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lunes, 3 de marzo de 2014

Reunión con la profesora

En la puerta del colegio, en el parque, en corrillos, en confianza, con cualquiera, con razón, sin ella, por costumbre... las mamás (y algunos papás) de los niños de la clase de mi chico el mayor comentamos que no estamos de acuerdo con la forma de proceder de la profesora de los niños.
Está claro que todos no podemos pensar igual, y que cada uno tiene una manera de expresar su forma de pensar, pero todavía me sorprenden y cada vez me molestan más las personas que cuando no tienen delante a la persona de la que hablan mal son muy valientes, y que cuando se les da la oportunidad de dar la cara, no lo hacen.Y eso es lo que está pasando.
Visto que casi todas tenemos algo de qué quejarnos y con lo que no estamos de acuerdo con la manera de actuar de la profesora, unas cuantas madres nos hemos puesto de acuerdo para pedirle una tutoría y explicarle nuestro malestar, además de darle la oportunidad de explicarse porque, vete tú a saber, igual los argumentos y las razones de la mujer para actuar como actúa nos convencen de que no puede hacer las cosas de otra manera...
Pues bueno, como las pocas que nos hemos decidido a pedir la tutoría  oímos a menudo comentarios de otras madres mucho menos contentas que nosotras, hemos decidido avisarlas de que vamos a hablar con la profesora, por si alguien más se quiere apuntar. ¿Y qué ha pasado? Pues que las que más hablaban, las más radicales y tajantes en sus comentarios (comentarios tipo "como yo hable se va a enterar", "pues no me conoce esta bien", "que me siga calentando, que como me canse", "si sigue así, yo soy capaz de cambiar al niño de colegio") son las que ahora no dicen nada, porque dicen que no tienen nada que decir (no me extraña, ya se quedan la mar de desahogadas a la puerta del colegio), que no es para tanto.
Que sí, que tienen derecho a no querer hablar, que nadie les puede obligar ¿pero es entonces necesario ponerse como se ponen y quemar a la profesora  en la hoguera (aquí estoy exagerando, aviso) cada vez que se habla del tema?
Me da igual, considero que hay que ser consecuente con lo que se dice y se hace, y si te dedicas a poner a caer de un burro a la profesora porque no te gustan sus métodos, y a decir lo que eres capaz de hacer si tienes la oportunidad, hazlo, sobre todo si la oportunidad te llega.
Pero bueno, bien pensado, la gente que actúa así se desahoga más que las que nos limitamos a comentar nuestro malestar en confianza y grupos reducidos. Supongo que hablar en alto y ante público contando las guerras a las que irías por lo valiente que eres sirve para descargar la frustración acumulada de vete a saber qué. Por eso el resto, antes de llegar a ese extremo, le pedimos cita a la profesora para comentarle que estamos preocupadas por los niños y que nos gustaría que nos aclarase las dudas que tenemos.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Si fuera como esos niños

Si mi hijo fuera como esos niños a los que les gusta el colegio, que disfrutan con las actuaciones escolares, que piden practicar actividades extra escolares, que se aburren en vacaciones y fines de semana esperando que lleguen los días de clase... yo estaría más tranquila.
Me levantaría por las mañanas sin el estómago revuelto, sin la duda de si ese día sería de los buenos o de los malos, sin esa incertidumbre, hasta que entra por la puerta del colegio, de si me va a decir algo que me rompa el corazón... Si es un día de los malos intento contenerme, consolarle, escucharle, animarle o lo que crea que haga falta, lo que sea con tal de aliviarle. Y el nudo del estómago con el que me he levantado va apretando más y más conforme lo veo entrar por la puerta. A partir de ese instante ya estoy pensando en la cara que tendrá al salir. Normalmente los días malos son parecidos: toda va más o menos bien hasta la hora de salir por la puerta de casa (hasta ese momento ha desayunado, se ha vestido y ha visto dibujos contento, sin dar señales de estar enfermo ni nada), entonces o le duele algo, o directamente me dice que no quiere ir al colegio, con los ojos vidriosos y haciendo pucheros. Algunos días incluso hace el camino aguantando las lágrimas, con actitud de sometimiento, de voy porque tengo que ir, no porque quiera, voy por ti, porque tú quieres que vaya.
Y si el día ha sido de los buenos, consigo respirar tranquila y dejar de contenerme cuando ya lo he perdido de vista porque está dentro y no tengo la posibilidad de verle.
Oigo hablar a las madres de los niños a los que les gusta el colegio y no las envidio a ellas, envidio a los niños por mi hijo, porque para él es un mal trago tener que ir al colegio, mientras podría ser otra cosa más y ya está.
¿Qué prefiere mi hijo? No madrugar,estar en casa, jugar, ver la televisión... ¿Qué no le gusta? Que le manden o le impongan lo que hacer, estar sentado y quieto, estar con gente con la que no está a gusto, pintar, escribir, leer...
Oigo hablar de escuelas y escoletas, escuelas libres donde respetan al máximo los ritmos de los niños, de homeschooling y educar a tus hijos en casa, y me siento impotente y cobarde, inútil y no preparada para hacer algo así.
Si él no se pusiera nervioso, yo no me pondría nerviosa, y a la vez no lo podría nervioso a él.

