Mostrando entradas con la etiqueta sentimientos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sentimientos. Mostrar todas las entradas

viernes, 28 de agosto de 2015

Días grises

Me gustan los días grises, metereológicamente hablando.
Hay muchos tonos de gris, y todos preciosos. Me gusta descubrir un cielo gris y plomizo al despertarme, sobre todo si va acompañado de frío. Ese frío que hace que me guste todavía más la sensación de hogar que siento en mi casa.
Hay que decir que esto lo estoy escribiendo a finales de agosto, y claro, ya sabemos que solemos añorar lo que no tenemos. La letra de una canción de Fito y los Fitipaldis lo expresa muy bien: "Sé que no puedo dormir, porque siempre estoy soñando, en invierno con el sol, con las nubes en verano"
El caso es que soy más de invierno, de frío, por lo menos del que aquí tenemos, que no es demasiado duro, todo hay que decirlo.
Para mí vivimos en un lugar privilegiado: el mar de frente, montaña a la espalda, campos hacia los lados, y siempre el sol. Quizás por eso valore tanto los días grises y nublados, porque son escasos, por lo menos para mi gusto.
Tengo que recordarme a mí misma que no tengo que dar explicaciones, ni aclarar nada, que es una conversación conmigo misma.

domingo, 16 de febrero de 2014

No puedo con la vida de los demás

No puedo con la vida de los demás, en serio.
Hoy no estoy harta, pero sí muy cansada, tanto, que ni fuerzas de enfadarme tengo. Y aunque he llegado a la conclusión de que no puedo, aunque así lo he decidido por mi bien, me siento mal y culpable. Me siento mal por no llegar, me siento culpable por no hacer más.
Que crean que yo puedo ayudarles no quiere decir que así sea.
Me da miedo pensar que un día pueda ser yo la que necesite ayuda, y no encuentre quien me ayude. Tengo miedo de que me paguen con la misma moneda.
Y los que nunca fallan, siempre están ahí y no me abandonan, son el miedo y la culpa.
No creo que alguien de mis características sea la persona más adecuada para ayudar a los demás, para dar consejos o decir lo que tienen que hacer.
Y por otra parte, ¿alguien me ha preguntado si puedo, si quiero? Puedo no ser capaz, tengo mis limitaciones. Y también tengo poder de decisión, tengo derecho a negarme.
Además, que ya tengo bastante con lo mío, que también estoy para que me ayuden... ¿que no lo sabías? Normal, no suelo compartir mis malos momentos. Puedes llamarlo egoísmo, vergüenza, soberbia, orgullo, miedo, culpa, como quieras. Y no vayas a creer que no lo he intentado, pero no ha funcionado.


sábado, 5 de octubre de 2013

No son buenos tiempos para el amor

Hay días en los que la vida es estupenda, maravillosa, perfecta, hasta, para a quien le guste, de color de rosa.
Hace unos días que mi vida no es estupenda ni maravillosa, se aleja mucho de ser perfecta y tiene más de gris que de cualquier otro color. Y no se si es por casualidad, el tiempo, la edad, por solidaridad o decir tonterías, que hay muchas amigas a mi alrededor que estos días se sienten como yo, e incluso peor. He tenido épocas peores, pero eso no me consuela. No es la primera vez que estamos así, y el motivo es el mismo, cosa que me entristece y preocupa a partes iguales.
Me entristece porque cuando no estamos bien  nada me sale bien, no disfruto de mi vida en familia y todas las situaciones son forzadas. Me preocupa porque si con todos los años que llevamos juntos todavía no hemos conseguido superarlo querrá decir algo ¿que tenemos que seguir intentándolo o que no tiene solución y no vale la pena seguir? Deseo con todas mis fuerzas que sea lo primero.
Cuando estamos bien le quiero con toda mi alma, daría mi vida por él y no me la imagino ni un día sin estar a su lado, pero cuando estamos así... me pasan mil cosas por la cabeza que me hacen plantearme si los días buenos no son un espejismo.

miércoles, 2 de octubre de 2013

¿Por qué no puedo?

No se por que me cuesta tanto mostrar afecto. Desde siempre. Me cuesta horrores el contacto físico con cualquiera que no sean mis hijos y mi marido.
Soy capaz de sufrir por los demás más que cualquiera que se prodigue en besos y abrazos, pero soy incapaz de demostrarlo, ni con palabras ni con gestos.
No es nuevo, siempre me ha pasado, pero nunca me ha preocupado. Ahora no es que me preocupe, pero me pregunto el por qué.
Y después de todo soy afortunada porque siempre ha habido en mi vida alguien dispuesto a darme lo que yo no puedo dar en ese aspecto. Siempre he tenido un beso, un abrazo o unas palabras de afecto cerca... y eso me hace pensar que yo pueda ser egoísta, aunque no me sienta así. Y no me siento así porque no es que no quiera, es que no puedo.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Si fuera como esos niños

