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jueves, 9 de enero de 2014

Otra vez

Es la segunda vez que toma una decisión para la que no estoy preparada. Esta vez no ha sido tan grave, ni mucho menos, pero no estaba preparada. Otra vez.
La primera fue el destete, antes de los ocho meses, y aunque hace tiempo que decidí que fue culpa mía, cada vez que lo recuerdo me escuece la herida. 
Ha pasado el tiempo y la herida escuece menos, pero el peso de la culpa sigue siendo grande.
La segunda ha sido pedir que le montáramos la cama en su habitación porque quería dormir solo. Así que el 2 de enero de 2014 ponemos fin a cinco años de colecho.

Rodrigo empezó a dormir en nuestra cama cuando cumplió el año. 
¿Y por qué no durmió con nosotros desde el primer momento? Pues porque fui tonta, porque no me dejé guiar por mi instinto, porque dentro de mi cabeza sonaban más fuerte las voces de los demás que la de mi conciencia... y por otras estupideces de las que ahora me río.
En mi primer parto acabé muy dolorida y estaba muy incómoda dando el pecho tumbada. El niño nació con fiebre y estuvo casi una semana en observación, y aunque durante todo ese tiempo tuvimos habitación y estuvimos juntos, me avisaron de que durante esos días se esperaban muchos partos, y teniendo en cuenta que yo estaba bien, igual a mi me daban el alta y el niño se quedaba en el hospital. Así que entre los dolores y la posibilidad de quedarme sin cama, aprendí a darle el pecho sentada, y después, ya en casa, aunque lo intenté, no conseguí darle de mamar tumbada.
Hasta los tres meses durmió en nuestra habitación, en el cuco. Recuerdo muchas noches, muchos momentos, muchas horas de sueño que me podría haber evitado si mi chico hubiera dormido conmigo desde el primer día.
Recuerdo noches en las que se quedaba dormido estando los tres en el comedor, y como ya estaba metido en el cuco, no me atrevía a moverlo por no despertarlo, así que me iba a la cama para dormir un par de horas, hasta que se volviera a despertar para tomar teta y tuviera que levantarme otra vez. Recuerdo que algunas noches, ya dormido, lo metía en la cama conmigo, y acercaba mucho mi cara a su carita, para notar su respiración, su olor y su calor, pero no acercaba el resto del cuerpo por si al dormirme lo aplastaba. Esas noches, mi marido antes de acostarse lo pasaba al cuco otra vez, no fuera a acostumbrarse a dormir con nosotros, porque no era bueno. ¡Que pérdida de tiempo, de abrazos, de estar juntos!
Las noches de los dos primeros meses, hasta que empezó a dormir más horas seguidas, fueron un ir y venir. En cuanto oía al niño moverse inquieto por el hambre me lo llevaba a la habitación de al lado, intentando no hacer ruido para no despertar a mi marido, y allí le daba de mamar en unas tomas eternas, en las que me podía pasar perfectamente dos horas sentada dándole de una teta, de otra, cambiando el pañal, durmiendolo e intentando volverlo a dejar en el cuco sin que se despertara.
Sobre los tres meses, cuando empezó a dormir más horas seguidas, lo pasamos a su habitación, con su super cuna, una cuna de esas que ocupa medio cuarto porque lleva el cambiador y un mueble con cajones incorporado, y que después de transforma en una cama, con otra cama nido debajo, un escritorio, una estantería, una mesita... Y claro, yo continué levantándome todas las noches cada vez que el niño pedía teta o simplemente cuando oía un ruido. Le daba de mamar con la habitación en penumbra, sentada en el sofá, esperando a que se durmiera y rogando porque no me costara más de dos intentos dejarlo dormido en la cuna. Poco a poco, por las noches pasaba más tiempo en el sofá de su habitación que en mi cama, sobre todo cuando se destetó y dejó de dormirse a la teta, ya que le costaba más conciliar el sueño.
Como mi marido tiene a la familia fuera, cada vez que su trabajo nos lo permitía íbamos a visitarlos para que pudieran ver al niño. Allí, cuando se despertaba por la noche, le costaba tranquilizarse y volverse a dormir, así que para no molestar lo metía en la cama con nosotros y se dormía antes. Después de haber estado unos días durmiendo con nosotros, una vez ya en casa a Rodrigo le costaba más volver a dormir en su cuna y a mí me costaba más dormir sin él. Así que después de otro viaje en el que el niño durmió ya con nosotros desde el primer día y que a la vuelta ya ninguno se sentía cómodo dejándolo otra vez en su habitación tomamos una decisión: dormiríamos los tres juntos.
Ahora, después de haber pasado tantos años, de haber tenido un segundo hijo, y de hacer lo que sinceramente creemos correcto respecto al tema del sueño, lo veo todo como una tontería, pero recuerdo que en aquellos momentos estábamos seriamente preocupados por si le haríamos más mal que bien al niño por dormir con nosotros. Nos preocupada no darle el uso pensado inicialmente a una cuna que a mi madre le costó un dineral. Nos inquietaba saber que familiares cercanos pensaban que lo que habíamos no estaba bien. Pero afortunadamente, y estamos seguros, tomamos la decisión correcta. Y también lamentamos el año perdido.
Después todo fue más cómodo, más natural, más tranquilo. Dormíamos juntos, abrazados. Disfrutábamos de la noche. Nadie tenía que levantarse mil veces, nadie se despertaba y se encontraba solo.
Y es que, aún con las patadas o los empujones que te puedes llevar mientras duermes, el colecho es muy cómodo. Si el niño se despierta porque quiere o necesita algo, antes incluso de que lo pida tú ya estás despierta. Y si está enfermo... recuerdo noches en las que Rodrigo estaba enfermo y solo por el ritmo de su respiración ya sabía si le subía la fiebre o si se encontraba mejor.

