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jueves, 21 de febrero de 2013

Su primera decepción

Mi chico mayor está en tercero de infantil, curso que, menos unos poquitos, todos terminarán con seis años.
Cuando es el cumpleaños de alguno de los niños de la clase es un día muy especial por varias razones: el cumpleañero lleva el almuerzo (que siempre suele ser dulce), le hacen una corona con el número de los años que cumple y se la firman, y lo más importante y lo que más le gusta a mi chico, ese día no hacen ficha. Lo que si que hacen es dedicarle cada uno un dibujo libre, después los grapan todos juntos y se lo entregan como regalo.

Ayer por la tarde mi hijo salió del cole con la cara congestionada y los ojos hinchados y rojos de llorar... pero no me quería explicar lo que le había pasado.
Fue D, el niño que ayer cumplió los años (y uno de los mejores amigos de mi hijo), quién me explicó lo que había pasado. Resulta que cuando D tenía que elegir quien le diera el regalo, eligió a otro en vez de a mi chico...
Son cosas de niños, pero no son una tontería, para ellos es su vida, su forma de sentir y de entender las cosas, con los derechos y obligaciones que creen tener en cada momento sobre cada uno de sus amigos. Viven en otro mundo, en el suyo, y es inútil entrometerse cuando están en el parque y deciden que uno de ellos no juega porque en ese momento no les gusta, o cuando se enfadan porque no les han guardado el sitio en la fila... Se hacen daño, sin querer, y tienen que aprender cómo no hacerlo, cómo ponerse en el lugar del otro...
Ayer me tuve que contener para no decirle lo primero que desde mi condición de adulto me pasaba por la cabeza: que no pasaba nada, que había elegido a otro y ya está, que S también es amigo de D y por eso lo había elegido, y así un millón de tiritas más que no hubieran conseguido consolarle.
Entre lo que me contó el otro niño, lo poco que me quiso contar mi hijo (que estaba triste y se sentía mal porque D no lo había elegido a él. Tan sencillo como eso) y lo que oí hablaban entre ellos me ha quedado claro que para mi chico lo de ayer fue importante (en estos tres años nunca había llorado por eso): él estaba seguro de que lo elegiría para darle el regalo por su relación, porque en su día había elegido a D para que le diera el suyo, porque juegan siempre juntos, en el colegio y en el parque, porque a veces el uno va a casa del otro para jugar un rato.
Su amigo D lo vio tan triste que sólo alcanzaba a decirle que cuando tuvo que elegir no lo vio, que no se enfadara.
Como madre, me lo imagino esperando el momento, seguro de que lo iba a elegir a él y viendo como elegía a otro. Me lo imagino haciendo pucheros, llenándosele los ojos de lágrimas, sentado en su silla, escondiendo la cabeza entre los brazos y echándose a la mesa para llorar. Pues qué voy a decir, que se me parte el corazón, sin más.
También tengo en cuenta que pudo haber sido de otra forma, pero viendo la cara que tenía al salir, no me la imagino.
No será lo peor que le pase en la vida, pero para él sin duda fue lo peor del día.

martes, 14 de agosto de 2012

Decepciones

Me había vuelto confiada, había vuelto a bajar la guardia y el tiempo me ha confirmado que no puedes confiar en cualquiera y, sobre todo, que no tienes que aceptar cosas que no te convencen de los demás (pensando que cada uno es como es, y que hay que aceptarlo como tal) a costa de no escuchar tus intuiciones.
Siempre había intentado mantener las distancias, no ilusionarme demasiado con las personas, pero el tener hijos había hecho que se despertara en mí una fe en la especie humana que he vuelto a descubrir no se merece.
Está claro que cada uno somos como somos, y que no podemos gustarle a todo el mundo, incluso, a estas alturas, acepto romper una amistad o relación porque no seamos compatibles, pero... no se, creo que no se lo que digo.

Estos días, no entiendo porqué, le estoy dando vuelta a las dos últimas decepciones que he tenido, y me doy cuenta de que aunque ya han pasado varios meses, todavía me duelen.

domingo, 31 de julio de 2011

¿Cuestión de tiempo?

Nunca creí que llegáramos a esto.
Estoy cansada de buscar las palabras para explicarte lo que siento y no encontrarlas.
Cuanto más tiempo pasa, menos segura estoy de que lo que necesites sea eso; tiempo.
Los recuerdos, las fotografías, los vídeos, los mensajes y los regalos me dicen que nuestra amistad, nuestra vida en común ha existido. Pero tu actitud, tu indiferencia, tu rechazo, tu silencio me dicen que para tí no he significado nada.
Intento imaginar qué piensas, cómo estás y qué sientes para que actúes así. Para que puedas ver mis llamadas perdidas y no responderme. Para que puedas leer mis correos y mensajes y no contestarlos.
¿No me merezco que contestes al teléfono y me digas "déjame tranquila"? ¿No me merezco que me devuelvas los mensajes aunque sea con un "no quiero volver a saber de ti"?
No pensaba que el silencio fuera tan grande, que albergara tantas respuestas, ¿cuál será la cierta?
Tengo en cuenta que puedes estar mal, muy mal, pero ni aún así me sirve de excusa que "estas cosas no se hablan por teléfono", sobre todo sino eres tú quien me lo dice.

Eres mi mejor amiga, esa persona que sabe lo que voy a decir antes de que lo diga. La única persona, a parte de César, a la que puedo decir lo que pienso sin pensar lo que digo, (¿te recuerda a algo esta frase?)
¿Tan mal me quieres para hacerme esto?

Te echo de menos, no te imaginas cuánto.

Que las cosas no vuelvan a ser nunca como antes no es motivo para que terminen.
Yo te quiero por quién eres, por cómo eres, con todas tus cosas y tus cosillas, y no me importa que ya no estéis juntos.

No puedo creer que no pienses en mí, en César, en los chicos. ¿No tienes curiosidad por conocer a Gonzalo? ¿No te gustaría comprobar que Rodrigo sigue siendo el niño dulce y alegre de siempre?

Todas las palabras me parecen pocas porque siempre quiero decir más de lo que digo. Por que me da miedo no encontrar las adecuadas para convencerte, para conseguir que nos aceptes en tu nueva vida.

No me has dejado consolarte, acompañarte, en este mal trago. ¿No lo necesitabas o no lo querías? Da igual.

Te dejo tranquila, y no porque no quiera saber de ti, sino porque tú no quieres tenerme cerca.

Te esperaré, pacientemente, viendo a mis hijos crecer, imaginando las conversaciones que tendríamos, guardándote tu puesto de mejor amiga.

No te guardo rencor, ni siquiera estoy enfadada. Sólo muy triste y dolida. Como no sé los motivos ni las razones que te llevan a actuar así, no puedo sentirme de otra forma.

Te quiero Noelia.