", "¡si vuelves a tirarlo lo tiro a la basura!"
Si vas caminando con alguien por la calle y te pide dar un rodeo casi seguro que le dices que sí, a no ser que tengas prisa. Si te pide el niño que cambies de acera en la calle porque al otro lado hay escaparates, o porque le apetece y ya está, seguro que siempre tienes prisa, que no se puede ir por ahí ¿? o se tiene que ir por aquí ¿?. Hay muchas situaciones de este tipo, también peores, también menos graves. Y no terminaría nunca de nombrarlas todas.
Les reprochamos las cosas en un tono que no nos permitiríamos con alguien de nuestro tamaño, por si se enfada u ofende. ¿Qué pasa, que un niño de dos años no se puede sentir dolido porque le gritemos, no se puede asustar porque un gigante que mide metro y medio más que él le grite desde las alturas con cara de enfado?
Abusamos de nuestra superioridad física en todo momento; cuando jugamos y los cogemos de mil maneras aunque ellos no quieran, cuando los agarramos fuerte de un brazo para evitar que hagan algo (esto vale para evitarles un peligro, aunque a veces el peligro somos nosotros mismos), cuando estrujamos su cara para darles mil besos que ya nos han dicho que no quieren,... Y después nos ponemos como locos si en un intento de soltarse de nosotros una de sus manos chocan con nuestra cara, accidentalmente o no.
A veces creo que los niños somos nosotros, en lo de actuar sin pensar lo que hacemos. Ellos están aprendiendo, experimentando, comprobando el efecto de sus acciones; nosotros ya sabemos todo eso, pero seguimos comportándonos como niños, sin serlo, y no dejándoles ser a ellos lo que son, niños.
Pensamos que si no hacen EXACTAMENTE lo que nosotros queremos, ya están haciendo lo que les da la gana. Hay miles de maneras de andar el camino, no podemos pretender que anden como nosotros, sin enseñarles con el ejemplo, sólo indicándoles lo que "hacen mal".
¿Por qué le exigimos a los niños un comportamiento que ni siquiera nosotros tenemos?
¿La paciencia también se enseña? ¿Será que a nosotros no nos la han enseñado, o que la hemos perdido con los años?
Supongo que hay que decir que a cierta edad hay que dejarles claro blabla, blabla, blabla, pero ¿quién decide esa edad? O mejor dicho, ¿por qué cada vez es más corto el período en el que son niños y pueden actuar y comportarse como tal?

A mí me pasan cosas de estas con mi hijo, más de las que quisiera. Y aunque me voy dando cuenta, lo que quiero es evitarlas, darme cuenta antes de hacerlas.
Quiero disfrutar del niño que es, de las limitadas explicaciones que me puede dar, de los sentimientos y emociones que de momento puede manejar. No quiero exigirle a él algo que sé que todavía no es capaz de hacer sobre todo cuando yo no soy capaz de pedir explicaciones, de exigir comportamientos, a personas de mi tamaño y edad.
No quiero ver en esos ojos oscuros la incomprensión de porqué le digo/hago/pido eso incomprensible para él, para su mente todavía por formar.
Quiero que su vida sea lo que tiene que ser ahora: amor, caricias, abrazos,besos, sentimientos a flor de piel, juegos, descubrimientos, libertad, tonos de voz agradables,...
Porque si un niño no se merece todo lo bueno y todo el tiempo del mundo ¿quién se lo merece?

viernes, 29 de octubre de 2010

Ordenando pensamientos

Tengo muchas ideas en la cabeza, y me rondan muchas cosas sobre las que escribir; pero no consigo ordenarlas y encontrar tiempo para mí.
Debería ser fácil solucionar esto, sobre todo sabiendo el motivo. Y es que desde hace un tiempo cada vez que me "paro" a hacer algo que me atañe sólo a mí (aunque si me afecta a mí afecta a los demás, porque si me hace bien y me siento bien los demás también lo estarán), en cuanto me dedico más de dos minutos, ya me parece una pérdida de tiempo.
Tengo muchas cosas que hacer, llevar una casa y tener un hijo es lo que tiene, pero siempre deberíamos encontrar unos minutos cada día para nosotros mismos, porque el trabajo de la casa nunca se termina, siempre estará ahí. Y sin embargo nosotros necesitamos las cosas en un momento en concreto, y si lo vamos dejando pasar vamos perdiendo algo, y llega un momento en el que el saco de cosas que quisiera/me gustaría/necesitaría hacer está tan lleno que da pereza empezar a vaciarlo. Entonces lo escondes en un rincón, y sigues ocupándote primero de los demás, y abres un saco nuevo que empiezas a llenar, hasta que un día tropiezas con alguno de los escondidos (siempre hay más de uno) y te vuelve a recordar que TÚ también existes, que también necesitas tiempo.
Así que la culpa y la responsabilidad de no tener tiempo para mí es sólo mía, de nadie más. Y aunque me quejo de no tener ese tiempo (que lo quiero y lo necesito), también reconozco que YO he decidido no sacrificar MIS momentos, sino posponerlos. Porque ahora lo que tengo son NUESTROS momentos, esos que no cambio por nada, ni siquiera por el placer de pasar dos horas seguidas leyendo un libro, porque los momentos de ahora con Rodrigo, con César y con Rodrigo, son ahora; no se volverán a repetir estas circunstancias, los casi 3 años de Rodrigo, el que sea el único niño de la casa, disfrutar con su madre del embarazo de su hermano, que sus padres todavía tengan energía suficiente para correr detrás de él y poder levantarlo hasta el cielo en brazos...
Me quejo porque es lo que tengo, lo que me queda. Pero me quejo con una sonrisa en los labios y en el corazón, porque se lo que tengo, lo que me espera, lo que tendré, que lo he elegido yo y tengo una familia con quien compartirlo.
Así que aunque me siga quejando, es más lo que disfruto. Pero me propongo ir vaciando esos sacos poco a poco, más que nada, para que no se me acumule el trabajo.