Si mi hijo fuera como esos niños a los que les gusta el colegio, que disfrutan con las actuaciones escolares, que piden practicar actividades extra escolares, que se aburren en vacaciones y fines de semana esperando que lleguen los días de clase... yo estaría más tranquila.
Me levantaría por las mañanas sin el estómago revuelto, sin la duda de si ese día sería de los buenos o de los malos, sin esa incertidumbre, hasta que entra por la puerta del colegio, de si me va a decir algo que me rompa el corazón... Si es un día de los malos intento contenerme, consolarle, escucharle, animarle o lo que crea que haga falta, lo que sea con tal de aliviarle. Y el nudo del estómago con el que me he levantado va apretando más y más conforme lo veo entrar por la puerta. A partir de ese instante ya estoy pensando en la cara que tendrá al salir. Normalmente los días malos son parecidos: toda va más o menos bien hasta la hora de salir por la puerta de casa (hasta ese momento ha desayunado, se ha vestido y ha visto dibujos contento, sin dar señales de estar enfermo ni nada), entonces o le duele algo, o directamente me dice que no quiere ir al colegio, con los ojos vidriosos y haciendo pucheros. Algunos días incluso hace el camino aguantando las lágrimas, con actitud de sometimiento, de voy porque tengo que ir, no porque quiera, voy por ti, porque tú quieres que vaya.
Y si el día ha sido de los buenos, consigo respirar tranquila y dejar de contenerme cuando ya lo he perdido de vista porque está dentro y no tengo la posibilidad de verle.
Oigo hablar a las madres de los niños a los que les gusta el colegio y no las envidio a ellas, envidio a los niños por mi hijo, porque para él es un mal trago tener que ir al colegio, mientras podría ser otra cosa más y ya está.
¿Qué prefiere mi hijo? No madrugar,estar en casa, jugar, ver la televisión... ¿Qué no le gusta? Que le manden o le impongan lo que hacer, estar sentado y quieto, estar con gente con la que no está a gusto, pintar, escribir, leer...
Oigo hablar de escuelas y escoletas, escuelas libres donde respetan al máximo los ritmos de los niños, de homeschooling y educar a tus hijos en casa, y me siento impotente y cobarde, inútil y no preparada para hacer algo así.
Si él no se pusiera nervioso, yo no me pondría nerviosa, y a la vez no lo podría nervioso a él.

Pero mi chico no es como esos otros niños. Se levanta cinco días a la semana poniendo todo lo que puede de su parte para ir al colegio, cosa que no le gusta. Es un niño que prefiere jugar, ver la televisión y estar conmigo en vez de estar sentado y hacer cosas que de momento no le interesan. Es un niño que necesita moverse y tener espacio, su cuerpo se lo pide.
Es mi niño.

¿Cómo puedo ayudarte?

No me pides ayuda, pero me preguntas qué haría yo en tu situación.
Ni quiero, ni puedo, decirte lo que tienes que hacer. Demasiada responsabilidad.
Sabes que actúas como yo no lo haría, dices cosas que yo no diría ¿de verdad necesitas preguntarme qué pienso?
Te gusta sufrir, es lo que creo.
No concibo que alguien haga algo que sabe le va a hacer daño, que tiene comprobado que no es bueno para su salud y después se sorprenda del resultado.
No me gusta, que además, le eches la culpa a otros. Pueden haber empezado la situación, pero sólo está en tu mano no hacer lo que estás haciendo.
Hemos podido comprobar, tú y yo, que aunque te diga lo que yo haría, que aunque te diga lo que tienes que hacer, al final haces lo que quieres, aún sabiendo que te va a doler.
Siento verte sufrir, más de lo que te imaginas, pero he llegado a la conclusión de que no se puede ayudar a quién no se quiere dejar ayudar.
Con los años me has hecho creer que te gusta vivir así, tener siempre alguien y algo por lo que sufrir, sentirte víctima. Y aunque me desconcierta, también entiendo que sólo una persona tan fuerte como tú puede vivir siempre con tanto sufrimiento. Sólo alguien tan fuerte puede llevar tanto peso sobre sus espaldas. Pero ¿vale la pena?