El caso es que ahora ya no está a mi lado mientras duermo. Miro a mi izquierda y todo vuelve a estar como antes, es como si nunca hubiéramos cambiado la habitación para poder acoplar su cama al lado de la nuestra. Ahora, si con los ojos cerrados alargo la mano durante la noche, solo hay vacío. Antes solo tenía que girarme para arroparle si se destapaba. Ahora vuelvo a levantarme para ir a su habitación en medio de la noche, para ver si se ha destapado, para arroparlo si hace falta. Y lo encuentro en su habitación, porque él lo ha elegido, durmiendo tranquilo.
En esta semana que lleva durmiendo solo me pide que me acueste con él mientras se duerme, pero prefiere que lo haga en la cama de al lado, porque dice que si me acuesto en la suya, ocupo mucho sitio.

Ah, por cierto, no es verdad eso de que si metes a tus hijos en la cama no querrán irse nunca (para mi pesar). 


miércoles, 13 de febrero de 2013

Lo mejor de cada día: la noche

Normalmente soy yo la que arropa a los niños cuando se destapan mientras duermen. Mi chico mayor recibe bien el calor, y cuando lo tapas en medio de la noche sonríe agradecido y se acurruca debajo del nórdico. Mi chico pequeño es otra historia; si no está bien dormido lo más probable es que se despierte y aún encima se enfade...
Pero esta noche me han arropado a mí, y ha sido como una caricia.Como el pequeño había tomado de la teta derecha me había quedado dormida sobre ese lado. En un momento, noto que me tapan el hombro izquierdo y ajustan la ropa de la cama para dejarme bien tapada: era mi chico mayor, que dormía a mi espalda, tapándome, como hago yo con él... y entonces he sonreído, como hace él cuando yo lo arropo. No hace falta explicar cómo me he sentido.


Dicen que el momento de irse a dormir debería de ser siempre relajado, a la misma hora y temprano, a ser posible. En nuestro caso siempre es divertido, unas veces entre juegos y otras entre cuentos, siempre a partir de la misma hora y muy a mi pesar, nunca temprano. Quiero decir que para mí temprano son las nueve de la noche, y nosotros no conseguimos acostarnos nunca antes de las diez. Y además, hay que puntualizar que acostarse no quiere decir precisamente dormir, por lo que aunque una noche consigamos acostarnos a las diez (o incluso antes), es seguro que no nos dormiremos en cinco minutos.
Los días en los que nos acostamos "antes" (más cerca que lejos de las diez) los niños juegan un rato con su padre en la cama a hacerse cosquillas, saltar, esconderse entre las sábanas, escapar de la araña,... y cuando voy yo a dormirlos me encuentro con que la cama está peor a la hora de acostarme que a la de levantarme ;-), y que los niños además necesitan unos minutos de reposo para poder calmarse y dejar de reírse.
El día que se ha hecho tarde no hay juegos, pero sí el cuento que ellos elijan. El pequeño se duerme con la teta, no con el cuento, así que es el mayor el que marca el momento de apagar la luz.