Pero mi chico no es como esos otros niños. Se levanta cinco días a la semana poniendo todo lo que puede de su parte para ir al colegio, cosa que no le gusta. Es un niño que prefiere jugar, ver la televisión y estar conmigo en vez de estar sentado y hacer cosas que de momento no le interesan. Es un niño que necesita moverse y tener espacio, su cuerpo se lo pide.
Es mi niño.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Con los deberes sin hacer

Tres veranos he estado indecisa, y tres veranos he hecho lo mismo: nada.
En estos tres años, cada vez que mi chico el mayor ha terminado el colegio, he tenido el mismo dilema: ¿hacemos deberes en verano? Y quien dice deberes dice tareas, actividades, manualidades, ejercicios, repaso... cualquier cosa cuyo objetivo sea no olvidar lo que ha aprendido durante el curso.
Y cada año me surgen las mismas preguntas: ¿lo aprendido se olvida? ¿tan pequeño le hace falta repasar?, si no disfruta ahora del verano y de lo que esto significa ¿cuándo lo hará?, si no hace deberes ¿irá más retrasado el próximo curso?, ¿no se supone que están aprendiendo constantemente, incluso mientras juegan, que son como esponjas que todo lo absorben?, ¿le estoy haciendo más mal que bien?
Y claro, siempre (o casi siempre) que se toma una decisión te queda la duda de si será la adecuada, de qué hubiera pasado si hubiéramos ido por el otro camino, de si al final me arrepentiré... sí, soy una indecisa., y lo único que puedo hacer es reconocerlo.
El caso es que estos años no hemos hecho deberes en verano y ha terminado los cursos dentro de la media, teniendo en cuenta que con 3, 4 y 5 años no tendría que haber media. Cada año ha ido adquiriendo conocimientos, avanzando, aprendiendo cosas, y entonces pienso que falta no le ha hecho, que por lo menos el niño ha disfrutado del verano, y yo del niño.
También pienso que ya llegará cuando tenga deberes y no haya más remedio que hacerlos, que dedicarle tiempo a los estudios. Y para no variar, ya me anticipo a los acontecimientos y me preocupo por el tema. Todavía no hemos empezado el nuevo curso y ya estoy pensando en cómo podré ayudarle con los deberes, cómo llevará él empezar primaria, cambiar de maestra, hacerse mayor... y pensando, pensando, y siendo sincera conmigo misma, la pregunta es ¿cómo lo voy a llevar yo? Pues quiero pensar que no demasiado mal pero  sobre todo lo que no quiero es pasarle a él mis miedos y dudas en este tema.


jueves, 21 de febrero de 2013

Su primera decepción

Mi chico mayor está en tercero de infantil, curso que, menos unos poquitos, todos terminarán con seis años.
Cuando es el cumpleaños de alguno de los niños de la clase es un día muy especial por varias razones: el cumpleañero lleva el almuerzo (que siempre suele ser dulce), le hacen una corona con el número de los años que cumple y se la firman, y lo más importante y lo que más le gusta a mi chico, ese día no hacen ficha. Lo que si que hacen es dedicarle cada uno un dibujo libre, después los grapan todos juntos y se lo entregan como regalo.

Ayer por la tarde mi hijo salió del cole con la cara congestionada y los ojos hinchados y rojos de llorar... pero no me quería explicar lo que le había pasado.
Fue D, el niño que ayer cumplió los años (y uno de los mejores amigos de mi hijo), quién me explicó lo que había pasado. Resulta que cuando D tenía que elegir quien le diera el regalo, eligió a otro en vez de a mi chico...
Son cosas de niños, pero no son una tontería, para ellos es su vida, su forma de sentir y de entender las cosas, con los derechos y obligaciones que creen tener en cada momento sobre cada uno de sus amigos. Viven en otro mundo, en el suyo, y es inútil entrometerse cuando están en el parque y deciden que uno de ellos no juega porque en ese momento no les gusta, o cuando se enfadan porque no les han guardado el sitio en la fila... Se hacen daño, sin querer, y tienen que aprender cómo no hacerlo, cómo ponerse en el lugar del otro...
Ayer me tuve que contener para no decirle lo primero que desde mi condición de adulto me pasaba por la cabeza: que no pasaba nada, que había elegido a otro y ya está, que S también es amigo de D y por eso lo había elegido, y así un millón de tiritas más que no hubieran conseguido consolarle.
Entre lo que me contó el otro niño, lo poco que me quiso contar mi hijo (que estaba triste y se sentía mal porque D no lo había elegido a él. Tan sencillo como eso) y lo que oí hablaban entre ellos me ha quedado claro que para mi chico lo de ayer fue importante (en estos tres años nunca había llorado por eso): él estaba seguro de que lo elegiría para darle el regalo por su relación, porque en su día había elegido a D para que le diera el suyo, porque juegan siempre juntos, en el colegio y en el parque, porque a veces el uno va a casa del otro para jugar un rato.
Su amigo D lo vio tan triste que sólo alcanzaba a decirle que cuando tuvo que elegir no lo vio, que no se enfadara.
Como madre, me lo imagino esperando el momento, seguro de que lo iba a elegir a él y viendo como elegía a otro. Me lo imagino haciendo pucheros, llenándosele los ojos de lágrimas, sentado en su silla, escondiendo la cabeza entre los brazos y echándose a la mesa para llorar. Pues qué voy a decir, que se me parte el corazón, sin más.
También tengo en cuenta que pudo haber sido de otra forma, pero viendo la cara que tenía al salir, no me la imagino.
No será lo peor que le pase en la vida, pero para él sin duda fue lo peor del día.