miércoles, 3 de julio de 2013

Muchas cosas... demasiadas quizás

Son muchas cosas, todas pequeñas quiero pensar, pero no por su tamaño insignificantes, al contrario... Porque quizás si fueran más grandes intentaría solucionarlas antes, no dejaría que se acumularan hasta este punto.  
Estoy en un punto en el que no puedo hablar las cosas, solo echarlas en cara, no puedo pedir ayuda, sólo enfadarme porque no saben interpretar mis señales de socorro.
¿De quién es la culpa? ¿Alguien la tiene?
Nadie me ha dicho que no tenga que pedir ayuda, pero nadie me ha enseñado a pedirla...
Estos días estoy aprendiendo de mi hijo mayor mucho más de lo que yo le he enseñado.
Estos días mi hijo pequeño está llevando mi paciencia hasta límites insospechados, de hecho, creo que ya no me queda ni una pizca, y que todo lo que creí haber aprendido con el primero no me está sirviendo de nada con el segundo.
Todo lo que me pasa por la cabeza son incoherencias y contradicciones.
La razón más poderosa por la que no quiero hablar: se que todo pasará, que esto es un momento puntual en el que han coincidido muchas cosas, y que no me ha cogido en mi mejor momento.
¿Y cómo en momentos como este de agobio, agotamiento y fastidio sigo con la estúpida esperanza de tener alguna vez otro hijo...? 

miércoles, 27 de febrero de 2013

Liberación y pena

Mi chico pequeño ya tiene dos años y sigue tomando teta. Por eso desde que nació siempre hemos dormido juntos y hasta hace poquito no nos habíamos separado durante mucho tiempo. De todas formas, hasta ahora, aunque no estuviéramos juntos siempre estábamos cerca, por lo que si me necesitaba no tardaría más de 10 minutos en estar con él.
La situación ahora es esta: si estoy yo, me prefiere a mí y a la teta antes que a todo lo demás. Si no estoy, se  divierte con quién esté, come de lo que le den y no pregunta por mí (ni por la teta). Pero claro, nunca habíamos estado separados todo el día, desde las ocho de la mañana hasta las nueve de la noche, ni tan lejos el uno del otro, ya que estábamos a dos horas de distancia...
Y he de decir que hemos superado la prueba, y he de confesar que he sentido liberación y pena ¿a partes iguales?
Ha sido tranquilizador descubrir que puedo ausentarme durante un tiempo relativamente largo sin sentir el nerviosismo y la preocupación de si llegaré a tiempo para darle el pecho o de si estará bien porque me necesite o no. Seguramente podría haber probado antes a separarnos tanto tiempo, pero ni ha sido necesario ni he querido.
Y siento pena y lástima porque esto es una señal más de que mi chico pequeño está creciendo...
Y como la sensación es agridulce, intentaré disfrutar de las dos cosas: aprovecharé esta libertad con la que me he encontrado, y seguiré disfrutando de nuestros momentos de teta.

jueves, 21 de febrero de 2013

Su primera decepción

Mi chico mayor está en tercero de infantil, curso que, menos unos poquitos, todos terminarán con seis años.
Cuando es el cumpleaños de alguno de los niños de la clase es un día muy especial por varias razones: el cumpleañero lleva el almuerzo (que siempre suele ser dulce), le hacen una corona con el número de los años que cumple y se la firman, y lo más importante y lo que más le gusta a mi chico, ese día no hacen ficha. Lo que si que hacen es dedicarle cada uno un dibujo libre, después los grapan todos juntos y se lo entregan como regalo.

Ayer por la tarde mi hijo salió del cole con la cara congestionada y los ojos hinchados y rojos de llorar... pero no me quería explicar lo que le había pasado.
Fue D, el niño que ayer cumplió los años (y uno de los mejores amigos de mi hijo), quién me explicó lo que había pasado. Resulta que cuando D tenía que elegir quien le diera el regalo, eligió a otro en vez de a mi chico...
Son cosas de niños, pero no son una tontería, para ellos es su vida, su forma de sentir y de entender las cosas, con los derechos y obligaciones que creen tener en cada momento sobre cada uno de sus amigos. Viven en otro mundo, en el suyo, y es inútil entrometerse cuando están en el parque y deciden que uno de ellos no juega porque en ese momento no les gusta, o cuando se enfadan porque no les han guardado el sitio en la fila... Se hacen daño, sin querer, y tienen que aprender cómo no hacerlo, cómo ponerse en el lugar del otro...
Ayer me tuve que contener para no decirle lo primero que desde mi condición de adulto me pasaba por la cabeza: que no pasaba nada, que había elegido a otro y ya está, que S también es amigo de D y por eso lo había elegido, y así un millón de tiritas más que no hubieran conseguido consolarle.
Entre lo que me contó el otro niño, lo poco que me quiso contar mi hijo (que estaba triste y se sentía mal porque D no lo había elegido a él. Tan sencillo como eso) y lo que oí hablaban entre ellos me ha quedado claro que para mi chico lo de ayer fue importante (en estos tres años nunca había llorado por eso): él estaba seguro de que lo elegiría para darle el regalo por su relación, porque en su día había elegido a D para que le diera el suyo, porque juegan siempre juntos, en el colegio y en el parque, porque a veces el uno va a casa del otro para jugar un rato.
Su amigo D lo vio tan triste que sólo alcanzaba a decirle que cuando tuvo que elegir no lo vio, que no se enfadara.
Como madre, me lo imagino esperando el momento, seguro de que lo iba a elegir a él y viendo como elegía a otro. Me lo imagino haciendo pucheros, llenándosele los ojos de lágrimas, sentado en su silla, escondiendo la cabeza entre los brazos y echándose a la mesa para llorar. Pues qué voy a decir, que se me parte el corazón, sin más.
También tengo en cuenta que pudo haber sido de otra forma, pero viendo la cara que tenía al salir, no me la imagino.
No será lo peor que le pase en la vida, pero para él sin duda fue lo peor del día.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Lo mejor de cada día: la noche

