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martes, 30 de julio de 2013

Cuerpo de madre

Me miro en el espejo y veo mi cuerpo; un cuerpo de madre.
Una madre como tantas, pero única al fin y al cabo.
No es el cuerpo con el que había "soñado" (aunque tener un buen cuerpo nunca me ha quitado el sueño): es infinitamente mejor.
Es ancho, para poder cobijar a mis dos hijos a la vez.
Es cálido, para poder darles calor en invierno, y en verano, que el calor de madre se agradece en cualquier estación.
Es tierno, blandito y mullido para lo que quieran y necesiten en cada momento.
También es duro y fuerte, bien para jugar a cosas de chicos o para protegerles de cualquier cosa que les pueda dañar.
Es valiente, y siempre va por delante inspeccionando el terreno para anticiparse a posibles peligros.
Es sanador, y cuando se hacen daño o necesitan consuelo saben que siempre pueden contar con él. Muchas veces, precisamente porque saben que siempre pueden contar con él, no lo necesitan, aunque yo siempre se los ofrezco.
Es juguetón, y cada vez que juego con ellos, gana vida.
Es milagroso, porque crea vida.
Tiene mariposas que se reúnen en mi estómago para jugar cada vez que alguno de mis chicos se abraza a mí rodeándome el cuello con sus brazos y la cintura con sus piernas.
Es libre, porque ellos lo son. Corre, juega, ríe y es feliz cuando lo son ellos. Con ellos.

jueves, 21 de febrero de 2013

Su primera decepción

Mi chico mayor está en tercero de infantil, curso que, menos unos poquitos, todos terminarán con seis años.
Cuando es el cumpleaños de alguno de los niños de la clase es un día muy especial por varias razones: el cumpleañero lleva el almuerzo (que siempre suele ser dulce), le hacen una corona con el número de los años que cumple y se la firman, y lo más importante y lo que más le gusta a mi chico, ese día no hacen ficha. Lo que si que hacen es dedicarle cada uno un dibujo libre, después los grapan todos juntos y se lo entregan como regalo.

Ayer por la tarde mi hijo salió del cole con la cara congestionada y los ojos hinchados y rojos de llorar... pero no me quería explicar lo que le había pasado.
Fue D, el niño que ayer cumplió los años (y uno de los mejores amigos de mi hijo), quién me explicó lo que había pasado. Resulta que cuando D tenía que elegir quien le diera el regalo, eligió a otro en vez de a mi chico...
Son cosas de niños, pero no son una tontería, para ellos es su vida, su forma de sentir y de entender las cosas, con los derechos y obligaciones que creen tener en cada momento sobre cada uno de sus amigos. Viven en otro mundo, en el suyo, y es inútil entrometerse cuando están en el parque y deciden que uno de ellos no juega porque en ese momento no les gusta, o cuando se enfadan porque no les han guardado el sitio en la fila... Se hacen daño, sin querer, y tienen que aprender cómo no hacerlo, cómo ponerse en el lugar del otro...
Ayer me tuve que contener para no decirle lo primero que desde mi condición de adulto me pasaba por la cabeza: que no pasaba nada, que había elegido a otro y ya está, que S también es amigo de D y por eso lo había elegido, y así un millón de tiritas más que no hubieran conseguido consolarle.
Entre lo que me contó el otro niño, lo poco que me quiso contar mi hijo (que estaba triste y se sentía mal porque D no lo había elegido a él. Tan sencillo como eso) y lo que oí hablaban entre ellos me ha quedado claro que para mi chico lo de ayer fue importante (en estos tres años nunca había llorado por eso): él estaba seguro de que lo elegiría para darle el regalo por su relación, porque en su día había elegido a D para que le diera el suyo, porque juegan siempre juntos, en el colegio y en el parque, porque a veces el uno va a casa del otro para jugar un rato.
Su amigo D lo vio tan triste que sólo alcanzaba a decirle que cuando tuvo que elegir no lo vio, que no se enfadara.
Como madre, me lo imagino esperando el momento, seguro de que lo iba a elegir a él y viendo como elegía a otro. Me lo imagino haciendo pucheros, llenándosele los ojos de lágrimas, sentado en su silla, escondiendo la cabeza entre los brazos y echándose a la mesa para llorar. Pues qué voy a decir, que se me parte el corazón, sin más.
También tengo en cuenta que pudo haber sido de otra forma, pero viendo la cara que tenía al salir, no me la imagino.
No será lo peor que le pase en la vida, pero para él sin duda fue lo peor del día.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Lo mejor de cada día: la noche

Normalmente soy yo la que arropa a los niños cuando se destapan mientras duermen. Mi chico mayor recibe bien el calor, y cuando lo tapas en medio de la noche sonríe agradecido y se acurruca debajo del nórdico. Mi chico pequeño es otra historia; si no está bien dormido lo más probable es que se despierte y aún encima se enfade...
Pero esta noche me han arropado a mí, y ha sido como una caricia.Como el pequeño había tomado de la teta derecha me había quedado dormida sobre ese lado. En un momento, noto que me tapan el hombro izquierdo y ajustan la ropa de la cama para dejarme bien tapada: era mi chico mayor, que dormía a mi espalda, tapándome, como hago yo con él... y entonces he sonreído, como hace él cuando yo lo arropo. No hace falta explicar cómo me he sentido.


Dicen que el momento de irse a dormir debería de ser siempre relajado, a la misma hora y temprano, a ser posible. En nuestro caso siempre es divertido, unas veces entre juegos y otras entre cuentos, siempre a partir de la misma hora y muy a mi pesar, nunca temprano. Quiero decir que para mí temprano son las nueve de la noche, y nosotros no conseguimos acostarnos nunca antes de las diez. Y además, hay que puntualizar que acostarse no quiere decir precisamente dormir, por lo que aunque una noche consigamos acostarnos a las diez (o incluso antes), es seguro que no nos dormiremos en cinco minutos.
Los días en los que nos acostamos "antes" (más cerca que lejos de las diez) los niños juegan un rato con su padre en la cama a hacerse cosquillas, saltar, esconderse entre las sábanas, escapar de la araña,... y cuando voy yo a dormirlos me encuentro con que la cama está peor a la hora de acostarme que a la de levantarme ;-), y que los niños además necesitan unos minutos de reposo para poder calmarse y dejar de reírse.
El día que se ha hecho tarde no hay juegos, pero sí el cuento que ellos elijan. El pequeño se duerme con la teta, no con el cuento, así que es el mayor el que marca el momento de apagar la luz.