lunes, 24 de septiembre de 2012

No le gusta. Y punto

Este año Rodrigo ha empezado el curso sin llorar (tercero de infantil), contento y "emocionado por ver a sus compañeros", según sus palabras. Pero hoy, después de dos semanas, ha entrado llorando al cole porque dice que no le gusta pintar...
Ya el miércoles pasado me llamaron del colegio para que fuera a buscarlo porque el niño decía que le dolía la garganta. Cuando llego al centro me comenta la profesora que al niño se la habían ido todos los males en cuanto se terminó el tiempo de pintar la ficha y pasaron a otra actividad, que había almorzado bien y que en esos momentos estaba tan contento jugando en el patio. Y que además había tenido la cara (sinceridad infantil) de reconocerle que no era cierto que le doliera nada, pero que había vuelto a intentar engañarla otra vez en cuanto volvieron con la ficha de pintar.
No me gustó esto, me preocupó y me sigue preocupando por varios motivos. Se que está experimentando, probando la manera de no hacer cosas que no le gustan, pero no me gusta nada que utilice la mentira, aunque estoy segura de que todavía no entiende lo grave que puede ser mentir.
Tampoco me gusta que algo como pintar (o cualquier cosa) suponga para él una actividad tan dura como para llorar.
Tampoco me gusta la sensación que me queda de que tendría que hacer algo, aunque no sé el qué.
Cuando recogí al niño del cole le pregunté como todos los día qué tal le había ido, y porqué tenía mala cara. Él, como siempre sin  muchas explicaciones, me dijo que habían tenido examen de pintar, y que no le gustaba. Yo le dije que lo hiciera lo mejor que pudiera y ya está, y que a veces tenemos que hacer cosas que no nos gustan demasiado. Él me dijo que el examen no le preocupaba, pero no le gustaba pintar y punto.
No le comenté nada de que había ido al colegio porque la profesora me había dicho que le dolía la garganta, preferí hablarlo primero con su padre, además de que si quieres que te escuche y esté receptivo tienes que elegir muy bien el momento en el que hablarle.

Después de hablarlo, su padre y yo convinimos en explicarle que no está bien mentir para no hacer algo, y que no hay que fingir estar enfermo. Así que mientras nos preparábamos para irnos a dormir le comentamos que su profesora nos había llamado y lo que nos había contado, y que si era cierto que había mentido para no hacer la ficha. Y nos reconoció, como hizo con la profesora, que no estaba malo, pero que no quería hacer la ficha...
Y en ese momento aproveché para contarle el cuento del niño aquel que se aburría mientras cuidaba el rebaño y gritaba diciendo que venía el lobo, cuando en realidad era mentira... Y después le expliqué lo que ya le he dicho tantas veces: que en ocasiones tenemos que hacer cosas que no nos gustan tanto como otras, pero que intente hacerlo más llevadero pensando que eso será un momentito, y que después vendrá algo que le gusta más.
Cuando ya parecía que habíamos sorteado el problema, tanto que incluso se rió muy a gusto con el cuento y me aseguró que había entendido que no estaba bien mentir porque sino el día que dijera la verdad no le creería, en el momento de estar con las luces apagadas y abrazados, empieza a llorar y a decirme que al día siguiente no quería ir al cole porque no le gusta pintar, que había examen y tenían que pintar un tren muy grande, con muchas cosas.
Nos levantamos y fuimos a buscar algún libro de los muchos que tiene para pintar, cogimos colores y casualmente encontramos un tren. Le dije que mirara el dibujo y pensara cuántas partes le parecía que tenía (tres: máquina, vagón y ruedas), que en vez de ver el tren entero, con todas las cosas, pensara por partes, y las fuera pintando una por una. Entre los dos fuimos pintando,cada uno eligiendo la parte que quería pintar, y parece que algo le alivió, ya que cuando llevábamos medio tren dijo que ya estaba bien, que nos íbamos a dormir. A la mañana siguiente lo fuimos comentando de camino al cole y parecía que, al menos de momento, había encontrado la manera de no agobiarse.
Pero eso era la semana pasada, hoy ha sido cuando ha entrado llorando porque no quería pintar...





martes, 14 de agosto de 2012

Yo tampoco quiero que empiece el colegio

Se acerca septiembre y parece que la pregunta obligada a los niños es "¿tienes ganas de que empiece el colegio?"
A mi chico mayor ya se lo han preguntado varias veces, sobre todo familiares a los que no ve muy a menudo y que deben de pensar que es la mejor pregunta para romper el hielo.
Hasta ayer no me había dado cuenta de lo que está calando esa pregunta en el niño, y cuánto le están haciendo pensar en el futuro. Por la noche, mientras se iban a la cama, le preguntó a su padre entre pucheros que si faltaba mucho para que empezara el cole, y al día siguiente a mí me dijo que prefería estar conmigo a estar en el colegio...
Creo que sus pensamientos y sentimientos respecto al tema son muy lógicos ¿quién no prefiere estar de vacaciones, no madrugar y tener todo el tiempo del mundo para jugar y no hacer nada que no te apetezca?
Pero que le entienda no quita que yo también empiece a sentir un poco de ansiedad al pensar en ese día que no tengo ningunas ganas de que llegue.
¡Y es que hace cuatro días estábamos impacientes porque empezaran las vacaciones y ya queda menos de un mes para empezar un nuevo curso!

Quiero hablar con él del tema. Que pueda explicarme qué es lo que no le gusta de volver al colegio, o qué es lo que prefiere de no estar en él. Quiero dejarle claro que lo entiendo, y que puede expresar lo que piensa y siente respecto al colegio.
Pero también quiero que empiece a aceptar (no me gusta demasiado la palabra) que durante nuestra vida haremos cosas que nos gustan mucho y otras que no nos gustan tanto, e incluso algunas que nos gustan poco, pero que tenemos que hacerlas.

De todas formas, conozco a más de uno, con unos cuantos años más que mi hijo, que daría lo que fuera para no ir a trabajar y quedarse en casa todo el día viendo la tele, jugando a la consola o sentado frente al ordenador. Así que parece que referente a las obligaciones no somos tan diferentes los adultos y los niños.

Se que me esperan días en los que me diga que no quiere ir al cole, que tiene sueño o que está enfermo. Y le   veré entrar a clase, con un par de lágrimas resbalándole por las mejillas, y preguntándome si vale la pena, sino sería mejor tenerlo para siempre en casa conmigo.
Y también habrán días en los que vaya saltando de alegría porque tiene gimnasia, porque llueve y puede meterse en los charcos con las botas de agua, o porque celebran el cumpleaños de algún compañero.