Normalmente soy yo la que arropa a los niños cuando se destapan mientras duermen. Mi chico mayor recibe bien el calor, y cuando lo tapas en medio de la noche sonríe agradecido y se acurruca debajo del nórdico. Mi chico pequeño es otra historia; si no está bien dormido lo más probable es que se despierte y aún encima se enfade...
Pero esta noche me han arropado a mí, y ha sido como una caricia.Como el pequeño había tomado de la teta derecha me había quedado dormida sobre ese lado. En un momento, noto que me tapan el hombro izquierdo y ajustan la ropa de la cama para dejarme bien tapada: era mi chico mayor, que dormía a mi espalda, tapándome, como hago yo con él... y entonces he sonreído, como hace él cuando yo lo arropo. No hace falta explicar cómo me he sentido.


Dicen que el momento de irse a dormir debería de ser siempre relajado, a la misma hora y temprano, a ser posible. En nuestro caso siempre es divertido, unas veces entre juegos y otras entre cuentos, siempre a partir de la misma hora y muy a mi pesar, nunca temprano. Quiero decir que para mí temprano son las nueve de la noche, y nosotros no conseguimos acostarnos nunca antes de las diez. Y además, hay que puntualizar que acostarse no quiere decir precisamente dormir, por lo que aunque una noche consigamos acostarnos a las diez (o incluso antes), es seguro que no nos dormiremos en cinco minutos.
Los días en los que nos acostamos "antes" (más cerca que lejos de las diez) los niños juegan un rato con su padre en la cama a hacerse cosquillas, saltar, esconderse entre las sábanas, escapar de la araña,... y cuando voy yo a dormirlos me encuentro con que la cama está peor a la hora de acostarme que a la de levantarme ;-), y que los niños además necesitan unos minutos de reposo para poder calmarse y dejar de reírse.
El día que se ha hecho tarde no hay juegos, pero sí el cuento que ellos elijan. El pequeño se duerme con la teta, no con el cuento, así que es el mayor el que marca el momento de apagar la luz.

Tengo conocidas para las que la hora de irse a dormir es una tortura porque ya saben que habrá gritos y lágrimas, que se tendrán que levantar las cuatro o cinco veces que se despierte el niño durante la noche, y que a la mañana siguiente arrastrarán sueño y mal humor. Pero bueno, supongo que les merece la pena, porque después presumen (literalmente) de que ellas están tranquilas a partir de las nueve y pueden hacer, o no hacer, lo que les da la gana.
Ellas han hecho su elección, y yo la mía.
Hace mucho tiempo que los niños no se duermen a la vez o lo suficientemente pronto como para que a mí me queden ganas de ponerme a ver la tele. No me importa, prefiero el ajetreo y la alegría de la que disfrutamos para irnos a dormir, la tranquilidad que tengo porque si el pequeño se despierta para pedir teta me tiene al lado, y si el mayor tiene una pesadilla o ganas de ir al baño yo me he dado cuenta incluso antes de que él abra los ojos.
Me gusta cuando estoy leyendo un cuento y el mayor pasa de preguntarme mil veces la misma cosa a quedarse dormido antes de pasar la página. O cuando apagamos la luz y todavía está despierto. Entonces tengo al pequeño cogido de la teta, con su cabeza apoyada en el brazo, y veo a Rodrigo a mi lado, mirando la oscuridad, tranquilo, y cómo cada vez que parpadea le cuesta más abrir los ojos, hasta que el final ya no los abre porque se ha quedado dormido, a mi lado. Es muy probable que a esas alturas el pequeño también esté dormido. Entonces oigo sus respiraciones, reposadas, serenas, y no me quiero levantar, prefiero disfrutar de la noche, mi noche.

jueves, 7 de febrero de 2013

Para siempre

En los últimos años he podido vivir de cerca varias rupturas sentimentales. Alguna de esas rupturas no me han sorprendido, es más, era cuestión de tiempo que antes o después las personas implicadas tomaran esa decisión. Sin embargo otras no solo me han sorprendido, sino que además me han dolido por el vínculo que me une a esas personas.
Aún así, tanto las rupturas esperadas como las no deseadas, me han hecho pensar...
Yo quiero estar siempre con César, toda mi vida, hacerme mayor, y después vieja, a su lado. Pasear cogiditos de la mano, con la lentitud propia de los abuelos, mientras la vida pasa veloz a nuestro alrededor.
Está claro que la vida da muchas vueltas, que nunca se sabe lo que puede pasar, y que igual que ahora estamos bien y ni siquiera puedo llegar a imaginar mi vida al lado de otra persona, todo es posible. Pero por eso mismo, porque todo es posible, yo pido pasa el resto de mi vida con él.