Tengo conocidas para las que la hora de irse a dormir es una tortura porque ya saben que habrá gritos y lágrimas, que se tendrán que levantar las cuatro o cinco veces que se despierte el niño durante la noche, y que a la mañana siguiente arrastrarán sueño y mal humor. Pero bueno, supongo que les merece la pena, porque después presumen (literalmente) de que ellas están tranquilas a partir de las nueve y pueden hacer, o no hacer, lo que les da la gana.
Ellas han hecho su elección, y yo la mía.
Hace mucho tiempo que los niños no se duermen a la vez o lo suficientemente pronto como para que a mí me queden ganas de ponerme a ver la tele. No me importa, prefiero el ajetreo y la alegría de la que disfrutamos para irnos a dormir, la tranquilidad que tengo porque si el pequeño se despierta para pedir teta me tiene al lado, y si el mayor tiene una pesadilla o ganas de ir al baño yo me he dado cuenta incluso antes de que él abra los ojos.
Me gusta cuando estoy leyendo un cuento y el mayor pasa de preguntarme mil veces la misma cosa a quedarse dormido antes de pasar la página. O cuando apagamos la luz y todavía está despierto. Entonces tengo al pequeño cogido de la teta, con su cabeza apoyada en el brazo, y veo a Rodrigo a mi lado, mirando la oscuridad, tranquilo, y cómo cada vez que parpadea le cuesta más abrir los ojos, hasta que el final ya no los abre porque se ha quedado dormido, a mi lado. Es muy probable que a esas alturas el pequeño también esté dormido. Entonces oigo sus respiraciones, reposadas, serenas, y no me quiero levantar, prefiero disfrutar de la noche, mi noche.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Madres monotemáticas

Tienen razón mis amigas, las que no tienen hijos, en que las que los tenemos no hacemos más que hablar de ellos.
Pero creo que es inevitable, y que a todas las madres nos pasa (por lo menos a las que yo conozco), que incluso esos ratillos en los que estamos sin ellos, sin querer acaban siendo nuestro tema de conversación. Y por supuesto, siempre los llevamos en el pensamiento.
Desde que somos padres, alguna vez mi marido y yo nos hemos ido a comer o cenar solos, no demasiadas, pero alguna. ¿Y de quien hemos terminado hablando? Pues de los niños, jejeje...

Y para muestra de lo monotemáticas que podemos ser las madres, este blog y otros muchos, y estupendos, que hay en la red.
No recuerdo cómo llegué a los blogs, cómo encontré esta fuente de información, de descubrimiento y desahogo que nunca se acaba, y que cada día me descubre alguno nuevo. Y aunque no todos los que leo tratan sobre lo mismo, para qué engañarnos, el 99% de los blogs que sigo están escritos por mujeres, madres que hablan de su vida con hijos, de la maternidad, de la educación, de todo lo que gira alrededor de esas personitas que consiguen poner patas arriba nuestras vidas.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Contar hasta diez

No siempre tengo la paciencia y la lucidez necesaria para aplicarlo, pero he comprobado que si desde que le pido a Rodrigo que haga algo, hasta que él lo hace, le diera de tiempo lo que a mí me cuesta contar hasta diez (o quince, o veinte a veces), evitaríamos muchos nervios, enfados y conflictos innecesarios.
Y es que no entiendo cómo espero que haga lo que le digo antes de YA, cómo espero de él una capacidad de reacción que no tiene ni mi propio marido.
Y la mayoría de las veces, cuando hablamos entre nosotras y decimos de nuestros hijos que si "tiene el día torcido", que si "se ha levantado con el pie izquierdo", que si "está raro", creo que no son ellos, que somos nosotras las que no gestionamos bien ciertos momentos y nos faltan recursos para salir airosas de ciertas situaciones.
Poco a poco consigo tener presente este truco (el de contar hasta diez), pero aún así hay días en los que él me gana y con lo de contar no hay suficiente. Hay días en los que  no me tendría que haber levantado de la cama, en los que todo me sabe mal y cualquier reacción de los niños que contraríe lo que yo quiero me la tomo como un desafío por su parte.
Porque, ¿y esas veces en las que le dices al niño que deje de pegar golpes en la pared y él te mira, da un golpe más, y después te dice "vale"?
Porque a veces no somos un niño y un adulto, a veces somos dos niños peleando por tener la última palabra...

martes, 7 de agosto de 2012

Calor

Lo que menos me gusta del verano es el calor: prefiero el invierno, el frío. Llevo mejor lo de ponerme cuatro mangas para abrigarme, que estar sudando todo el día, lleve la poca ropa que lleve. También hay que decir que en la zona en la que vivo los inviernos no son nada duros, ni demasiado fríos, así que quién sabe cómo llevaría lo de vivir en un lugar en el que se pasan el invierno bajo cero y no pueden salir de casa.

Todo en la vida tiene sus pros y sus contras, y el verano no es diferente. Lo que pasa es que algunos de esos pros y contras han cambiado desde que tengo hijos.
Los contras (para mí) que no han cambiado son que como tienes las ventanas abiertas, se escucha todo lo de la calle como si lo tuvieras metido en casa, incluida esa moto que lleva el motor de un reactor en el momento más interesante de la película. O ir a comprar al supermercado de siempre y encontrártelo lleno de gente que está de vacaciones, que compran en grupo de no menos de cuatro, sin prisa, parándose en medio de los pasillos, y tomándose media hora para decidir si compran peras o manzanas...
Y algo que no me molestaba y que ahora puede ponerme muy nerviosa, son los niños que vienen a jugar al balón en mi calle, que es peatonal, a la hora que el pequeño duerme la siesta. Y ya se que el verano es para jugar en la calle, y que los niños son niños, pero no puedo evitar acordarme de sus padres cuando me despiertan al niño. ¡Y pensar que quizás el día de mañana será otra la que se acuerde de mí cuando sean los míos los que jueguen al balón!