Estos dos años, al final de curso la profesora del niño nos ha dado un dvd con fotos de todas las actividades que hacen, y ahí puedo ver a mi chico tal y como es. En algunas fotos está de morros, no conforme con algo, pero en la mayoría está sonriente, haciendo alguna mueca y mostrando cara de niño feliz que disfruta con lo que están haciendo.

Tengo un recuerdo. Soy jovencita y es domingo por la noche, en el cine, y de pronto me asalta la angustia de que cuando acabe la película me voy para casa, a cenar, dormir... y al día siguiente es lunes y hay que volver al colegio.
Mis recuerdos del colegio no son ni buenos ni malos y mi época de estudiante la recuerdo sin pena ni gloria. Pero es cierto que aunque me arrepiento de haber dejado de estudiar, no quisiera volver a aquellos años. Y es que aunque en el colegio no estuviera mal, siempre estaba en casa mejor, con mi madre, o en la calle jugando, con mis amigos.

martes, 7 de agosto de 2012

Calor

Lo que menos me gusta del verano es el calor: prefiero el invierno, el frío. Llevo mejor lo de ponerme cuatro mangas para abrigarme, que estar sudando todo el día, lleve la poca ropa que lleve. También hay que decir que en la zona en la que vivo los inviernos no son nada duros, ni demasiado fríos, así que quién sabe cómo llevaría lo de vivir en un lugar en el que se pasan el invierno bajo cero y no pueden salir de casa.

Todo en la vida tiene sus pros y sus contras, y el verano no es diferente. Lo que pasa es que algunos de esos pros y contras han cambiado desde que tengo hijos.
Los contras (para mí) que no han cambiado son que como tienes las ventanas abiertas, se escucha todo lo de la calle como si lo tuvieras metido en casa, incluida esa moto que lleva el motor de un reactor en el momento más interesante de la película. O ir a comprar al supermercado de siempre y encontrártelo lleno de gente que está de vacaciones, que compran en grupo de no menos de cuatro, sin prisa, parándose en medio de los pasillos, y tomándose media hora para decidir si compran peras o manzanas...
Y algo que no me molestaba y que ahora puede ponerme muy nerviosa, son los niños que vienen a jugar al balón en mi calle, que es peatonal, a la hora que el pequeño duerme la siesta. Y ya se que el verano es para jugar en la calle, y que los niños son niños, pero no puedo evitar acordarme de sus padres cuando me despiertan al niño. ¡Y pensar que quizás el día de mañana será otra la que se acuerde de mí cuando sean los míos los que jueguen al balón!

Pero bueno, el verano también tiene muchos pros, muchos alicientes que hacen que sea la mejor época para otras muchas cosas, y de estas las que más me gustan son las que he descubierto, o las que me gustan, desde que tengo hijos.
Este es el segundo verano desde que Rodrigo empezó el colegio y disfruto mucho de tenerlo en casa y estar todo el día con él.
Esto me recuerda que el año anterior hubo mucha gente que me recomendó, incluso advirtió, de que como no apuntara a Rodrigo a alguna escuela de verano me volvería loca con los dos, que las vacaciones se me harían eternas. También me dijeron que al niño le hacía falta, que necesitaba seguir con la rutina de madrugar y de estar con más niños. Y no fue así. De hecho este verano se me está pasando rapidísimo, y valoro estos meses mucho más desde que Rodrigo va al colegio, porque está conmigo en casa. Y no, ni le hace falta madrugar ni estar con un montón de niños más que no conoce, ya tiene bastante con sus compañeros de clase durante el curso (dicho por él mismo).
Durante el día duerme la siesta si quiere, y por la noche nos vamos a la cama cuando tenemos sueño. Por la mañana, a no ser que tengamos que ir a algún sitio, se levanta cuando se despierta, y siempre de buen humor, ya que ha dormido lo que le hace falta.
Soy consciente de que podemos permitirnos estos horarios porque yo no trabajo, por eso lo disfruto mucho más. La única rutina es la que nosotros nos marcamos, e intentamos no tener muchos compromisos ni obligaciones, para poder hacer en cada momento lo que nos apetece. Además, siempre he pensado que el verano es para no madrugar, para ver dibujos, para jugar, divertirse, para descansar de todo lo que tenemos que hacer el resto del año, para estar de vacaciones...

jueves, 7 de junio de 2012

¡Me lo pasaré bien!

Hoy Rodrigo iba muy contento al cole.
Es jueves, tiene gimnasia (asignatura que al final de mi vida escolar pasó a ser educación física y a la que ahora la llaman psicomotricidad) y ese es un aliciente importante para él. Le encanta el ejercicio físico, moverse y todo lo que tenga que ver con utilizar el cuerpo de manera activa, muy activa.
Todas las mañanas, cuando me despido de él en la puerta del colegio, le digo que se divierta o que se lo pase bien. Hoy le he dicho "¡Hasta luego!" y antes de completar la frase me ha respondido con un "¡Me lo pasaré bien!"
Pues eso espero, que entre normas, fichas, hora del patio, almuerzo, hacer fila para entrar a clase y demás, también se lo pase bien.
Bueno, y también espero que aprenda, no vayáis a pensar. Pero lo primero es lo primero, que niño sólo se es una vez y se recuerda toda la vida.