Ya antes de tener hijos oía la frase: "A mis hijos los parí, mientras que a mi marido lo encontré en la calle". Pues sí, eso es verdad, pero no le doy ni el mismo valor ni el mismo significado que le dieron en su día las que me lo dijeron.
Sin mi marido yo no tendría los hijos tan maravillosos que tengo, y alguno más que espero tener. Nadie me entiende y me aguanta como él, ni tampoco he conocido a la persona que se complemente tanto conmigo. Lo quiero más que a nadie, y también le odio más que a nadie cuando me enfado con él....
Y creo que no hay que comparar, que no es comparable el amor hacia tu pareja del amor hacia tus hijos...

Quiero que el día de mañana nuestros hijos tengan sus vidas, sean felices, con familias o sin ellas, que puedan tener su vida y ser independientes, además de tener la seguridad de que a sus padres los van a tener siempre. Que tengan la tranquilidad de poder volver a casa y encontrar a sus padres que se apoyan mutuamente, y que se quieren y comprenden como siempre han visto.


Hace días, semanas, que empecé a escribir esta entrada. No me falta la inspiración, pero sí el tiempo y cumplir (después de hacer) una lista de prioridades que nunca llega.
En estos días ha pasado algo que recordaré toda la vida, como un mal recuerdo, además, pero que ha servido para demostrarme una vez más que César es la persona que quiero a mi lado durante toda mi vida, ya sea larga o corta. 

martes, 14 de agosto de 2012

Decepciones

Me había vuelto confiada, había vuelto a bajar la guardia y el tiempo me ha confirmado que no puedes confiar en cualquiera y, sobre todo, que no tienes que aceptar cosas que no te convencen de los demás (pensando que cada uno es como es, y que hay que aceptarlo como tal) a costa de no escuchar tus intuiciones.
Siempre había intentado mantener las distancias, no ilusionarme demasiado con las personas, pero el tener hijos había hecho que se despertara en mí una fe en la especie humana que he vuelto a descubrir no se merece.
Está claro que cada uno somos como somos, y que no podemos gustarle a todo el mundo, incluso, a estas alturas, acepto romper una amistad o relación porque no seamos compatibles, pero... no se, creo que no se lo que digo.

Estos días, no entiendo porqué, le estoy dando vuelta a las dos últimas decepciones que he tenido, y me doy cuenta de que aunque ya han pasado varios meses, todavía me duelen.

Yo tampoco quiero que empiece el colegio

Se acerca septiembre y parece que la pregunta obligada a los niños es "¿tienes ganas de que empiece el colegio?"
A mi chico mayor ya se lo han preguntado varias veces, sobre todo familiares a los que no ve muy a menudo y que deben de pensar que es la mejor pregunta para romper el hielo.
Hasta ayer no me había dado cuenta de lo que está calando esa pregunta en el niño, y cuánto le están haciendo pensar en el futuro. Por la noche, mientras se iban a la cama, le preguntó a su padre entre pucheros que si faltaba mucho para que empezara el cole, y al día siguiente a mí me dijo que prefería estar conmigo a estar en el colegio...
Creo que sus pensamientos y sentimientos respecto al tema son muy lógicos ¿quién no prefiere estar de vacaciones, no madrugar y tener todo el tiempo del mundo para jugar y no hacer nada que no te apetezca?
Pero que le entienda no quita que yo también empiece a sentir un poco de ansiedad al pensar en ese día que no tengo ningunas ganas de que llegue.
¡Y es que hace cuatro días estábamos impacientes porque empezaran las vacaciones y ya queda menos de un mes para empezar un nuevo curso!

Quiero hablar con él del tema. Que pueda explicarme qué es lo que no le gusta de volver al colegio, o qué es lo que prefiere de no estar en él. Quiero dejarle claro que lo entiendo, y que puede expresar lo que piensa y siente respecto al colegio.
Pero también quiero que empiece a aceptar (no me gusta demasiado la palabra) que durante nuestra vida haremos cosas que nos gustan mucho y otras que no nos gustan tanto, e incluso algunas que nos gustan poco, pero que tenemos que hacerlas.