Pero bueno, el verano también tiene muchos pros, muchos alicientes que hacen que sea la mejor época para otras muchas cosas, y de estas las que más me gustan son las que he descubierto, o las que me gustan, desde que tengo hijos.
Este es el segundo verano desde que Rodrigo empezó el colegio y disfruto mucho de tenerlo en casa y estar todo el día con él.
Esto me recuerda que el año anterior hubo mucha gente que me recomendó, incluso advirtió, de que como no apuntara a Rodrigo a alguna escuela de verano me volvería loca con los dos, que las vacaciones se me harían eternas. También me dijeron que al niño le hacía falta, que necesitaba seguir con la rutina de madrugar y de estar con más niños. Y no fue así. De hecho este verano se me está pasando rapidísimo, y valoro estos meses mucho más desde que Rodrigo va al colegio, porque está conmigo en casa. Y no, ni le hace falta madrugar ni estar con un montón de niños más que no conoce, ya tiene bastante con sus compañeros de clase durante el curso (dicho por él mismo).
Durante el día duerme la siesta si quiere, y por la noche nos vamos a la cama cuando tenemos sueño. Por la mañana, a no ser que tengamos que ir a algún sitio, se levanta cuando se despierta, y siempre de buen humor, ya que ha dormido lo que le hace falta.
Soy consciente de que podemos permitirnos estos horarios porque yo no trabajo, por eso lo disfruto mucho más. La única rutina es la que nosotros nos marcamos, e intentamos no tener muchos compromisos ni obligaciones, para poder hacer en cada momento lo que nos apetece. Además, siempre he pensado que el verano es para no madrugar, para ver dibujos, para jugar, divertirse, para descansar de todo lo que tenemos que hacer el resto del año, para estar de vacaciones...

lunes, 30 de julio de 2012

Lo que me había perdido

Rodrigo se destetó antes de los ocho meses. Gonzalo a cumplido año y medio y seguimos con la lactancia materna.
Una de las espinas clavadas que me quedaron cuando Rodrigo se destetó era no haber vivido situaciones "de niño grande que toma teta". Situaciones graciosas, simpáticas y llenas de complicidad.
Con Gonzalo estoy disfrutando mucho de la lactancia, y siempre me aparece un puntito de tristeza cuando pienso en lo bonito que hubiera sido llegar hasta aquí con Rodrigo.
Pero bueno, guardo muy buenos recuerdos de esos casi ocho meses con Rodrigo, y valoro mucho cada día que pasa y Gonzalo sigue tomando teta.

Con Gonzalo comparto momentos y me encuentro en situaciones que nunca hubiera pensado relacionadas con la lactancia: a veces me agobio un poco, otras me enfado, pero la mayoría las disfruto y las vivo con alegría y ternura.
A veces me agobio cuando tiene uno de esos días en los que no me deja ni ir al baño y en cuanto me pierde de vista empieza a llorar diciendo "tetaaaaa, mamaaaaa". O tengo las manos ocupadas con el cesto de la ropa y no veo ni dónde piso, y de pronto me hace un placaje agarrándome las dos rodillas y gritanto "teeeetaaaa". Últimamente, como quiere estar en todo, me pide teta, me siento para darle, y cuando me saco la teta se baja para hacer otra cosas. Entonces le dijo si quiere o la guardo, no me contesta, y en cuanto me tapo y me levanto viene a pedirme otra vez.
Otras veces me enfado porque me hace daño. Para según que posturas necesitaría que mis tetas fueran de goma y su cuello girara 360º. Entonces se mueve y se estira tanto que me da más de un tirón.
Pero sobre todo lo disfruto y me encantan los momentos que compartimos y las risas que me echo con él. Ya es él el que decide de qué teta quiere tomar, o cuando cambiar de una a otra. Me dice "ota" para cambiar de teta, pero hasta que no me tapo la primera no toma de la segunda. Y después dice "má", y vuelve a la primera. Todo esto entre risas y aplausos, y levanta los dedos índice para decir que tengo "do" tetas. Conmigo no se duerme sin la teta, pero si yo no estoy no tiene problemas para dormirse.
Algunas noches, cuando se incorpora, le enseño la teta antes de que diga nada, se coge y se vuelve a dormir. Otras, cuando yo no me he dado cuenta de que se ha despertado o está Rodrigo entre él y yo, viene a buscarme mientras dice dormido "teta, teta".
Hay muchos momentos tiernos, en los que está muy tranquilo mientras mama y me acaricia el otro pecho, la cara, el brazo, la barriga... o se duerme apoyado en mi hombro, o totalmente tumbado sobre mí, cuando estamos en la cama.
Además, estar mamando no le impide estar al loro de todo lo que pasa a su alrededor, y mira de reojo cualquier cosa que se mueva.
Y sobre todo, me encanta cuando llego a casa y me recibe con los brazos abiertos, una sonrisa de oreja a oreja y gritando "teeeeeeetaaaaaaaaaa".