lunes, 7 de mayo de 2012

Nada es lo que era

Hay días y fiestas que acaban convirtiéndose en un negocio: el día de los enamorados, el del padre, el de la madre... Algunos parece que surgen de la nada, que nunca han hecho falta y de pronto te encuentras celebrando algo que no sabes muy bien para qué sirve. Otros siempre han estado ahí.
Recuerdo haber hecho manualidades en el colegio para regalar a mi padre y a mi madre, a cada uno en su día. Incluso ya más mayorcita, hacer yo por mi cuenta tarjetas diciéndole cuánto les quería y admiraba. Ya de más mayor, cuando empezaba a tener algo de dinero ahorrado de mis pagas semanales, les compraba cosas típicas de ese día, como los platitos dedicados al mejor padre o a la mamá mas guapa del mundo.
Ahora soy yo la madre, pero las cosas han cambiado mucho desde entonces.
Hay que decir que ni mi marido ni yo somos demasiado detallistas en estos días tan concretos. Pensamos que somos padres 365 días al año, y que seguiremos enamorados el uno del otro lo que nos queda de vida. Aún así, para que mentir, me hacía ilusión pensar que algún día mis hijos me traerían un regalo hecho en el colegio para ese día.
Celebran otros días y, además de explicarles en qué consisten, traen manualidades hechas por ellos relacionadas con el tema: el día de la paz, de Santa Catalina, Sant Antoni, Sant Jordi... pero ya no hacen nada relacionado con el día del padre o de la madre.
No se desde cuando ni si es así en todos los centros, pero mi hijo empezó el colegio el año pasado y ya no hicieron nada. El motivo: que las familias ya no son lo que eran. También desconozco si fue una iniciativa del colegio o se tomó esa decisión porque algunos padres comentaran algo.
Nada es lo que era y todo cambia pero, personalmente, pienso que no ofendía a nadie mantener una actividad relacionada con ese día. Son de esas cosas que se hacen desde hace tanto tiempo que se convierten en tradición.
Ahora hay más libertad y es más normal encontrar familias en las que hay dos mamás, dos papás, en las que tu padre o tu madre cambia a menudo de pareja... y en las que como toda la vida, has tenido la desgracia de perder a alguno de tus progenitores porque a muerto. O simplemente porque tu madre ha decidido ser madre soltera.
Pero bien pensado, tiene que ser triste y difícil de entender para un niño estar haciendo un regalo en el colegio para alguien a quien no tiene para dárselo. Visto así, entiendo porqué han dejado de hacer el detalle para esos días.




martes, 24 de abril de 2012

Todo llega

Hay una mamá a la que me gusta mucho leer por la visión tan positiva y optimista que tiene de las cosas.
Hace unos días comentaba que su hija, al ser nacida en noviembre, todos los cursos los comienza un poco "justilla". Pero que al final consigue ponerse a la altura del resto de la clase.
Me alegra (y alivia) leer esto porque Rodrigo es de finales de diciembre y también va más justo que algunos de sus compañeros. Y es que se lleva casi un año completo con algunos de los niños de su clase.
Varias personas me han comentado que, en el caso de algunos niños, este "retraso" se nota durante todo infantil y a veces parte de primaria. Incluso han habido casos en los que les han recomendado repetir curso para ir a la par de sus compañeros.
Y me pregunto: en vez de matricular a los niños el año que cumplen tres años ¿no podrían hacerlo el curso en el que cumplen los tres años?

Creo que todavía es pronto para prever el futuro escolar de Rodrigo. De momento progresa adecuadamente, está dentro de lo normal. De hecho, las observaciones que nos hace la profesora en las evaluaciones tienen que ver más con el comportamiento (le cuesta esperar su turno a la hora de hablar, no suele sentarse bien...) que con la adquisición de conocimientos.

En lo que sí he notado más esa diferencia de edad entre mi chico y sus compañeros es en el comportamiento, en la comprensión y en la forma de actuar. Cuando son tan pequeños, esos meses de más o de menos pueden situarlos en etapas diferentes y a veces poco compatibles.
A mi chico se le unen varias desventajas: le está costando más que a la mayoría hablar bien y es más grande y fuerte que muchos de los niños de su edad. Estas dos "características" nos han hecho vivir situaciones un poco... incómodas; notas como la gente se queda extrañada ante reacciones de un niño que por aspecto físico esperas que hable mejor y tenga más edad.
De todas formas he aprendido que todo es cuestión de tiempo, que no puedes hacerles madurar más rápido para que estén al nivel del resto. De hecho, ahora me río de cosas que antes me preocupaban muchísimo y que no sabía si algún día llegarían.
Pero al final, todo llega.


viernes, 12 de noviembre de 2010

¿Cómo son?

Pues no sé como enfocarlo, ni siquiera como titularlo.
No es que esperara que Rodrigo fuera igual que yo, de hecho, hay cosas que no me gustan de mí que preferiría que él no heredara. Y tiene otras que yo no tengo y que estoy encantada de verlas en él: es sociable y cariñoso como yo no soy.
Pero ¿puedo yo ser objetiva con mi hijo?
Observo a otras madres, a sus hijos, y me gusta pensar que los quieren tanto como yo al mío. Pero no basta con querer a tu hijo, también hay que respetar cómo es y cómo no es. Y supongo que todas sabemos como son nuestros hijos, algunas no lo respetan del todo, y muchas no reconocen lo que no les gusta.
¿Y acaso nos gusta como somos nosotras mismas? ¿O queremos que ellos sean lo que nosotras no somos, lo que quisiéramos ser?
Yo misma me sorprendo cuando Rodrigo hace algo que yo no haría. Y me cuesta pararme a pensar que él todavía no sabe, que tiene que tropezar, caer y levantarse. Que seguramente su forma de afrontar las cosas sea diferente a la mía. Que aunque yo huya de las multitudes, los problemas y los enfrentamientos, a él le puede gustar tener gente alrededor, no importarle meterse en líos y ser valiente y enfrentarse a lo que no le gusta.
Que si yo sufro cuando un niño le rechaza o le pega puede que lo que el siente en esa situación no sea lo mismo, o que no le afecte tanto como a mí, o quizás lo pase incluso peor que yo, que para eso es el que lo sufre. Pero la vida es larga, y va a tener que sufrir y sentir muchas cosas, tanto malas como buenas.

