Ilustración de @peijinsart. Instagram Esta entrada bien podría ser una continuación de la del lunes.
Aunque creo que no me ha ido del todo mal y tengo que estar agradecida con los caminos seguros por los que me ha llevado el hacer las cosas como se debe —aquí cada uno puede imaginar qué forma es esa— de un tiempo a esta parte me he sentido más controlada que guiada y la seguridad que sentía antes ha pasado a ser una imposición mal llevada. Es a mí a la única que puedo pedir explicaciones y como no tengo ninguna que me satisfaga voy a hacer la vista gorda, de momento.
No puedo, ni quiero, renegar de cómo he hecho las cosas hasta ahora porque es lo que me mantenía cuerda, pero ha llegado el momento de cambiar. El «al pie de la letra» siempre me ha ayudado a saber qué hacer, me ha ofrecido un manual al que acudir en caso de duda, y el resultado no me desagrada. Pero ya me he cansado.
Esa misma línea recta que antes necesitaba para guiarme ahora me oprime, no me deja mirar a los lados y ver todos esos caminos que llevan al mismo lugar. O no. Ahora quiero elegir el paisaje, decidir si prefiero curvas o rectas, perder el aliento en las cuestas o dejarme ir en las pendientes.
Digo esto dejando de lado la preocupación por si será algo pasajero y descartando la posibilidad de no hacerlo por si acaso. Me lo reconozco a mí misma como la confirmación de que hace tiempo que lo sabía pero no me atrevía a sacar un pie de esa línea tan conocida. Aceptarlo sin ponerme «peros» para mí es un compromiso más serio que asentir ante los demás cuando dicen que me ven diferente.
Hace tiempo que necesité probar cómo podían ser las cosas con un «sobre la marcha» como lema. Me voy acostumbrando y, sobre todo, descubriendo que es lo que me hacía falta.