Así que estoy encantada, disfrutando de la lactancia, de mi chico pequeño y del grande, que a veces se acurruca como puede en mi regazo mientras su hermano toma teta.

sábado, 28 de julio de 2012

Parece que ya están preparados

Los hijos crecen, poco a poco maduran y están más preparados para separarse de nosotras pero... ¿que pasa con las madres?
Estos días me estoy dando cuenta de que los necesito incluso más de lo que creía. De que estoy tan acostumbrada a ellos, a hacer lo que puedo con el tiempo y el espacio que me dejan, que estas mañanas en las que llego a estar hasta más de cinco horas yo sola, no sé que hacer ni cómo aprovechar el tiempo.
Esta semana en la que ya he perdido la cuenta (y la noción del tiempo) de los días que Rodrigo duerme en casa de los yayos, mi suegra a venido por la mañana  a llevarse también a Gonzalo a la playa. Se lo lleva antes de las doce y no lo veo hasta las cinco o las seis.
Es la primera vez que estamos tanto tiempo separados, que no está conmigo a la hora de comer.
Gonzalo ya tiene año y medio, y aunque sigue tomando mucha teta, come de todo sin problemas, pero hasta ahora nunca habíamos estado separados a la hora de la comida porque no había hecho falta. Y no es que estos días haya hecho falta, pero se ha presentado la ocasión y no ha habido ningún problema.
Ha tomado teta antes de irse, ha estado estupendamente en la playa, al medio día ha comido de lo que le han dado, ha dormido la siesta cómo y cuando ha querido, y no ha preguntado por mamá ni por la teta ni un momento.
Por lo menos, cuando me ve llegar, corre hacia mí y me dice "tetaaaaaa".

miércoles, 18 de julio de 2012

Lo aprenden todo, hasta lo que no les enseñas

Hace meses que con Gonzalo hemos vuelto a "actividades" que ya teníamos olvidadas porque Rodrigo ya es mayor para según que cosas. Y sino fuera porque tengo la experiencia del mayor, no me creería que sirve de algo repetir las cosas 1000 veces.
Y lo que sirve, además de repetir, es dejar pasar el tiempo, porque poco a poco les van interesando otras cosas, y dejan de subirse a la mesa pequeña cada vez que tienen oportunidad para encender y apagar todas las luces de la casa, y después tocar todo lo que hay en las estanterías a las que antes no llegaban.
Es cierto que no hace falta pegar para que aprendan, que con repetir las cosas (las veces que haga falta) al final aprenden lo que se puede hacer y lo que no.

Queremos enseñar a nuestros hijos muchas cosas, todas buenas y de provecho. Sobre todo cosas que creemos le van a facilitar la vida y la convivencia con los demás. Podemos llegarnos a preocupar porque por más veces que les decimos que se pongan la mano en la boca cuando tosen, no lo hacen. Porque les hemos repetido mil veces que no griten, se metan el dedo en la nariz o porque no están quietos como clavos en la silla mientras comen.
Muchas veces, esas cosas que insistimos tanto en que aprendan, no son tan importantes, y al final acabarán aprendiéndolas igualmente. Y si les dejáramos el tiempo y el espacio que necesitan, nosotras no nos preocuparíamos tanto y ellos no se sentirían tan presionados.

El tener otra vez un bebé en casa me ha servido para ver al mayor desde otro punto de vista. Y el tener la experiencia de un hijo mayor me ha servido para tomarme las cosas con más calma con el pequeño.
Con Gonzalo tengo la seguridad de que todo lo que haga  y diga servirá de algo, porque eso me ha pasado con Rodrigo.
Con Rodrigo quiero disfrutar de lo que le enseño, de lo que aprende, y con lo que me sorprende cada día. Quiero dejar de preocuparme por detalles que con el tiempo se limarán poco a poco, para sorprenderme por esas cosas nuestras que están pasando a ser suyas.
Quiero tenerle en cuenta muchos detalles que son de agradecer, detalles que salen de él, como que hable en voz baja (todo un esfuerzo para él) si su hermano duerme, y no tirar de la cadena cuando hace pis para no despertarlo.
También hay cosillas que copia de nosotros y que nunca le hemos dicho que haga, como recoger el cinturón de seguridad del coche cuando se lo quita o, cuando me ayuda a barrer, quitar las pelusas del cepillo de la escoba con la mano.

Pero no todo lo que aprenden, aunque tú no se lo enseñes, es bueno. Durante esta semana, ante un momento de frustración, la reacción de Rodrigo me ha sorprendido mucho y, sobre todo, no me esperaba las palabras que ha utilizado. En dos ocasiones ha intentado hacer algo que no le ha salido a la primera, y en una de esas ocasiones dijo que era tonto, y en otra que era un inútil.
No es una actitud propia de nuestra casa, aunque sí de algunos adultos de nuestro círculo más cercano; pero   tengo claro que aunque aprenda cosas de ese tipo fuera, lo que cuenta es lo que vive día a día en su casa. Aunque reconozco que me ha sorprendido, y preocupado, que lo haya utilizado para referirse a él mismo.
Es normal que experimente, que utilice palabras y expresiones que aprende, pero claro, cuando es algo que no te gusta o crees que no es bueno para él, te llama más la atención.

De todas formas la sensación que me queda es de tranquilidad, de ánimo y de avance. Y sobre todo de alegría.

jueves, 7 de junio de 2012

¡Me lo pasaré bien!

Hoy Rodrigo iba muy contento al cole.
Es jueves, tiene gimnasia (asignatura que al final de mi vida escolar pasó a ser educación física y a la que ahora la llaman psicomotricidad) y ese es un aliciente importante para él. Le encanta el ejercicio físico, moverse y todo lo que tenga que ver con utilizar el cuerpo de manera activa, muy activa.
Todas las mañanas, cuando me despido de él en la puerta del colegio, le digo que se divierta o que se lo pase bien. Hoy le he dicho "¡Hasta luego!" y antes de completar la frase me ha respondido con un "¡Me lo pasaré bien!"
Pues eso espero, que entre normas, fichas, hora del patio, almuerzo, hacer fila para entrar a clase y demás, también se lo pase bien.
Bueno, y también espero que aprenda, no vayáis a pensar. Pero lo primero es lo primero, que niño sólo se es una vez y se recuerda toda la vida.