Ahora que los niños entran sin llorar a clase las madres (también hay padres, claro) estamos más tranquilas, más simpáticas diría yo, y hablamos más entre nosotras.
En los dos meses escasos que llevamos de colegio se van formando grupos entre los niños, y creo que su equivalente entre las madres; no sé si me explico.
Pero claro, las razones por las que un niño se hace amigo de otro pueden ser bastante diferentes a las de los adultos, o quizás no tanto. El caso es que sino pasa nada grave, yo creo que no habría que intervenir demasiado en los asuntos de los niños. Y mucho menos ser las madres las que juzgan a otro niño que no es "tan amigo de su hijo".
Yo sé como es Rodrigo, y sé como actúa en su casa, con su familia y su entorno más cercano, pero también veo que crece, aprende y cambia.
Desde que va al colegio ha aprendido a decir malo, tonto, pegar, escupir y dar alguna que otra patada, entre otras cosas buenas y útiles, por supuesto. Y no es que antes fuera un santo, pero estas son algunas de las cosas que sólo hace desde que va al colegio. Mi hijo es fuerte, muy fuerte y grande para su edad; y a veces eso es una desventaja, si puede llamarse así.
Supongo que para las madres de algunos compañeros de Rodrigo lo que mi hijo será es bruto, pero bueno, yo me guardo mi opinión sobre sus hijos.
Y me pregunto, ¿puede afectarles a los niños, puede afectar a la relación entre ellos lo que cada madre piense de cada compañero de su hijo? Está claro que si la madre le va diciendo al hijo que Fulanito es malo, Menganito un pegón, Perico tonto y Antón un llorón, es lo que ellos van a pensar de los compañeros. Pero si no dicen/hacen nada explícito, ¿son los niños capaces de ver las miradas de sus madres hacia sus compañeros, hacia las madres de esos compañeros?
Seguramente me estoy liando, pero necesitaba decirlo, escribirlo. Supongo que cuando ordene lo que pienso y analice lo que veo podré explicarme mejor.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Complacer a los demás

Nunca me ha gustado que me llamen la atención, que me digan que he hecho algo mal, que he hecho algo que no está bien. Y no por el hecho de equivocarme, sino por no haber sabido complacer a la otra persona.
Quizás esto tiene que ver con algún complejo de la infancia, con ser "la hija mayor, buena, sensata y la que todo lo hace bien".
Con los años una aprende que hay muchas formas de hacer las cosas, que el resultado es el mismo aunque el camino que se tome sea diferente. Y esto es algo que me lo aplico a mí y a los demás también, porque yo también he tenido que aprender que todo no se puede hacer a mi gusto, y que es tan buena mi forma de hacer como la de los demás.
Así que ahora vivo más tranquila. Tan tranquila como que antes, si hacía un bizcocho y alguien me decía simplemente que en vez de poner limón pusiera almendra, me sabía mal no haber acertado a la primera, y entonces o hacía todos los bizcochos de almendra, o no hacía más. Ahora no pasa nada, si te apetece un bizcocho de almendra, tranquilo, que el siguiente te lo hago a tu gusto. O quizás no, y lo sigo haciendo como a mí me gusta, que es con limón. Es un ejemplo muy simple, pero se puede aplicar a cualquier momento de la vida cotidiana.
Ahora cocino mucho más que antes, porque me apetece y lo hago a gusto; veo los programas de la tele que me apetecen (cuando puedo) sin sufrir porque sé que no le gustan a mi marido; doy mi opinión, incluso aunque no me la pidan, siendo consciente de que me puedo equivocar, o que puede haber alguien que opine lo contrario.

Cuando me quedé embarazada de Rodrigo casi vuelvo a caer en el error de querer complacer a todo el mundo. De seguir todos esos consejos que no pides y te dan sobre el embarazo. Cuando nació mi hijo tuve que ser más fuerte todavía para no dejarme llevar por el miedo y el desconocimiento de ser madre reciente y primeriza y hacer todo lo que me decían.
Pero ahora estoy más débil, me siento más vulnerable. Y es que se me ha juntado el segundo embarazo con el comienzo de Rodrigo en el colegio.
En este embarazo, como en el anterior, yo sabía que sería niño, aunque también sabía que personas de mi entorno importantes para mí querían niña (como ya pasó en el embarazo de Rodrigo). Y en un momento de descuido y abandono, se presentó aquí la Mari de antes, la que quiere complacer para no sentirse mal por no conseguir lo que los demás esperan de ella, y esa, la otra Yo, consiguió durante un tiempo que yo también quisiera (eso creía) niña.
¿Y qué sentí cuando en la segunda ecografía me confirmaron que sería niño? Alegría y alivio.
Estos días (han sido dos), cuando la profesora de Rodrigo me habla del niño o me dice lo que "tengo que hacer" me vuelvo a sentir un poco como antes, pero sólo un poco, porque estoy volviendo a retomar mi filosofía de vida, la que me hace feliz y consigue que disfrute de mi hijo tal y como es, no como a una profesora le gustaría que fuera (él y los otros 24 niños de la clase).
Hay que educarlo: mi hijo está educado. Convive perfectamente y en armonía en mi casa con nosotros, y en el resto de ambientes que frecuentamos con la gente que ya conoce. A ella no la conoce, como a ninguno de sus 24 compañeros.
Tienes que decirle cuando tiene que estar quieto, sentado, hacer caso...: en mi casa está quieto y sentado cuando hay/quiere/tiene que estarlo. A mí me hace caso, yo le explico las veces que haga falta cómo y porqué en casa se hacen las cosas de esta manera. Yo no tengo (ni quiero) que enseñarle como se hacen las cosas en el colegio, para eso está ella.
Es muy bruto: Rodrigo es muy fuerte. Tiene mucha fuerza, y que dé gracias de que además de eso no es violento y no tiene mala idea ( con menos de 3 años ¿se pueden tener malas ideas?). Además, yo soy bruta y su padre es bruto, ¿cómo tiene que ser el niño?.
Tienes que hablarle bien y no hacerle caso, aunque tú le entiendas, hasta que no diga bien las palabras: intento ponerme en su lugar, señora. Resulta que Rodrigo hasta hace bien poco no mostraba interés por hablar, pero en cuestión de dos meses ha avanzado mucho (para como es él, no comparado con los demás), y ahora repite, a su manera, todo lo que oye. Y si tú le dices que repita o rectifique algo él lo hace, lo intenta. Y vuelvo a lo de siempre, si Rodrigo fuera del 2008 y no del 2007, hubiera llegado al colegio hablando como hablamos los mayores. Pero claro, entiendo (lo intento) que entender a 25 niños pequeños, cada uno de una madre, y algunos incluso de otro país, debe de ser duro y difícil. Pero bueno, deben de ser complicaciones propias del oficio, yo trabajaba construyendo barcos y tampoco era fácil.
Las cosas que me preocupan a mí, como que se coma el almuerzo y haga pis, no le dan problemas a ella, así que tengo que ser yo la que pregunta, porque sino no me dice que come rápido y bien, y que hace pis en el baño.
Con todo esto quiero decir que cuando la profesora me dice "estas" cosas, no me siento mal con Rodrigo, ni mucho menos. Mi hijo es como es, y su casa y su familia son su castillo y su mundo, así que no voy a hacerle vivir como en el colegio para que ella esté más contenta. Yo soy la que ve y vive cuántas cosas nuevas está superando en dos semanas: ya no se hace pis ni de día ni de noche, intenta entender lo que le dice su cuerpo para hacer caca en el baño y no en los pantalones, aprende palabras nuevas cada día, está aprendiendo que aunque esté en el colegio yo siempre voy a ir a buscarlo, y que cuando se sienta triste porque mamá y papá no están tiene que recordar que puede pensar siempre en nosotros porque nos lleva en la cabeza y en el corazón: en la cabeza para pensar en nosotros siempre que quiera, y en el corazón porque nos quiere.
Pero claro, esto lo veo yo porque soy su madre, como cada madre verá lo de su hijo.
Ella es la profesora, la que trabaja con ellos, la que ve lo que hay que mejorar para que su trabajo sea más fácil.