De todas formas, conozco a más de uno, con unos cuantos años más que mi hijo, que daría lo que fuera para no ir a trabajar y quedarse en casa todo el día viendo la tele, jugando a la consola o sentado frente al ordenador. Así que parece que referente a las obligaciones no somos tan diferentes los adultos y los niños.

Se que me esperan días en los que me diga que no quiere ir al cole, que tiene sueño o que está enfermo. Y le   veré entrar a clase, con un par de lágrimas resbalándole por las mejillas, y preguntándome si vale la pena, sino sería mejor tenerlo para siempre en casa conmigo.
Y también habrán días en los que vaya saltando de alegría porque tiene gimnasia, porque llueve y puede meterse en los charcos con las botas de agua, o porque celebran el cumpleaños de algún compañero.

Estos dos años, al final de curso la profesora del niño nos ha dado un dvd con fotos de todas las actividades que hacen, y ahí puedo ver a mi chico tal y como es. En algunas fotos está de morros, no conforme con algo, pero en la mayoría está sonriente, haciendo alguna mueca y mostrando cara de niño feliz que disfruta con lo que están haciendo.

Tengo un recuerdo. Soy jovencita y es domingo por la noche, en el cine, y de pronto me asalta la angustia de que cuando acabe la película me voy para casa, a cenar, dormir... y al día siguiente es lunes y hay que volver al colegio.
Mis recuerdos del colegio no son ni buenos ni malos y mi época de estudiante la recuerdo sin pena ni gloria. Pero es cierto que aunque me arrepiento de haber dejado de estudiar, no quisiera volver a aquellos años. Y es que aunque en el colegio no estuviera mal, siempre estaba en casa mejor, con mi madre, o en la calle jugando, con mis amigos.

domingo, 6 de mayo de 2012

Diez minutos más

Nunca me ha costado levantarme de la cama cuando suena el despertador. A mí eso de ponerlo para que vuelva a sonar más tarde y dormir unos minutillos más no me aprovecha nada; empiezo a dar vueltas en la cama y lo único que consigo es ponerme nerviosa.
Pero desde que tengo hijos, desde que duermo con ellos, todo es diferente. Ahora si que me aprovechan esos diez minutos más, pero no durmiendo.
Todas las mañanas, antes de levantarme, dedico unos instantes a mirarlos, a contemplarlos. Les tapo si están destapados, les beso la carita y acaricio sus manos. Me gusta ser consciente del gran regalo que tengo a mi lado mientras escucho sus respiraciones acompasadas. Meto mi nariz en su cuello para sentir ese olor a carne tierna tan característico de los niños pequeños.
Y me levanto contenta y feliz porque sé que esa misma noche volveré a dormir con ellos, y que a la mañana siguiente disfrutaré otra vez de esos diez minutos más.

sábado, 17 de marzo de 2012

Gente tóxica

Gente tóxica es el título de un libro escrito por Bernardo Stamateas.
Hace tiempo que sabía de este libro, que me llamaba la atención y que me apetecía leerlo. Ahora que lo tengo espero encontrar el tiempo para hacerlo.
He echado un vistazo a la introducción y me gusta lo que dice de que cada capítulo es independiente del resto, ya que cada uno está dedicado a una clase de gente: el envidioso, el manipulador, el quejoso, el orgulloso...
Por cierto, he buscado tóxico en el diccionario y dice:
tóxico,ca: (Sustancia) venenosa o que produce efectos nocivos sobre el organismo.
Y para asegurarme sobre nocivo:
nocivo, va: Dañino, pernicioso, perjudicial.

Y es que yo creo que siempre, en todas las épocas de nuestra vida, tenemos a gente tóxica cerca de nosotros.
Ahora, me gustaría saber si son tóxicos para nosotros por lo que ellos pueden hacer, o por el poder que nosotros les damos.
Si las circunstancias te permiten alejarte o no tener relación con alguien así, no hay problema. Lo complicado viene cuando esa persona es de tu entorno, cuando forma parte de tu círculo de amistades, cuando es miembro de tu familia o de la de tu marido...
Si no eres una persona decidida y sin pelos en la lengua que deja las cosas claras y los límites bien marcados, optas por ignorar a la persona en cuestión. Pero no siempre es fácil.