lunes, 7 de mayo de 2012

Nada es lo que era

Hay días y fiestas que acaban convirtiéndose en un negocio: el día de los enamorados, el del padre, el de la madre... Algunos parece que surgen de la nada, que nunca han hecho falta y de pronto te encuentras celebrando algo que no sabes muy bien para qué sirve. Otros siempre han estado ahí.
Recuerdo haber hecho manualidades en el colegio para regalar a mi padre y a mi madre, a cada uno en su día. Incluso ya más mayorcita, hacer yo por mi cuenta tarjetas diciéndole cuánto les quería y admiraba. Ya de más mayor, cuando empezaba a tener algo de dinero ahorrado de mis pagas semanales, les compraba cosas típicas de ese día, como los platitos dedicados al mejor padre o a la mamá mas guapa del mundo.
Ahora soy yo la madre, pero las cosas han cambiado mucho desde entonces.
Hay que decir que ni mi marido ni yo somos demasiado detallistas en estos días tan concretos. Pensamos que somos padres 365 días al año, y que seguiremos enamorados el uno del otro lo que nos queda de vida. Aún así, para que mentir, me hacía ilusión pensar que algún día mis hijos me traerían un regalo hecho en el colegio para ese día.
Celebran otros días y, además de explicarles en qué consisten, traen manualidades hechas por ellos relacionadas con el tema: el día de la paz, de Santa Catalina, Sant Antoni, Sant Jordi... pero ya no hacen nada relacionado con el día del padre o de la madre.
No se desde cuando ni si es así en todos los centros, pero mi hijo empezó el colegio el año pasado y ya no hicieron nada. El motivo: que las familias ya no son lo que eran. También desconozco si fue una iniciativa del colegio o se tomó esa decisión porque algunos padres comentaran algo.
Nada es lo que era y todo cambia pero, personalmente, pienso que no ofendía a nadie mantener una actividad relacionada con ese día. Son de esas cosas que se hacen desde hace tanto tiempo que se convierten en tradición.
Ahora hay más libertad y es más normal encontrar familias en las que hay dos mamás, dos papás, en las que tu padre o tu madre cambia a menudo de pareja... y en las que como toda la vida, has tenido la desgracia de perder a alguno de tus progenitores porque a muerto. O simplemente porque tu madre ha decidido ser madre soltera.
Pero bien pensado, tiene que ser triste y difícil de entender para un niño estar haciendo un regalo en el colegio para alguien a quien no tiene para dárselo. Visto así, entiendo porqué han dejado de hacer el detalle para esos días.




domingo, 6 de mayo de 2012

Diez minutos más

Nunca me ha costado levantarme de la cama cuando suena el despertador. A mí eso de ponerlo para que vuelva a sonar más tarde y dormir unos minutillos más no me aprovecha nada; empiezo a dar vueltas en la cama y lo único que consigo es ponerme nerviosa.
Pero desde que tengo hijos, desde que duermo con ellos, todo es diferente. Ahora si que me aprovechan esos diez minutos más, pero no durmiendo.
Todas las mañanas, antes de levantarme, dedico unos instantes a mirarlos, a contemplarlos. Les tapo si están destapados, les beso la carita y acaricio sus manos. Me gusta ser consciente del gran regalo que tengo a mi lado mientras escucho sus respiraciones acompasadas. Meto mi nariz en su cuello para sentir ese olor a carne tierna tan característico de los niños pequeños.
Y me levanto contenta y feliz porque sé que esa misma noche volveré a dormir con ellos, y que a la mañana siguiente disfrutaré otra vez de esos diez minutos más.

jueves, 12 de abril de 2012

Un millón de primeras veces





Este fin de semana pasado, gracias a tres entradas que nos regalaron para la película "El Lorax. En busca de la trúfula perdida", llevamos a Rodrigo al cine por primera vez.
Era algo que teníamos pendiente y que no nos decidíamos a hacer porque, aunque estábamos dispuestos a no terminar de ver la película, no nos decidíamos por ninguna. Ninguna nos parecía que pudiera interesar lo suficiente al niño.
En esta ocasión no teníamos nada que perder, ni siquiera que elegir, ya estaba todo hecho. Así que el domingo por la tarde fuimos al cine sin saber cómo iba a resultar la experiencia. ¡Y fue estupenda! El niño estaba impresionado por el tamaño de la pantalla, y nosotros emocionados porque era la primera vez que íbamos al cine con él.
Además, la película y el "cacahuete peludo" (como llama él al Lorax) captaron su atención desde la primera escena. No paró de reír y de dar botes en el asiento, y bailó y cantó todas las escenas con música.
¡Así que repetiremos la experiencia!


Cuando tienes hijos todo se convierte en sus primeras veces: la primera vez que te mira, que sonríe, que le sale un diente, que gatea, que anda, que te llama mamá...
Y las primeras veces con ellos: la primera vez que vais con ellos de vacaciones, que vais al cine, al parque de atracciones...
Y así nos queda por delante una vida llena de primeras veces.

domingo, 8 de mayo de 2011

Amor das, amor recibes

Me encanta besar y abrazar a mis hijos. No necesito ningún motivo para hacerlo y cualquier excusa es buena para achucharlos y hacerles mimos.
Rodrigo está acostumbrado desde siempre, y Gonzalo responde con sonrisas y gorjeos a las fiestas y cariños que le hacemos.
Yo soy de la opinión que si un niño recibe cariño, es eso lo que da. Si para él es habitual recibir besos, abrazos y caricias en su casa y su entorno, eso será lo que él ofrezca a los demás también.
¿Hay niños que aunque reciban todo eso no son cariñosos? ¿Se nace cariñoso o te hacen cariñoso? Pues no lo se.

Cuando Rodrigo se despierta y lo saco de la habitación, lo cojo en brazos y él me rodea el cuerpo con sus piernas y el cuello con sus brazos. Mientras, yo le acaricio la espalda y le doy besos en el cuello y en la cara. Y desde hace tiempo él me responde con lo mismo: me acaricia la espalda con sus manitas y me llena la cara y el cuello de besos cuando lo saco de la habitación.