viernes, 17 de septiembre de 2010

¡Hay que empezar a educarlo ya!

Al final Rodrigo ha empezado hoy el colegio. No quería hablar todavía del tema, tenía pensado esperar un par de semanas para comentar algo más definitivo, por si la cosa no iba bien con lo del control de esfínteres y se quedaba en casa durante más tiempo.

Pero bueno, hoy ha ido, y cuando le he preguntado a la profesora que tal y me ha contestado... me he quedado tan parada con lo que me ha dicho, no me lo esperaba (como supongo que no te esperas algo que no te gusta) en absoluto, de hecho, después incluso de hablarlo con familiares que llaman a preguntar qué tal el primer día y con alguna amiga, todavía flipo un poco, todavía le doy vueltas al asunto.
Yo: "¿Qué tal?"
Profesora: "Uyyyy, no me ha hecho ningún caso. Cuando había que sentarse no se quería sentar, cuando había que comer no quería comer, ¡y me ha hecho la burla!"
Yo: "¿La burla?"- le pregunto yo, supongo que con cara de pasmada.
Profesora: "¿A ti no te la hace?"
Yo:"Pues no"
Profesora: "Pues te lo digo para que lo sepas. Y ha llorado, cuando le he reñido y le he dicho que eso no podía ser. Hay que empezar a educarlo ya."
Me sabe mal no tener mejor memoria y poder reproducir las palabras exactas, aunque aún así cada uno le puede dar su interpretación.

A mí me preocupaba que se quedara llorando, y no lo ha hecho. Ha entrado la mar de contento, y cuando ha visto la alfombra tan grande que había al fondo que era como un circuito, se ha tirado de cabeza y allí se ha quedado.
Me preocupaba que se hiciera pis encima, y no se lo ha hecho. No ha querido orinar antes de ir al cole, así que justo antes de entrar al aula ha dicho "pis", le he llevado corriendo al baño y entonces ha hecho. Cuando le he preguntado a la profesora me ha dicho que le ha pedido un par de veces, no sabe si porque de verdad quería hacer pis, o por entretenerse un rato, pero que no me puede decir si ha hecho porque no lo ha visto. Bueno, si Rodrigo le pide aunque sea por entretenerse, supongo que también le pedirá cuando tenga de verdad.
He pasado por el colegio después de un recado, y como era la hora del patio me he parado a mirar. Lo he visto tirarse unas cuantas veces por una escultura que hace de tobogán, otra parado en lo alto, mirando a lo lejos (por un momento hubiera jurado que me había visto) y parecía que llamaba a papá o mamá, y otra llorando y buscando consuelo. Entonces lo ha atendido un chico (profesor de refuerzo durante el primer trimestre) y le ha acompañado de la mano hasta donde estaba antes jugando. Y ya me he ido porque no quería ver más.
También me preocupaba que estuviera llorando a la hora de la salida, y pensaba que cuando me viera se echaría a mis brazos, aunque no fuera llorando. Pues ni una cosa ni otra. Me he acercado cuando esta ya sentado en un murito en el que esperan a esa hora, le he llamado y se a puesto ha jugar con los pies en la tierra y a pasear el saco del almuerzo por el suelo. Eso sí, cuando he dicho su nombre me ha mirado y ha dicho "mmamma", mientras sonreía.
Así que claro, cuando me ha dicho que tengo que empezar a educarlo me he quedado parada, confundida, con cara de tonta, sorprendida, y alguna cosa más.