El tiempo y la edad nos enseñan a conocernos a nosotros mismos, y las desilusiones y los tropiezos a saber con quien queremos estar y con quien no.
Yo he cambiado con el paso de los años, y lo sigo haciendo. La maternidad, la vida que llevas cuando tienes hijos, "te obliga" a tomar decisiones y caminos pensando en el bienestar de esas personitas por las que darías la vida.
Así que ahora quiero a gente alegre, optimista y con ganas de vivir a mi alrededor. Quiero ver todos los colores que tiene la vida.
Necesito estar con gente que me de energía, sentir que recargo las pilas y los sentidos.
Quiero estar sin miedo a ser observada, criticada o corregida, reírme de mis equivocaciones y aprender de ellas.
No quiero gente mal pensada, negativa o controladora a mi lado. En la medida en que pueda evitarlo, no quiero relaciones en las que tenga que ir con pies de plomo.
No me interesa la gente que cree que lo sabe todo, que nada tiene que aprender y se dedica a corregir a los   demás. Esa gente que solo da por buena su opinión, y que piensa que la única manera de hacer bien las cosas es la suya. Que utilizan la buena acción de aconsejar para decirte lo que haces mal.

Pues eso, que voy a poner todo lo que esté en mi mano para seguir siendo feliz, rodeándome que quienes me hagan sentir así.

Bueno, y también hay que tener en cuenta que (cabe la posibilidad de que) nosotros también podemos ser tóxicos para otros ¿no?

domingo, 31 de julio de 2011

¿Cuestión de tiempo?

Nunca creí que llegáramos a esto.
Estoy cansada de buscar las palabras para explicarte lo que siento y no encontrarlas.
Cuanto más tiempo pasa, menos segura estoy de que lo que necesites sea eso; tiempo.
Los recuerdos, las fotografías, los vídeos, los mensajes y los regalos me dicen que nuestra amistad, nuestra vida en común ha existido. Pero tu actitud, tu indiferencia, tu rechazo, tu silencio me dicen que para tí no he significado nada.
Intento imaginar qué piensas, cómo estás y qué sientes para que actúes así. Para que puedas ver mis llamadas perdidas y no responderme. Para que puedas leer mis correos y mensajes y no contestarlos.
¿No me merezco que contestes al teléfono y me digas "déjame tranquila"? ¿No me merezco que me devuelvas los mensajes aunque sea con un "no quiero volver a saber de ti"?
No pensaba que el silencio fuera tan grande, que albergara tantas respuestas, ¿cuál será la cierta?
Tengo en cuenta que puedes estar mal, muy mal, pero ni aún así me sirve de excusa que "estas cosas no se hablan por teléfono", sobre todo sino eres tú quien me lo dice.

Eres mi mejor amiga, esa persona que sabe lo que voy a decir antes de que lo diga. La única persona, a parte de César, a la que puedo decir lo que pienso sin pensar lo que digo, (¿te recuerda a algo esta frase?)
¿Tan mal me quieres para hacerme esto?

Te echo de menos, no te imaginas cuánto.

Que las cosas no vuelvan a ser nunca como antes no es motivo para que terminen.
Yo te quiero por quién eres, por cómo eres, con todas tus cosas y tus cosillas, y no me importa que ya no estéis juntos.

No puedo creer que no pienses en mí, en César, en los chicos. ¿No tienes curiosidad por conocer a Gonzalo? ¿No te gustaría comprobar que Rodrigo sigue siendo el niño dulce y alegre de siempre?

Todas las palabras me parecen pocas porque siempre quiero decir más de lo que digo. Por que me da miedo no encontrar las adecuadas para convencerte, para conseguir que nos aceptes en tu nueva vida.

No me has dejado consolarte, acompañarte, en este mal trago. ¿No lo necesitabas o no lo querías? Da igual.

Te dejo tranquila, y no porque no quiera saber de ti, sino porque tú no quieres tenerme cerca.

Te esperaré, pacientemente, viendo a mis hijos crecer, imaginando las conversaciones que tendríamos, guardándote tu puesto de mejor amiga.

No te guardo rencor, ni siquiera estoy enfadada. Sólo muy triste y dolida. Como no sé los motivos ni las razones que te llevan a actuar así, no puedo sentirme de otra forma.

Te quiero Noelia.

domingo, 8 de mayo de 2011

Amor das, amor recibes

Me encanta besar y abrazar a mis hijos. No necesito ningún motivo para hacerlo y cualquier excusa es buena para achucharlos y hacerles mimos.
Rodrigo está acostumbrado desde siempre, y Gonzalo responde con sonrisas y gorjeos a las fiestas y cariños que le hacemos.
Yo soy de la opinión que si un niño recibe cariño, es eso lo que da. Si para él es habitual recibir besos, abrazos y caricias en su casa y su entorno, eso será lo que él ofrezca a los demás también.
¿Hay niños que aunque reciban todo eso no son cariñosos? ¿Se nace cariñoso o te hacen cariñoso? Pues no lo se.

Cuando Rodrigo se despierta y lo saco de la habitación, lo cojo en brazos y él me rodea el cuerpo con sus piernas y el cuello con sus brazos. Mientras, yo le acaricio la espalda y le doy besos en el cuello y en la cara. Y desde hace tiempo él me responde con lo mismo: me acaricia la espalda con sus manitas y me llena la cara y el cuello de besos cuando lo saco de la habitación.