Una noche en la que él había cenado primero se tumbó en el sofá a ver la película de dibujos de los payasos de la tele, que cantan la canción de "Susanita" o "Don Pepito y Don José". Yo intentaba terminar de cenar en la cocina mientras él insistía en que me tumbara con él a verla, y como yo le decía que quería cenar va y me dice: "Yo eque ve pipa ico bazaooooo, mama" (Yo quiero ver la película del circo abrazado, mamá)
Ahhhhhh... pues mis quilos de baba y yo, madre enamorada, vamos al sofá a abrazarnos y acurrucarnos con mi chico. Y mientras le tengo abrazado se gira para mirarme y decirme: "A mi si guta mama chucha mi" (A mí si me gusta que mamá me achuche).
Y bueno..., creo que las palabras sobran, que cualquier madre se puede imaginar lo que sentí.
Momentos como ese te dan la razón, te demuestran que el amor y el cariño, las caricias y las palabras dulces son una semilla que da sus frutos. Unos frutos tiernos, cálidos y dulces que nos alegran el día más negro y nos curan todas las penas.
Por momentos como ese en concreto, y por muchos más, merecen la pena las horas de sueño, las rabietas, los enfados, las prisas y el desorden, esquivar jueguetes tirados por el suelo, la falta de tiempo para una misma y todo eso y más que es la vida de cualquier mujer que sea madre.

viernes, 25 de marzo de 2011

Sin chupete y con un cuento

Anoche fue la cuarta que Rodrigo se durmió sin chupete, y lo hizo mientras le leía un cuento.

No recuerdo en que momento le dimos el chupete, pero creo que el motivo fue que se chupaba el dedo. Entonces empezaron los consejos bienintencionados sobre lo perjudicial de chuparse el dedo, que mejor un chupete que se lo podría quitar cuando quisiera, que les relaja mucho..., y cosas por el estilo. Así que le pusimos chupete.
Y en algún momento que tampoco recuerdo, el niño se encariñó con un conejito de peluche, por lo que hasta ahora ha estado durmiendo con el "chupe y nino".
La semana pasada, no se como, surgió la conversación y quedamos que a partir de este Lunes ya no utilizaría chupete para dormir. Podría dormir con el conejito pero no con el chupete.
Hay que decir que hace bastante tiempo que el chupete lo cogía exclusivamente para dormir, y como ahora madruga y no duerme siesta, no llegaba a cinco minutos el tiempo que lo usaba, porque en cuanto se lo ponía caía rendido. También han sido más las ocasiones en las que a la hora de la siesta (las pocas veces que la ha dormido desde que va al cole) se ha dormido sin él, porque solo se lo dábamos por la noche.
El caso es que llegó el Lunes y volvió a pedir el chupete como todas las noches. Le dijimos que no, que ya habíamos quedado en que no lo volvería a usar, que se había ido pero que el conejito se había quedado con él para hacerle compañía.
LLoros y más lloros, sofoco, yo ofreciéndole el conejito, besos, abrazos, leerle un cuento, pero nada. Poco a poco se fue calmando, aceptó el peluche, que lo abrazara y lo besara, que lo acunara y le acariciara, y al final se durmió.
El Martes lo volvió a pedir, le recordamos lo que habíamos hablado y no insistió, aunque le costó un poco conciliar el sueño. El Miércoles ni lo pidió, y se durmió mientras su padre le leía un cuento en el sofá. Y ayer tampoco lo nombró, me pidió el conejito, nos fuimos a la cama y se durmió durante la segunda lectura del cuento.

Recordando ahora el Lunes veo que no lloró tanto, y que él sabía que se iba a cumplir lo hablado y no había marcha atrás.
Ha sido fácil, mucho más de lo que me esperaba, pero aún así a Gonzalo no quiero darle chupete. ¿Que se chupa el dedo como hizo Rodrigo? Pues ya veré lo que hago entonces.
De momento las abuelas ya me han preguntado unas cuantas veces cuando pienso darle el chupete a Gonzalo, sobre todo estos días que parece que se ha encontrado el puño y se lo chupa como si fuera a sacar de ahí algo.
Y yo recuerdo lo que comentó una vez Merche, la matrona que había en el taller de lactancia cuando empecé a ir con Rodrigo. Que se chupan el dedo porque es lo que "les llega", son tan pequeñitos y están tan acurrucaditos que la mano les pasa por delante de la boca y se encuentran el puño, lleno de dedos. Y la succión les calma.
Con Rodrigo, cuando se chupaba el dedo y yo creía que no podía ser hambre, pues le daba el chupete. Con Gonzalo, si veo que se chupa el dedo, no voy a pararme a pensar si es hambre o no lo que tiene, le ofreceré el pecho y entonces veremos lo que pasa.
O al menos es la intención que tengo, porque nunca se sabe lo que puede pasar, y no soy de las que dice "de este agua no beberé".

Esta semana ha sido importante tanto para Rodrigo como para mí.
Para él por el avance que supone haber dejado el chupete. Y para mí porque, como gran lectora que soy, siempre he querido leerle un libro a mi hijo antes de dormir.
Esto último podéis pensar que es fácil, o común entre los niños, pero a Rodrigo los libros le interesan los justo, a no ser que traten sobre coches, maquinaria o medios de transporte. Y no hace tanto y tanto que aguanta el tiempo suficiente como para que le leamos un cuento y aún encima se duerma durante la lectura.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Ellos no son rencorosos, pero nosotros les enseñamos

Puedo decir que me encuentro bien de ánimo, aunque hay momentos en los que tengo mis bajones.
En esos momentos no estoy nada orgullosa de mi comportamiento, y acabo actuando como tantas veces le reprocho a otros que lo hagan.