Creo que la base de la educación de un niño parte de casa, que todo el trabajo no es del colegio, pero entonces ¿para que lo llevo?, ¿qué quiere decir con que tengo que educarlo?, ¿que le haga caso el primer día a alguien a quién no conoce, en un lugar extraño, con otros 20 niños a los que tampoco conoce? Seguro que muchos niños hacen caso a la primera, y me parece muy bien, pero el mío "da un poco más de trabajo", al menos en ese aspecto.

Con la intención de conocer mejor a los niños, nos dieron unas hojas con preguntas sobre varios temas: carácter del niño, estado de salud general, información sobre los padres... Una de esas preguntas era si "el niño se mueve mucho, si está siempre en marcha". Pues el mío SI, SI y SI.
Niños pequeños, algunos ni de tres años, como el caso del mío, muchos no han ido nunca a guardería, con un desarrollo normal, partiendo de que cada niño tiene su ritmo, ¿cómo tienen que ser/les gustaría que fueran los niños a las profesoras?

Tengo dos amigas y compañeras las cuales sus hijos empiezan el cole también este año (en el mismo que Rodrigo), y tampoco han ido nunca a guardería.
La hija de una de ellas es un mes mayor que Rodrigo, hace tiempo que no lleva pañal y que habla estupendamente bien, y le han dicho a su madre que es una quejica, que se pasa el día quejándose. Quizá es que para su edad habla estupendamente bien y sabe lo que quiere y lo que no.
El hijo de mi otra amiga es ocho meses mayor que el mío, es muy inteligente para su edad y muy observador. No lleva pañal hace tiempo y habla bastante bien. Rodrigo es de acción, mientras que este niño es más de observar. Así que como tampoco es muy hablador con quien no conoce y se queda mirando a los otros niños le ha dicho a su madre que si sigue así se lo tendrá que mirar.
Y supongo que no será a los únicos tres a los que les habrán encontrado "pegas".
Bueno, para no querer hablar del colegio creo que me he extendido bastante, así que intentaré volver a mis intenciones iniciales y no sacar el tema hasta que todo esté más estable, por así decirlo.

martes, 7 de septiembre de 2010

No con pañal

No con pañal, es la frase resumen de la reunión del Lunes.
Han pasado dos días y la verdad es que lo que voy a decir de lo que pensé aquella noche y lo que pienso ahora es lo mismo pero con otras palabras. Cuando se está tranquila y pensar en el tema ya no te hace llorar se ven las cosas de otra manera, puedes pintarlas de otro color.
Después de la reunión lloré, como también lloré en algún momento del día siguiente, ¿porqué?. No fue porque pensara que mi hijo es más lento que los demás, ni porque me avergonzara decir que con dos años y ocho meses todavía lleva pañal, ni porque se me cayera el mundo encima pensando que entraría más tarde de "lo que le toca", no fue por nada que responsabilizara al niño de esta situación. Lloré porque me sentía mal conmigo misma por no haber "sabido enseñarle a tiempo a dejar el pañal". Incomprensible.
En momentos así me doy cuenta de hasta dónde ha calado todo lo que he oído durante mi vida, de cómo das por supuesto que si coges al niño en brazos demasiado se mal acostumbra, de que si duerme en tu cama no lo sacarás nunca de ahí, de que si le escuchas y le das explicaciones de el porqué de las cosas te está dominando..., ¿pero alguna vez se nos dice algo que no sea malo? Nunca se nos propone dar cariño, calor, comprensión, amor, ..., al contrario, hay que evitar toda práctica de ese tipo de emociones.
El caso es que Rodrigo se va a quedar conmigo en casa, hasta que esté preparado para controlar esfínteres y no lleve pañal. ¿Me molesta? No ¿Me supone algún problema? Tampoco ¿Durante cuánto tiempo? Como he dicho antes, hasta que esté preparado.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Colegio y pañal

Estos días hay un tema que me preocupa por encima de todo lo demás, y es que Rodrigo empieza el colegio la semana que viene y todavía lleva pañal.
No quiero explicar ahora todo lo que llevo pensando estos días porque prefiero esperar a la reunión que hay el Lunes y hablar primero con la profesora. No quiero cortar la cabeza de quién no tiene culpa ni sentirme culpable por haber tomado una decisión que me costó mucho meditar.
Me han comentado muchas cosas sobre el tema y casi ninguna me gusta. Siempre he oído que tienes que llevarlo al colegio ya sin pañal, pero a mí nadie del centro me lo ha especificado mientras hacíamos la matrícula. No creo tener que dar por cierto todo lo que oiga por la calle sino me lo confirman en el colegio, ¿tendría que haberlo preguntado yo antes? Ahora ese antes será el Lunes.
En esta edad unos meses más o menos marcan mucha diferencia, ¿no se tiene en cuenta que un niño sea de principio o de final de año?
Tengo una amiga profesora en el mismo colegio que es la "que peor me lo pinta", estoy segura que sin esa intención, y me explica lo faltos que van de personal y porqué piden que los niños no lleven pañal. Que una profesora no puede hacerse cargo de 25 niños si además tiene que limpiarles el pis y la caca, que necesitarían a alguien de refuerzo para ayudarlas en esas tareas...
Pero yo no soy profesora y no estoy en su situación.
Soy la madre de Rodrigo, nacido a final de año y que parece no estar preparado todavía para controlar los esfínteres, la que decidió respetar lo máximo posible su ritmo a la hora de dejar el pañal. Soy la que se aferra a la decisión que tomó (siempre de acuerdo con mi marido) y a la vez se arrepiente de haberla tomado, la que piensa que no ha insistido lo suficiente con eso de ir con la fregona detrás del niño.
¿Tendré que arrepentirme de la decisión tomada? La vida está llena de decisiones, unas veces aciertas de pleno, otras no tanto pero el resultado no es tan malo, y en algunas ocasiones la cagas. Así que ahora a esperar y tirar para delante con las consecuencias, que para eso somos adultos responsables de nuestras decisiones. O eso espero.