Tengo conocidas para las que la hora de irse a dormir es una tortura porque ya saben que habrá gritos y lágrimas, que se tendrán que levantar las cuatro o cinco veces que se despierte el niño durante la noche, y que a la mañana siguiente arrastrarán sueño y mal humor. Pero bueno, supongo que les merece la pena, porque después presumen (literalmente) de que ellas están tranquilas a partir de las nueve y pueden hacer, o no hacer, lo que les da la gana.
Ellas han hecho su elección, y yo la mía.
Hace mucho tiempo que los niños no se duermen a la vez o lo suficientemente pronto como para que a mí me queden ganas de ponerme a ver la tele. No me importa, prefiero el ajetreo y la alegría de la que disfrutamos para irnos a dormir, la tranquilidad que tengo porque si el pequeño se despierta para pedir teta me tiene al lado, y si el mayor tiene una pesadilla o ganas de ir al baño yo me he dado cuenta incluso antes de que él abra los ojos.
Me gusta cuando estoy leyendo un cuento y el mayor pasa de preguntarme mil veces la misma cosa a quedarse dormido antes de pasar la página. O cuando apagamos la luz y todavía está despierto. Entonces tengo al pequeño cogido de la teta, con su cabeza apoyada en el brazo, y veo a Rodrigo a mi lado, mirando la oscuridad, tranquilo, y cómo cada vez que parpadea le cuesta más abrir los ojos, hasta que el final ya no los abre porque se ha quedado dormido, a mi lado. Es muy probable que a esas alturas el pequeño también esté dormido. Entonces oigo sus respiraciones, reposadas, serenas, y no me quiero levantar, prefiero disfrutar de la noche, mi noche.

domingo, 6 de mayo de 2012

Diez minutos más

Nunca me ha costado levantarme de la cama cuando suena el despertador. A mí eso de ponerlo para que vuelva a sonar más tarde y dormir unos minutillos más no me aprovecha nada; empiezo a dar vueltas en la cama y lo único que consigo es ponerme nerviosa.
Pero desde que tengo hijos, desde que duermo con ellos, todo es diferente. Ahora si que me aprovechan esos diez minutos más, pero no durmiendo.
Todas las mañanas, antes de levantarme, dedico unos instantes a mirarlos, a contemplarlos. Les tapo si están destapados, les beso la carita y acaricio sus manos. Me gusta ser consciente del gran regalo que tengo a mi lado mientras escucho sus respiraciones acompasadas. Meto mi nariz en su cuello para sentir ese olor a carne tierna tan característico de los niños pequeños.
Y me levanto contenta y feliz porque sé que esa misma noche volveré a dormir con ellos, y que a la mañana siguiente disfrutaré otra vez de esos diez minutos más.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Más momentos

Esta madrugada Rodrigo se ha dado la vuelta dormido, se ha puesta cara a mí, y a la vez que ponía su mano sobre mi cara me ha dado un beso; todo esto dormido.
Estos momentos, estas muestras de cariño, no tienen precio. Son la recompensa a todos los esfuerzos, la cura de todos los males, el agradecimiento a mi dedicación, una declaración de amor...

domingo, 12 de septiembre de 2010

No tiene precio

Si no durmiera con mi hijo, no sabría lo que me pierdo.
Que se gire durante la noche,en mitad de su sueño, hacia mi y me acaricie la cara mientras pasa su brazo sobre mi cuello.
Le gusta el contacto y esté en la postura que esté, siempre nos toca a su padre o a mi con alguna parte de su cuerpo.
No tienen precio los momentos que pasamos jugando antes de que se duerma, o las veces que ganduleamos cuando se despierta.
Tampoco tienen precio ninguno de los días que me regala desde hace ya más de dos años y medio.
Ha cambiado mucho físicamente desde que nació, y mientras duerme es el momento del día en el que más se parece a cuando era un bebé.
Me llama de tres formas cuando se despierta: ¿Maaamaaa, Maaamaaa?, medio dormido todavía y preguntando; ¡MAMA, MAMA!, gritando como si llevara media hora llamándome; y últimamente dice ¡Mama, quí (aquí)!, como si yo no supiera donde está.
Nunca pensé que dormiría con mi hijo, que dormiríamos tres en la misma cama, y ahora estoy impaciente por que seamos cuatro.
Pienso que me perdería todas estas cosas si no durmiera con él, por eso estoy contenta de hacerlo.
Mi sueño es diferente desde que él nacio, y mejor desde que duerme a mi lado. Por circunstancias (todas tontas y sin fundamento, como que nunca querrá dormir solo) no empezamos a practicar el colecho hasta que Rodrigo cumplió más o menos el año. Y ahora es una de las cosas de las que no me preocupa pensar qué pasará en el futuro, sin embargo si que me preocupa pensar en cómo hacerle dejar el chupete (para eso nadie de mi entorno me mete prisa, para ellos está bien y es normal llevar chupete con más de dos años y medio).

Quiero dejar aquí algo que ya he leído en varias ocasiones y no me gustaría perder: "Cuando duerme una madre junto al niño, duerme el niño dos veces; cuando duermo soñando en tu cariño, mi eterno sueño meces." Unamuno