Es habitual que Rodrigo y su padre se peleen. Tienen un carácter tan parecido que chocan muy a menudo.
Esta semana sin ir más lejos se han vuelto a pelear, y se enfadaron mucho los dos. Así que la cosa terminó con que yo me fui a dormir con Rodrigo mientras mi marido se quedaba con Gonzalo. Mientras hablábamos antes de que se durmiera me dice "si guta papá ama mir" (o lo que es lo mismo: me gusta que papá venga a la cama conmigo a dormir). Así que se quedó tan tranquilo cuando yo me levanté y se quedó su padre con él.
Entonces me dí cuenta de lo poco, o mejor dicho, nada, rencorosos que son los niños. Mientras mi marido seguía enfadado con él, el niño ya ni se acordaba de lo que había pasado, sólo quería tener a su padre al lado antes de dormirse.
Esto fue lo que me hizo acordarme de algo que leí en el libro Bésame mucho, de Carlos González.
En la segunda parte del libro habla de que nuestros hijos son buenas personas, desinteresados, generosos, ecuánimes, valientes..., y que saben perdonar.

Su hijo sabe perdonar.
Emilia y su hijo Óscar, de seis años, han tenido una fuerte diferencia de opiniones. Para no perdernos con los detalles, digamos tan sólo que Emilia era partidaria de que Óscar se duchase, mientras que este último se sentía muy limpio. Ha habido gritos, llantos, insultos y amenazas. Un testigo imparcial reconocería que la mayor parte de los llantos han venido de una de las partes del conflicto, y la mayor parte de los insultos y de las amenazas, de la otra.
De eso hace una hora. ¿Cuál de estas personas cree usted que está ahora contenta y feliz, y continúa con sus ocupaciones como si nada hubiera ocurrido, mostrándose incluso inusualmente alegre y zalamera; y cuál, por el contrario, es más probable que esté todavía enfadada, haciendo reproches, rezongando? "Mira, mamá, mira qué hago." "No, mamá no ríe." "¿Iremos al zoo el domingo?" "A ver, ¿tú crees que te lo mereces? ¿Te parece que te has portado bien?"
Arturo, el padre, vuelve ahora del trabajo. ¿Cuál de las siguientes frases le parece que oirá?:
a) "Mamá se ha puesto tremenda esta tarde, no sabes la escenita que me ha hecho. Tienes que decirle algo."
b) "Este niño ha estado toda la tarde muy impertinente, no me hace ni caso. Tienes que decirle algo."
Nuestros hijos nos perdonan, cada día, docenas de veces. Perdonan sin doblez, sin reservas, sin reproches, hasta olvidar completamente el agravio. Se les pasa el enfado mucho antes que a nosotros.


A mí me cuesta mucho que se me pasen los enfados. Hay momentos en los que considero necesario enfadarse con Rodrigo; está en un punto en el que no es suficiente explicarle, las veces que haga falta, que lo que hace no está bien. Y enfadándonos es la única manera que hemos encontrado de que vea que a veces nos disgusta su actitud, que sus acciones tienen consecuencias.
Y a veces me encuentro con que me esfuerzo en que me dure el enfado, en que él se de cuenta de cómo me afecta su comportamiento, de que me gustaría que no hiciera ciertas cosas, de que me gustaría que a veces actuara de otra forma. Y no es justo...
No es justo porque a él los enfados no le duran ni un minuto.
No es justo porque él ni siquira recuerda el motivo del enfado.
No es justo porque él quiere estar contigo y comerte a besos aunque tú, como lección, le hayas quitado el juguete con el que golpeó la mesa.
No es justo, y además es una tontería y una pérdida de tiempo enfadarse de esta manera con un niño.
¿Qué le estoy enseñando con mi actitud? Pues a ser rencoroso, a que no olvide, a que no tenga en cuenta que todos cometemos errores y que nos merecemos la oportunidad de intentar arreglarlos pidiendo perdón...
No veo mal enfadarme; yo también tengo derecho a dar rienda suelta a mis sentimientos, a poder expresar cuando algo me enfada o me disgusta, y quiero que él también aprenda a hacerlo. Que pueda reconocer sus sentimientos y emociones para poder expresarse, pero sin ser esclavo de sus reacciones.

Así que si quiero que él aprenda, yo tengo que enseñarle, predicar con el ejemplo.

domingo, 20 de febrero de 2011

Culpable

Así es como me siento por no poder dedicarle más tiempo a Rodrigo.
No es que me demande mucho más que antes, ni que pida hacer conmigo cosas que antes no pedía. Pero claro, un recién nacido alimentado con lactancia materna necesita tiempo, un tiempo que antes era todo para Rodrigo.
Por las mañanas me prefiere a mí en vez de a su padre, así que hasta ahora he conseguido organizarme para llevarlo yo al colegio.

Cuando no he podido atenderle como él quería porque le estaba dando el pecho a Gonzalo; cuando ha accedido (unas veces de mejor y otras de peor manera) a esperar o a que le atienda su padre; cuando no ha entendido que si el bebé llora hay que darle de comer, que no se puede esperar.
Todas esas veces yo intento hacerle comprender de la mejor forma posible la situación, pero hay momentos en los que me puede el sueño, el cansancio y el dolor y mi reacción no es la que yo quiero, no es la que él se merece. Entonces él termina enfadado o llorando, y yo enfadada conmigo misma y sintiéndome culpable por haberlo tratado así.

viernes, 18 de febrero de 2011

Y llegó Gonzalo

El Jueves 27 de Enero, dos días antes de la fecha prevista, nació Gonzalo.
Fui a monitores, y cuando vieron que tenía las aguas sucias, me dijeron que me quedaba: me provocaban el parto. Todo fue bien, rápido, y en dos días estábamos en casa.
Ahora somos cuatro. Y aunque ya hace unas semanas que estamos en casa, todavía es el descontrol el rey de algunas situaciones.
Y he comprobado que cuantas más cosas tienes que hacer, más fácil es que el mundo se ponga de acuerdo en llamarte al móvil, al fijo, que llegue el cartero con un paquete, que la vecina suba a conocer al bebé.... Pero bueno, yo estoy contenta y feliz con mis dos chicos, con Rodrigo, con Gonzalo.

domingo, 23 de enero de 2011

Esperando a Gonzalo. Pensando en Rodrigo.