Una noche en la que él había cenado primero se tumbó en el sofá a ver la película de dibujos de los payasos de la tele, que cantan la canción de "Susanita" o "Don Pepito y Don José". Yo intentaba terminar de cenar en la cocina mientras él insistía en que me tumbara con él a verla, y como yo le decía que quería cenar va y me dice: "Yo eque ve pipa ico bazaooooo, mama" (Yo quiero ver la película del circo abrazado, mamá)
Ahhhhhh... pues mis quilos de baba y yo, madre enamorada, vamos al sofá a abrazarnos y acurrucarnos con mi chico. Y mientras le tengo abrazado se gira para mirarme y decirme: "A mi si guta mama chucha mi" (A mí si me gusta que mamá me achuche).
Y bueno..., creo que las palabras sobran, que cualquier madre se puede imaginar lo que sentí.
Momentos como ese te dan la razón, te demuestran que el amor y el cariño, las caricias y las palabras dulces son una semilla que da sus frutos. Unos frutos tiernos, cálidos y dulces que nos alegran el día más negro y nos curan todas las penas.
Por momentos como ese en concreto, y por muchos más, merecen la pena las horas de sueño, las rabietas, los enfados, las prisas y el desorden, esquivar jueguetes tirados por el suelo, la falta de tiempo para una misma y todo eso y más que es la vida de cualquier mujer que sea madre.

lunes, 28 de febrero de 2011

Encontrar las palabras

El Sábado falleció la madre de una amiga.
Una amiga reciente. Una amiga de las muchas que me ha traído la maternidad.
La conocí hace tres años, Viernes a Viernes, cuando iba al taller de lactancia con Rodrigo. El tiempo ha hecho que algunas de las madres que nos conocimos entonces compartamos aficiones, intereses, proyectos...
Esta amiga es una persona especial, inteligente, con conocimientos y carrera, que te explique lo que te explique nunca te hace sentir de menos, o ignorante, aunque tú no tengas ni idea del tema.
Todavía no he tenido la oportunidad de hablar con ella, de decirle que lo siento, de intentar reconfortarla con mis palabras. Aunque supongo que en esta situación no habrán palabras que logren consolarla.
Porque en estas situaciones, yo nunca encuentro las palabras.
Quizás rebusco demasiado, quizás sea suficiente con un "lo siento", con un "no encuentro las palabras". ¿O puede ser esta una de esas ocasiones en las que las palabras sobren, en las que sea preferible tener un hombro donde llorar? Pues seguramente sí.

Hace años murió la madre de otra amiga, y aunque pienso muy a menudo en ella y creo que a mi amiga le gustaría saberlo, nunca me atrevo a decírselo porque, como siempre, no encuentro las palabras.

domingo, 20 de febrero de 2011

Culpable

Así es como me siento por no poder dedicarle más tiempo a Rodrigo.
No es que me demande mucho más que antes, ni que pida hacer conmigo cosas que antes no pedía. Pero claro, un recién nacido alimentado con lactancia materna necesita tiempo, un tiempo que antes era todo para Rodrigo.
Por las mañanas me prefiere a mí en vez de a su padre, así que hasta ahora he conseguido organizarme para llevarlo yo al colegio.

Cuando no he podido atenderle como él quería porque le estaba dando el pecho a Gonzalo; cuando ha accedido (unas veces de mejor y otras de peor manera) a esperar o a que le atienda su padre; cuando no ha entendido que si el bebé llora hay que darle de comer, que no se puede esperar.
Todas esas veces yo intento hacerle comprender de la mejor forma posible la situación, pero hay momentos en los que me puede el sueño, el cansancio y el dolor y mi reacción no es la que yo quiero, no es la que él se merece. Entonces él termina enfadado o llorando, y yo enfadada conmigo misma y sintiéndome culpable por haberlo tratado así.

viernes, 18 de febrero de 2011

Y llegó Gonzalo

El Jueves 27 de Enero, dos días antes de la fecha prevista, nació Gonzalo.
Fui a monitores, y cuando vieron que tenía las aguas sucias, me dijeron que me quedaba: me provocaban el parto. Todo fue bien, rápido, y en dos días estábamos en casa.
Ahora somos cuatro. Y aunque ya hace unas semanas que estamos en casa, todavía es el descontrol el rey de algunas situaciones.
Y he comprobado que cuantas más cosas tienes que hacer, más fácil es que el mundo se ponga de acuerdo en llamarte al móvil, al fijo, que llegue el cartero con un paquete, que la vecina suba a conocer al bebé.... Pero bueno, yo estoy contenta y feliz con mis dos chicos, con Rodrigo, con Gonzalo.