Tengo muchas ganas de ver a Gonzalo, tenerlo entre mis brazos, darle el pecho y repetir todo lo que añoro de cuando Rodrigo nació.
Cuando intento imaginar cómo será todo en este segundo parto, segundo puerperio, segunda maternidad, no puedo evitar pensar en Rodrigo, en cómo ha sido todo con él.
Y casi cada pensamiento que empiezo con Gonzalo, lo termino con Rodrigo.
Cuando pienso en qué momento me pondré de parto, pienso en si sería mejor en fin de semana, para que Rodrigo pueda venir al hospital en cualquier momento, o entre semana, para que él vaya al colegio y note lo menos posible mi ausencia.
Cuando me imagino a Gonzalo dentro del cuco, moviéndolo de aquí para allá en casa, pienso en si Rodrigo no lo utilizará de coche y nos lo encontraremos haciendo carreras.
Cuando pienso en las veces que tendré que levantarme por la noche para darle el pecho, me preocupa que Rodrigo se pueda despertar y pase sueño.
Y así en casi cualquier cosa; pero supongo que es normal. Porque aunque por una parte estoy más tranquila porque cuento con la experiencia de un primer hijo, y dudas que tenía antes ya no las tengo, ahora me enfrento a la inexperiencia de ocuparme de dos niños, de no dejar de atender al mayor mientras me ocupo del pequeño.
Una amiga que tiene tres hijos (de 7, 4 y casi 3 años) me dijo que se arrepentía de “haber hecho mayor” al primero cuando llegó el segundo. Y esa debe de ser una de las cosas que se hacen sin darse cuenta, a las que te ayuda la gente con los comentarios típicos (¿todavía llevas chupete? Pues si tú eres el mayor; no llores, sólo lloran los bebés, tú ya eres grande; ¿aún no te vistes solo? Con lo grande que eres..., y como estos muchos mas) y que tú misma refuerzas cuando el mayor vuelve a reclamarte como cuando era bebé y tienes miedo de satisfacerlo por si haces mal, por si lo estás consintiendo.
Que lo hayamos convertido en el hermano mayor no quiere decir que como persona esté preparado para serlo. Que ahora tengamos en casa un bebé que necesite de cuidados y atenciones constantes no quiere decir que él deje de necesitarnos, o que tenga que aprender a lavarse los dientes y a vestirse solo de golpe, simplemente porque haya llegado el otro, por ejemplo.
Para mí Rodrigo todavía es pequeño, sólo tiene 3 años, hasta hace bien poco era un bebé. No me imagino privándole de atenciones y cariños por su edad, por su tamaño. Y ni me lo imagino, ni quiero hacerlo, así seguiré achuchándolo, besándolo y abrazándolo como he hecho desde que nació hasta ahora.

jueves, 20 de enero de 2011

¿Por qué siempre el peor de los casos?

Supongo que cuando alguien te da un consejo (lo pidas o no) lo hace con la mejor de las intenciones. O cuando te avisan, te advierten de lo que te va a pasar, según en la situación que te encuentres. Pero curiosamente la mayoría de todos esos consejos, advertencias, avisos,... son para prepararte para lo peor, para el peor de los casos. Todo tiene su parte positiva y negativa, y como lo malo llega aunque no lo llames, ¿por qué no ver lo bueno de las cosas?, ¿o no verlo todo tan malo?

Durante todo el embarazo hemos hablado del bebé a Rodrigo; le he ido explicando cosas nuevas a medida que me crecía la tripa y la situación iba cambiando. Leemos cuentos sobre el tema que le gustan mucho. Ha visto, me ha ayudado y ha jugado con el carrito, el cuco y demás cosas que hemos ido sacando de cuando él era bebé para tenerlas preparadas para su hermano... En mi opinión ha llevado estupendamente mi embarazo; nos trata a la barriga, al bebé y a mí con mucho cariño y cuidado. Habla a su hermanito, le dice "hola" y le explica las cosas de papá y mamá que no podrá coger para que no se rompan,... Es más cariñoso si cabe y no pierde la oportunidad de darme besos en la tripa, acariciármela y decirme que pronto tendremos al bebé en casa mientras sonríe y se frota las manos con gesto impaciente.
También le hablo de como nos cambiará la vida cuando Gonzalo esté en casa: que como no sabrá hablar llorará para todo, que mamá le dará leche de la teta, que lo cogeremos cuando llore para saber que le pasa, y le daremos besos y cariñitos. Pero tampoco quiero insistir mucho en este aspecto porque de momento es él quién está aquí, no he de quitarle antes de tiempo el protagonismo que después tendrá que compartir. ¿Cuántas veces nos hemos preparado para una situación que nos angustiaba, nos hemos mentalizado de lo que nos esperaba, y aún así en el momento no hemos podido dominar nuestros sentimientos? Pues eso creo que le puede pasar también a él, que por mucho que le explique, no he de extrañarme si después su reacción no es totalmente de mi agrado.


Durante el embarazo no han faltado comentarios bienintencionados que me advertían de que por muy bien que se comporte ahora, por pocos celos que demuestre, todo eso cambiará en cuanto de a luz. Sé que puede cambiar su comportamiento, mostrar celos, estar más agresivo y demandante, más llorón, y muchas otras cosas que en un principio pueden parecer negativas. Pero son al fin y al cabo reacciones normales ante la nueva situación. Pocos te animan sobre la nueva situación, o te dicen que aunque tengas el doble de trabajo todo es cuestión de organizarse, o simplemente que es el doble de todo, también de lo bueno, no sólo de lo malo. Parece que se sienten en la obligación de prepararte para lo que se te viene encima, como si quisieran abrirte los ojos por si no sabes donde te has metido. Y no es cuestión de mentir, simplemente de no ver sólo lo malo. O igual es que yo soy demasiado optimista. Pero bueno, en todo caso no me quedé embarazada sin querer, nos lo pensamos y lo hablamos antes, no es que me vaya a encontrar con algo que no esperara.
Verlo todo negro, o gris oscuro, es una actitud ante la vida, y yo hace tiempo que opté por disfrutar del resto de colores.